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Bioy casares, el inventor, el narrador, el satírico

Bioy Casares —como su compatriota Julio Cortázar— nació en 1914, hace 100 años. Fue un prosista culto e inteligente, inventor de fantasías ‘desaforadas’ y de memorable estilo

La Razón (Edición Impresa) / Marcelo Pichon Rivière - escritor

00:00 / 21 de septiembre de 2014

En sus primeros libros, escritos en la adolescencia, Bioy Casares intenta ser un escritor de vanguardia. Son libros ideados en los finales de la década del 20 y comienzos de la del 30, cuando se estaba por producir la gran decantación de los fulgores vanguardistas. Pero Bioy es un muchacho, entusiasta y confundido, y escribe más bien como si estuviera en los comienzos de la década del 20, en los tiempos de las grandes maniobras de la vanguardia. En 1928 escribe Vanidad o una aventura terrorífica y, en 1929, Prólogo. En 1933 la editorial Tor publica su tercer libro de la serie, 17 disparos contra lo porvenir. Bioy escribe en forma incesante con las banderas de la vanguardia. La vergüenza que luego le despertaron esos libros tal vez explique su actitud conservadora, su desprecio por toda forma de experimentación con la escritura. Todos los ismos de las vanguardias van a aparecer con el tiempo en satíricos retratos de escritores, como en los cuentos En memoria de Paulina, El perjurio de la nieve, Historia prodigiosa y La sierva ajena.

LIBERTAD. En una evocación de Borges, libros y amistad, Bioy narra el momento de su primera transfiguración. “Entre tantas conversaciones, recuerdo una. Yo estaba seguro de que para la creación artística y literaria era indispensable la libertad total, la libertad idiota, que reclamaba uno de mis autores, y andaba como arrebatado por un manifiesto, leído no sé dónde, que únicamente consistía en la repetición de dos palabras: ‘lo nuevo’; de modo que me puse a ponderar la contribución, a las artes y las letras, del sueño, de la irreflexión, de la locura. Me esperaba una sorpresa. Borges abogaba por el arte deliberado, tomaba partido con Horacio y con los profesores, contra mis héroes, los deslumbrantes poetas y pintores de vanguardia. Vivimos ensimismados, poco o nada sabemos de nuestro prójimo y en definitiva nos parecemos a ese librero, amigo de Borges, que de 30 años a esta parte puntualmente le ofrece toda nueva biografía de principitos de la casa real inglesa o el tratado más completo sobre la pesca de la trucha. En aquella discusión Borges me dejó la última palabra y yo atribuí la circunstancia al valor de mis razones, pero al día siguiente, a lo mejor esa noche, me mudé de bando y empecé a descubrir que muchos autores eran menos admirables en sus obras que en las páginas de críticos y de cronistas, y me esforcé por inventar y componer juiciosamente mis relatos”.

Con La invención de Morel (1940) Bioy Casares se despide de una vasta obra ilegible, logra una novela perfecta y tiene apenas 26 años. También inicia una construcción de lo fantástico que responde a esa imaginación razonada por la que Borges se inclinaba durante esa discusión con su joven amigo.Bioy Casares inicia la escritura de La invención de Morel en 1937, en el Rincón Viejo, la estancia de su padre. Comienza a escribir como quien se siente apestado. “Yo buscaba menos el acierto que la eliminación de errores en la composición y la escritura de La invención de Morel. De algún modo era como si me considerara infeccioso y tomara todas las precauciones para no contagiar la obra. La escribí en frases cortas, porque una frase larga ofrece más posibilidades de error. Creo que estas frases molestaron a muchos lectores y que, en el prólogo a la novela, cuando Borges dice ‘la trama es perfecta’, hay una clara reserva en cuanto al estilo”, confiesa en sus Memorias.

La trama de La invención de Morel es tejida en el cuerpo de una isla. Isla verbal, también, donde la escritura de Bioy Casares se aísla del mundo, de su pasado de palabras muertas. Rodeado de ese nuevo mar, la imaginación razonada, aprende a soñar en la aprensiva vigilia del inventor que no admite el menor detalle gratuito.

