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Belisario, un indio chimán

De inminente circulación, el libro ‘Nación Culebra’ de Pablo Cingolani reúne textos diversos sobre un tema único: la Amazonía boliviana, su paisaje, sus habitantes y su historia. Entre el retrato y el alegato, éste es un adelanto

selva. ‘Asalto del tigre a mi canoa’ (1858) dibujo de Melchor María Mercado. Abajo: ‘Modo de cazar caimanes’ (1859).

selva. ‘Asalto del tigre a mi canoa’ (1858) dibujo de Melchor María Mercado. Abajo: ‘Modo de cazar caimanes’ (1859).

La Razón / Pablo Cingolani - Escritor

00:00 / 06 de mayo de 2012

Arena. Un desparramo de chozas. Matorrales. Huellas. Aves de plumaje negro. Solazo. El humo pegajoso, de chaqueo. Calor: son las ocho de la mañana. Arena, tus pies que la recorren. Arena, mucha arena: espesa, sentenciosa. Ceniza de chaco, cenizas. Matorrales. Aves negras que revolotean. Hormigas. Caravanas de hormigas, ejércitos. Voy buscando el río. Maniqui lo llaman. Estoy cerca. No lo huelo. Conozco: no es la primera vez que vengo por este sitio. Pero siempre arribé de noche. O en bote o en coche. Ahora camino por la arena y el sol que quema y me estrella contra la realidad del mundo a las ocho de la mañana. Arena, más arena. Hormigas, huellas. De pronto, detrás de unos cañaverales verde relucientes, aparece. Es una sombra o un tigre, no lo sé. Es una sombra y un tigre. Ahora lo sé: es Belisario.

Ya lo anoté en otra parte: eso que llevábamos en la sangre se llama destino. Podés negarlo o tatuarte, podés irte hasta Borneo o a la misma mierda: él te seguirá siempre. Ahora que escribo, me pregunto y digo: ¿por qué a mí, justo a mí, me persiguen estas historias que narro? A veces quisiera ser de níquel o volverme una lata de sardinas. A veces, también sucede, me sueño un soldado de San Martín o de Gengis Kan, cruzando una cordillera. No deliro con combates, sino con esas largas marchas entre el frío y tus pensamientos, entre el frío y tus sentimientos. POÉTICA. Esa poética de los chinos que nosotros apenas arañamos: el soldado que camina y camina y, entre los glaciares que avista y los precipicios que quieren devorarlo, va acordándose de sus amigos, y camina y camina, y la nieve lo azota y la sed lo ciega, y cuando ya no puede más, ya resbala, ya se cae, ya la vida se le escapa de su pecho, siente que está con ellos, bebiendo el vino bueno de su compañía y el vino añejo de los lagares de su pueblo, y entonces resucita, se alza y se proclama a sí mismo: seguiré a mi señor y libraré mil batallas y mil más, pero luego atravesaré cada uno de los desiertos y todas las cordilleras que me hagan falta para volver a verlos. El que tiene un sueño, no muere. El que acaricia un anhelo, y lo cuida, nunca está solo.

Belisario es un indio chimán. Nació hace cien mil años, como todos los de su pueblo. En 1693, sacerdotes que llegaron cruzando el océano, fundaron la misión de San Francisco de Borja, en medio de una llanura brava, llena de pantanos donde moraban caimanes tan grandes como ballenas y serpientes con tanto veneno como para paralizar una ciudad entera. Los chimanes ya habían comprendido el lenguaje del agua, chiyeja’ mo’ ojñi’. Cuando ocurrió la invasión, pidieron amparo al río. Maniqui lo llaman. Pidieron amparo al dueño del río, a su jichi. Lo hicieron hablando el lenguaje del agua. Los invasores lo desconocían. Con el permiso del amo de las corrientes, se fueron —río arriba— lo suficientemente lejos de los curas, para que ellos se olvidaran. Y lo lograron por muchos siglos. Pero ellos, los chimanes, nunca olvidaron. Belisario, al menos, no.

