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Branford, el ‘buen’ Marsalis

A diferencia del polémico y agresivo Wynton, Branford es un tipo sensato y cordial

Jazman. En su último disco logra un acople perfecto con Joey Calderazzo.

Jazman. En su último disco logra un acople perfecto con Joey Calderazzo. Foto: La Razón

La Razón / Yahvé M. de la Cavada

02:00 / 04 de diciembre de 2011

El apellido Marsalis es casi una marca. A fuerza de premios, presencia en los medios y algunos talentos difíciles de cuestionar, los Marsalis se han convertido en buque insignia del jazz de las últimas décadas. Ellis Marsalis, excelente pianista e historia viva de Nueva Orleans, es el padre (y patriarca) del clan. Aunque hay más hermanos (Jason, baterista, y Delfeayo, trombonista y productor) son Wynton y Branford Marsalis quienes más atención y gloria han traído a la familia.

A Wynton, aguerrido defensor de su propio concepto del jazz, le pareció fatal en su momento que Branford grabase y se fuese de gira con Sting (a partir de 1985), sometiéndose a las órdenes de un blanco y a los escenarios de la música comercial. Más tarde cuestionaría también los escarceos de Branford con el hip-hop, mientras él mismo se erigía paladín y máximo representante del jazz tradicional, del jazz “de verdad”. Resulta irónico que hoy Branford siga comprometido al máximo con el jazz y su propia identidad, mientras Wynton, el guardián de la música clásica afroamericana, encadena varios discos junto a Willie Nelson, Norah Jones o Eric Clapton en desvergonzada búsqueda de éxito comercial.

Mientras Wynton escalaba peldaños (en muchos sentidos), su hermano Branford tomó otro camino, más sencillo, tal vez: tocar jazz. Simple y llanamente. Sin definiciones de apoyo, dogmas musicales o juicios de valor, trabajando durante más de una década con su cuarteto estable, sin aspavientos ni proyectos faraónicos más allá de la propia superación.

Por eso, entre otras cosas, Wynton produce cierta antipatía en un buen número de aficionados al jazz. Una antipatía que se ha ganado a golpe de prepotencia, conservadurismo rancio, declaraciones ridículas. Branford, por el contrario, es considerado por muchos como “el Marsalis bueno”. Su visión del jazz es siempre más sólida y abierta, y parece estar en paz con el mundo y con la música que le rodea.

Su último disco pone guinda a esa teoría: una serie de excelentes dúos junto a su pianista habitual, Joey Calderazzo. Songs Of Mirth And Melancholy es un título que define perfectamente lo que encontramos en el disco, desde la alegría zigzagueante de One Way a las pinceladas impresionistas, dignas de Debussy o Satie, en The Bard Lachrymose o La Valse Kendall.

Marsalis y Calderazzo llevan tocando juntos casi 15 años, suficiente motivo para sonar extremadamente empastados incluso en un formato tan arriesgado como el dúo. A pesar de la heterogeneidad del programa, ambos músicos son capaces de mostrarse frágiles en baladas como Hope y Precious  y vertiginosos en la urgente Bri’s Dance, sin cojear en lo más importante: su propia personalidad. Hay que tener las cosas muy claras para facturar un disco como Songs Of Mirth And Melancholy y no aburrir en el intento. Branford Marsalis lo hace holgadamente, casi sin esfuerzo.

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