Detrás del estilo preciso, depurado, de los cuentos y novelas escritas a partir de 1937, siempre hay algo desmesurado en Bioy Casares. Citando a Johnson, se declara uno de esos “autores de bárbaros romances que alientan a sus lectores con enanos y con gigantes”. En las novelas La invención de Morel y Plan de evasión (1945) y en los cuentos de La trama celeste (1948), la desmesura, el bárbaro romance, es el reino de las invenciones. Los enanos y gigantes que alientan al lector provienen ante todo de un narrador dominado por un inventor. Amamos a Faustine, como la ama el protagonista y narrador de la historia, porque es una imagen, una imagen proyectada en forma corpórea en la isla. La amamos porque es inasible, vive para siempre en otro tiempo, cíclico y eterno, apenas interrumpido por las mareas, cuando el agua del mar se aleja de la costa y la máquina de Morel se detiene. Amamos una invención. No amamos una mujer. Si esta novela apasiona al lector es por la potencia estremecedora de la invención y de la trama utilizada para ponerla en escena. En ciertos tramos de Plan de evasión y en algunos cuentos de La trama celeste, la fascinación por narrar es tan intensa como la fascinación por inventar, y es allí donde el estilo, el tono del bárbaro romance comienza a transfigurarse. Uno de los cuentos de ese libro, En memoria de Paulina, da un vivido retrato de la mujer amada, y la construcción fantástica es tan leve y sutil, que necesita del narrador para hacerla creíble.

El sueño de los héroes (1954) ya teje la nueva trama del narrador: dibujo en vaivén de lo fantástico donde la irrealidad de la vida, sus fulgores desconocidos y apenas entrevistos, son tan desgarradores como los diarios afanes de los protagonistas. Se puede pensar que no hay desmesura. Pero no es así. En la luz trémula de lo supuestamente cotidiano el bárbaro romance continúa su gesta.

En El sueño de los héroes el humor, el preciso registro de la forma de hablar de los personajes, en ningún momento se impone sobre la trama, las digresiones iluminan cada tramo del argumento y, al final, el hecho sobrenatural es entregado al lector de un modo tan diáfano como terrible. La acción de la novela tiende su trágica parábola entre 1927 y 1930. Como en otras tramas de Bioy Casares, el tema de las réplicas y de las repeticiones forma una metáfora del destino. En una carrera, un caballo le depara la fortuna a Gauna. En la tercera noche de borrachera, luego de un baile de disfraces, Gauna entrevé ese instante único. En 1930, se da una repetición: Gauna vuelve a ganar en el hipódromo.

“Ascéticamente despojado de máquinas y operaciones prodigiosas, Bioy Casares narra el más fascinante de sus viajes mentales. Un hombre parte en busca de un instante de su pasado porque ese vacío lo atormenta. Al final del viaje descubre que no se ha movido del punto de partida. El pasado ha estado siempre junto a él, inmóvil y fluyente, esperando el instante en que los goznes del tiempo estallen para resolverse en presente —el presente más pleno, más real— y desaparecer”, dice Enrique Pezzoni en El texto y sus voces. El sueño de los héroes es el triunfo de la trama: la obra mayor de un narrador que domina al inventor. La notable reconstrucción del Buenos Aires de los años 20, cada una de las aventuras y dichas menores que se van superponiendo a la aventura fundamental, como aquel viaje al campo y al arroyo, donde Gauna y Clara se aman mágicamente y dócilmente, el tema del valor y de la cobardía, las diáfanas digresiones, el registro minucioso de la lengua hablada, van formando esa trama envolvente e intensa, que suscita la fascinación y el deslumbramiento.

En los cuentos de Historia prodigiosa (1956), El lado de la sombra (1962) y El gran serafín (1967), hay diversas desmesuras, tramas diáfanas y aterradoras, atenuadas por un tono narrativo cada vez más terso. Luego de una ruptura con el género, en los cuentos de Guirnalda con amores (1959) y en la novela Diario de la guerra del cerdo (1969), su visión de lo fantástico se transfigura. En la novela Dormir al sol (1973) y en los cuentos de El héroe de las mujeres (1978), Historias desaforadas (1986) y Una muñeca rusa (1991), Bioy Casares ya no intenta que un hecho fantástico resulte creíble y estremecedor. Tiende a que aparezca como increíble y hasta absurdo. Lo mismo sucede —sin un hecho fantástico, pero sí con los recursos del género— en La aventura de un fotógrafo en La Plata (1985). Dormir al sol es la gran novela del escritor satírico. El hecho fantástico ya es solo un marco donde se colocan imágenes entrañables: el tema de la mujer original y de sus réplicas, el amor como imposibilidad (amar un cuerpo es tan ilusorio como amar la idea que uno se hace de una mujer, concuerdan Lucio Bordenave y Aldini), los perros y la transparente intimidad de la vida en un barrio.

LLAVE. “¿Por qué ese arraigo en mí de lo fantástico?”, se pregunta Bioy en una vieja entrevista. “El horror y la fascinación del primer enfrentamiento con el más allá se mantienen frescos. Aunque todo el trato que tenemos con el más allá se limita a la desolación de la muerte, no perdemos la esperanza de encontrar la llave que, tras media vuelta, depare otros prodigios. Para oponer a la muerte, inaceptable y fantástica, no nos basta la vida en que nos encontramos tan naturalmente. Nos parece, quizá por error, que la vida no pertenece al más allá, y la misma oscuridad de la muerte nos mueve a suponer, simétricamente, una luz. Al borde de las cosas que no comprendemos del todo, inventamos relatos fantásticos, para aventurar hipótesis o para compartir con otros los vértigos de nuestra perplejidad”.