No se olvidó. Les impusieron los nombres pero no terminaron de robarles el alma. Y así te cuenta, Belico, y así te habla el Beli, así te habla —tal vez por eso mismo: para que no te olvides, para que no lo olvides, para que no nos olvidemos, entre tantas otras cosas, que el agua habla.DESTINO. El destino que apareció entre la arena y las cañas se llamaba Belisario. Menudo, el hombre. Ágil, como pantera, se nota, destaca. Alegre, sonríe como si hubiese ganado la lotería. Locuaz, carajo. Me habla y me habla: ¿por qué? ¿Por qué a mí, justo a mí? Vengo a verlo desde tan cerca —mi historia, la de mi tribu, mi ciudad, mi patria, mi mundo, mi galaxia, tienen apenas cinco milenios y lo único dichoso que carga fue abrirme los ojos— que, ahora que escribo, sigo preguntándome. ¿Es el destino? Mejor: ¿es el destino que compartimos? ¿Podemos compartir algo? ¿Podemos conjugar algo tan denso como eso, como el destino? A veces, siento que sí. Vuelvo a soñarme el soldado aquel, que camina y camina sin horizontes —un guerrero es una araña que avanza ciega en medio de la oscuridad, dijo un ser que nunca se rindió—, pero ahora, cuando me vuelva a soñar, me soñaré además con Belisario, caminando a mi lado, la sombra y el tigre, huellas y hormigas en el arenal:—Ahora, voy a hacer flechas– me dice así simplemente, así como alguien te afirma que va a ir a amasar pan, así como pudo haber hablado Jeremías.

La tiene tan clara. Dos días atrás, nada, la policía del gobierno, a unos kilómetros de donde estamos caminando y hablando, había rodeado el campamento de unos indígenas que vienen marchando, caminando y caminando, en defensa de sus territorios y sus derechos. Vaya palabras. Belisario las entiendo a su modo. Hacen ya 21 años, el mismo marchó junto a una compañera invencible: la historia. Fue la primera marcha indígena de los pueblos originarios de la Amazonía de lo que hoy es Bolivia.

—Fui con mi padre y con mi hermano…– y baja su mano hasta casi tocar el suelo. Eran unos niños, como los cientos que itineran ahora junto con sus padres o madres. La historia para los indios no es como aseguraba Hegel: se repite, sí, pero ni como tragedia ni menos como farsa. Se repite, simplemente, como lucha. Ahora, en esta nueva marcha, son sus hijos los que están marchando.

—Pedro y Onofre– me dice sus nombres por el motivo más simple y más profundo de todos: para que los salude, para que les diga que él está bien, y que empezará a fabricar flechas.MUNDO. El mundo, a veces, es un lazo de sutilezas, un lugar gentil donde uno puede sentirse feliz. Le cuento que ayer, justo ayer, alguien —un jefe, un responsable— me había pedido que consiguiera ropa y sábanas para un grupo de flecheros. Durante la redada policial, ellos habían intentado resistir y, en el desbande, habían perdido todo. Todo: esas dos pilchas que llevan siempre los que van y vienen. Eran cuatro. Pedro y Onofre eran parte del grupo. Conozco a tus hijos, le digo, son muy valientes, y el sol de adentro que le sale a Belisario rivaliza con el sol de arriba. Lo que no le conté es que ayer, justo ayer, mientras estábamos procurando la ropa para los flecheros, recibí una llamada inesperada, desde el otro lado del planeta: era Sydney Possuelo, desde Nueva Zelandia. El mundo, a veces, es pródigo cuando lo vives sin esperar de él otra recompensa que vivirlo nomás.

Como diría Perón, cual música maravillosa, llevo en mis oídos todas las palabras conversadas con Belisario. Las anoto lo mejor que puedo ya que sigo interrogándome acerca de si yo debía ser efectivamente el destinatario. Estamos acostumbrados al ruido insidioso de las ciudades, donde hablar no cuesta nada (Vean la televisión y los discursos de los políticos) y cuando lo que te cuentan, rompe la cera de mentiras que busca encapsularte, el efecto es epifánico pero, a la vez, devastador. ¿Dónde poner tanta verdad? ¿Cómo escribirla? ANTIGUOS. Los antiguos druidas sabían que había palabras que jamás deberían ser pronunciadas; su extrema belleza o su potencia demoledora podían arrasar la tierra. Por eso, ellos se refugiaban en los bosques, en lo profundo de las montañas. Sólo allí esas palabras podían ser dichas, combinadas, oídas. Dicen que así sobrevivieron los arcanos y las palabras que los convocan. Los chimanes, al replegarse a las honduras de la selva, conservaron lo mismo, el mismo fuego que no debería apagarse jamás. Ya no hay bardos que deambulen por las florestas de Irlanda o de Gales, los guardianes de los robles han desaparecido junto con los árboles sagrados. Los chimanes, nuestra propia versión de lo druídico —¿acaso no son magos aquellos que saben los secretos vegetales de la selva? ¿Acaso no son poetas los que pueden hablar con las aguas?— desaparecerán también si su territorio y su río, si su bosque y sus plantas, son pavimentadas, destrozadas por la construcción de una carretera. Dime: ¿cómo hablas con el macadán? Dime: ¿de qué puedes hablar? Se perderá cualquier rastro, se perderá todo ritual.