En su juventud Bioy Casares se deja dominar por el inventor; en su madurez, por el narrador; en su vejez, por el escritor satírico. De las historias prodigiosas a las historias desaforadas: ésta es la parábola que propone la obra de Bioy Casares. El bárbaro romance es ahora satírico, liviano, escéptico. Los enanos y gigantes somos nosotros, la gente. La trama fantástica es un tenue telón de fondo. Un escenario donde el escritor satírico se siente a gusto.

Bajo el hechizo de las letras, las mujeres y Borges

EFE - Buenos Aires

A 100 años de su nacimiento, el 5 de septiembre de 2014, los amantes del gran escritor argentino Adolfo Bioy Casares reivindican la asombrosa imaginación e ironía que volcó en sus obras y recuerdan su vida, que transcurrió bajo el hechizo de las letras, las mujeres y Jorge Luis Borges.

Nacido en Buenos Aires, en el seno de una familia aristocrática, el 15 de septiembre de 1914, Bioy Casares fue desde su juventud un lector y cinéfilo compulsivo, aficiones que compartía con el tenis y la escritura. Sin embargo, repudió y ocultó las seis obras escritas antes de La invención de Morel, en 1940, que tuvo un éxito inmediato y es considerada una de las obras maestras del género fantástico en lengua castellana.

Entre sus primeros títulos y la literatura inaugurada por esta novela, que escribió encerrado en una estancia familiar en mitad de la llanura pampeana, Bioy Casares conoció a Borges y la revista Sur, dirigida por la escritora e intelectual argentina Victoria Ocampo y se despojó de sus influencias literarias previas. La novela, en la que narra la llegada de un fugitivo a una isla poblada por desconocidos y en especial, por una mujer enigmática e inalcanzable, “ya contiene el núcleo poético de toda su obra”, opinó el escritor Edgardo Scott. “Ahí están el amor, la irrealidad, la irrealidad del amor, la triste condena de las representaciones”, continuó Scott, coordinador de unas jornadas de homenaje al escritor en la Biblioteca Nacional argentina.

Junto al reconocimiento literario, en 1940 también contrajo matrimonio con la menor de las hermanas Ocampo, Silvina, y su vínculo se mantuvo durante más de cinco décadas pese a las numerosas infidelidades de Bioy Casares y los dos hijos que concibió con otras mujeres, Marta y Fabián.

En sus siguientes libros, Plan de evasión y La trama celeste, reincidió en el género fantástico y lo pobló de fantasmas, experimentos sensoriales y mundos paralelos que ofrecen refugio a sus protagonistas. Según el crítico Carlos Gamerro, “sus personajes traman huidas y vías de escape de los objetos persecutorios, que para Bioy fueron el peronismo y sus amantes”. Escritoras como la mexicana Elena Garro, mujer de Octavio Paz, y la argentina Beatriz Guido, se contaron entre estas últimas. Gamerro señala que los personajes de Bioy Casares pasan de una realidad a otra, más soportable, para seguir siendo ellos, a diferencia de los de Julio Cortázar, para quienes el pasaje implica una transformación.

  El elegante y seductor escritor trasladó también al papel su temor a la vejez y a la muerte, en especial en su perturbador Diario de la guerra del cerdo, cuyo protagonista afirma: “En esta guerra los chicos matan por odio contra el viejo que van a ser. Un odio bastante asustado.”

  El Premio Cervantes concedido a Bioy Casares en 1990 disparó su relevancia literaria internacional y supuso una gran alegría para el autor, aunque no pudo compartirla con su gran cómplice literario, Borges, fallecido cuatro años antes en Ginebra. En 1993 murió también su mujer, Silvina, enferma de alzhéimer; su hija Marta se mató tres semanas después, en un accidente de tránsito; y él siguió sus pasos en 1999. Quedó vacía entonces la enorme vivienda familiar en el barrio porteño de Recoleta, a la que Borges acudió a cenar entre una y tres veces por semana durante 40 años, pero los diálogos entre ambos, anotados minuciosamente en diarios, fueron rescatados del olvido en Borges, la genial obra póstuma de Bioy Casares.

A lo largo de sus más de 1.600 páginas, el volumen destapa agudas críticas literarias, reconocimientos, manías, chismes y los entresijos de una sólida amistad de la que surgieron relatos a cuatro manos y dos antologías, una de poesía argentina y otra de literatura fantástica, en colaboración con Silvina Ocampo.

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