Eso Belisario lo sabe. Como si yo fuera el gran cuenco que estaba esperando para sus palabras, él me sigue contando.—Ya estuve en guerra– me afirma tan rotundo que ahora sí: es Jeremías transmutado. Sus labios vomitan verdades sin contraste. Apenas puedo soportar tanto aluvión. ¿Ustedes se imaginan el daño que le hicimos a esta gente, me refiero a los pueblos indígenas de la Amazonía? No, no se imaginan. Lo peor de todo es que les seguimos haciendo un daño sin mesuras como el que mostraron las imágenes de la represión al campamento de los marchistas. Y luego, en medio de una ira evidente, alguien —un jefe, un responsable— pide disculpas por lo sucedido. ¿Se puede pedir disculpas por tratar a la gente como animales? Habría que empezar por pedirle disculpas a los propios animales por tratarlos así: acorralarlos, asustarlos, patearlos, golpearlos ¿Se puede pedir disculpas por amordazar a las mujeres y arrastrarlas como si fueran de trapo? No, ya no hay lugar para las disculpas, el único acto sincero para con los indios amazónicos es reparar todo ese daño, es acabar con la injusticia histórica, es dejarlos vivir en paz en suma. No podemos forzar más el desenlace de su destino.RESPETO. O respetamos sus derechos o resistirán. Son guerreros congelados por siglos de imposiciones…—Ya estuve en guerra —y Belisario me cuenta de la masacre de Porvenir, el 2008—, había ido a castañear, estuve oculto dos semanas en la selva, comiendo fruta.

—¿Por qué no has ido a la marcha?– Lo que me contesta es sorprendente pero yo le creo, por muchos motivos le creo.

—Porque soy muy flechero…– no me queda aire para decir más nada. Hormigas, huellas, héroes: hombres y mujeres que marchan. Vuelvo a La Paz. Entre el polvo del camino, y cuando más me machaca el tracatraca de las circunstancias, vuelvo a ensoñarme, y ahora lo veo allí al Belisario, caminando juntos, la sombra y el tigre: Belisario, él que me acompaña, el que me cuida, el que me ampara.

La ‘nación culebra’ de pablo cingolani

Nación culebra de Pablo Cingolani reúne textos diversos —crónicas, narraciones, artículos, poemas— que tienen, sin embargo, un referente común que atraviesa el libro de lado a lado como un río: la Amazonía boliviana, su paisaje, sus habitantes, su historia remota y también su historia reciente.

“Pablo Cingolani —dice Alfonso Valcarce en el Prólogo al libro— habla de la Amazonía y su selva con una precisión cruel y, a la vez, amorosa. No gana distancia, ha decretado su pertenencia a ese minúsculo grupo humano de tribus, nómadas, perseguidos, diezmados y... poetas”. Esa pertenencia a la que se refiere Valcarce y que Cingolani reclama para sí de muy diversas maneras en las páginas de este libro es, precisamente, la pertenecia a la ‘Nación culebra’, la selva real habitada por hombres y mujeres reales con problemas reales —como la marcha en defensa del TIPNIS, por ejuemplo— pero al mismo tiempo la selva imaginada —soñada— por el autor: una comunidad distinta.

“El mensaje de Pablo Cingolani —dice al final de su Prólogo Valcarce— en su decepción que por un antojo de su espíritu, libre y hermanado con el hombre y el suelo, convirtió en literatura: una nueva humanidad es posible. No exige lectores en busca de placer, que lo hay, pero no. Quiere enamorarnos de un sueño que escalado al futuro, guarda las claves de la sobrevivencia no sólo de los aptos, sino —y sobre todo— de los que no pueden, de los diezmados, los que abrieron las arcas de su saber al forastero, sin siquiera suponer que anticipaban su muerte. De esta visión nos habla, nos susurra, la Nación Culebra,

Una humilde redención a la sabiduría de nuestros ancestros. Una fórmula para resistir. Es nuestro deber, por supuesto,idear el plan para vencer.”Pablo Cingolani es autor de Toromona (2008), Amazonía Blues (2010) y Aislados (2011).

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