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Buber y la fenomenología de la comunicación

Buber. Foto: Taurus

Buber. Foto: Taurus

La Razón (Edición Impresa) / Rodolfo Ascarrunz Enríquez - Docente

00:00 / 25 de mayo de 2014

La fenomenología es un método —descrito por Husserl— por el que se intenta comprender la realidad, no en sí, sino en el modo en que se presenta de manera inmediata y esencial a nuestra conciencia, pretendiendo llegar a la esencia de las cosas en la forma en la que se presentan en ella, pues, según esta concepción filosófica, el ser no puede ser comprendido sino en su presencia en nuestra conciencia.

La descripción del proceso comunicativo, como un mensaje emitido por un emisor a través de un canal… etc., etc., no es algo que se presente así a nuestra conciencia, aunque valga esta representación para otros fines. Cuando conversamos con alguien, ¿no intuimos acaso la comunicación como una relación espontánea entre personas, en la que ninguna de ellas actúa pensando en el canal que debe utilizar o en la calidad de la retroalimentación? Entonces, ¿será adecuado buscar la esencia de la comunicación humana al margen de esa relación personal que se presenta como inmediata y esencial a nuestra conciencia? Considero que no, por ello, en el marco metodológico elegido, y reconociendo los límites del espacio periodístico, intentaré esbozar algunos criterios preliminares de una interpretación fenomenológica de la comunicación.  

Martin Buber describe la relación yo-tú como el “encuentro”, esencialmente diferente a la relación que puedo establecer con un objeto que se halle frente a mí, pues, ante él, yo reconozco su ser, pero él no reconoce el mío y, los juicios predicativos que yo pueda enunciar confirmarán el ser del objeto, pero no mí ser. En cambio, en la relación con el “otro” se establece una mutua revelación humana y existencial desde el ser único y total con que ambos se acogen en su diferencia.

Revelación, poner al descubierto lo secreto, revelación mutua no por mi intención, sino por la intención del otro de permitirme saber algo de él; no por el objetivo del otro, sino por mi propósito que sepa algo de mí. ¿Acaso es otra cosa la comunicación?

Sin embargo, debe subrayarse que el yo y el tú no se funden, haciéndose uno en el “encuentro”. La individualidad de ambos es irreductible, por ello es necesario que, sobre el espacio que existe entre el tú y el yo, se tienda un puente que permita la relación entre ambos. Este puente es el lenguaje, la comunicación. Cuando decimos “yo”, partimos reconociéndonos a nosotros mismos como un “yo” que busca otro “yo” o que se busca a sí mismo, para sabernos en el otro o en nosotros mismos, únicos espacios en los que adquiere sentido real decir “yo”, pues, al hacerlo no estamos hablando sobre “algo” o a “algo”, sino estamos diciendo algo de nosotros a alguien.

Este decir algo de nosotros explica la importancia de la “reciprocidad” que señala Buber como elemento esencial de la comunicación. Al decir “yo”, no hablo sobre algo, estoy dirigiendo mi palabra, que me contiene, que dice algo de mí, a un “tú”, en el que busco la alteridad que hace al “encuentro”. Con sobrada razón dice Buber: “No es el lenguaje el que está en el hombre, sino el hombre en el lenguaje”. Por ello, cuando comprenda lo que digas comprenderé la parte tuya que quedó expresada en tu palabra, pero no creeré que al comprender lo que expresas ya comprendo todo tu ser. Y cuando comprendas lo que diga comprenderás la parte mía que quedó revelada, mas no todo mi ser.

Pero, ¿cuánta certeza tendrá tu comprensión y la mía? ¿Cómo estar seguro de que comprendí bien lo que me revelaste o que comprendiste lo que yo descubrí de mí? Esta duda es razón suficiente para que no nos detengamos en la palabra, sino para que nos esforcemos en llegar a su sentido, al significado que tiene para ti lo que dices, el sentido que tiene para mí lo que digo. Pero ese significado no lo podré hallar en ti, no lo podrás hallar en mí, porque es imposible vencer el espacio que nos separa y que nos hace precisamente un tú y un yo mutuamente independientes; para mí, lo que digas tendrá un significado atribuido por mi conciencia; por ello, intentaré encontrarte en la palabra que te revela, por ello espero que me descubras en la palabra que digo.

Cuando dirijo mi palabra lo hago hacia alguien que es distinto de mí, este hecho que expresa un relativo y eventual desconocimiento del “tú” al que me dirijo, reclama ciertas acciones y actitudes para que me diga en mi palabra y para que lo sepa a él en la suya.

Ingresar a un proceso comunicativo plantea una primera necesidad: interpretar mi yo, para saber qué y cuánto de mí va al encuentro contigo y, en una necesidad paralela, estás tú: saber qué y cuánto de ti se revela ante a mí. Resuelto esto, podremos ser auténticos en el encuentro.

El que comprenda mi yo y comprendas el tuyo en el particular ámbito del encuentro, nos permitirá, en un plano subjetivo, entender el yo del otro, es decir, nos permitirá comprendernos mutuamente en el lenguaje en que se descubra cada uno. El lenguaje es el medio que me permite saber en qué medida estoy contigo y en cuál estás tú conmigo. Por ello, no intentemos hablar “un solo idioma”, porque es un intento homogeneizador solapado y perverso. El buscar “un solo idioma” es buscar ser uno tú y yo, es negar las diferencias que nos hacen, a cada uno, persona. No podemos negar ni olvidar que la diferencia es el fundamento de la identidad, así como la identidad es el soporte de la diferencia. RELACIÓN. En la relación comunicacional, en la que debe entrar en juego pero no en riesgo nuestra individualidad, despliego parte de mi ser, lo expongo y te expones, esto requiere que tú confíes en mí y yo me fíe de ti. Esa confianza no emerge de manera espontánea, es consecuencia de la actitud mía y tuya. Si reconoces en mí la dignidad que tiene cualquier persona solo por ser humana podré confiar, es decir, podré ser libremente yo ante ti. Si yo, en justa reciprocidad, respeto el ser que eres, habremos abierto el espacio más adecuado para la comunicación. La comunicación debe ser un acto de búsqueda intencional de un encuentro con el “otro”, sabiéndolo “otro”.

En la búsqueda intencional del encuentro debe hallarse implícita una actitud de absoluta responsabilidad, es decir, de reconocimiento pleno de las obligaciones que tenemos con el “otro”, con nosotros y con el encuentro logrado. Esencialmente, reconocer la obligación de ser insobornablemente leales con lo que somos. Al mismo tiempo, asumir la obligación de reconocerle al “otro” el mismo derecho de ser insobornablemente lo que es, sin tratar de que desaparezcan las diferencias, pese a que nuestro objetivo sea hallar coincidencias.

Por último, no podemos olvidar que el encuentro es un espacio en el que vamos siendo, en el que vamos construyéndonos tú y yo, en el que nos afecta recíprocamente el influjo de nuestros actos. El efecto que causa en mí lo que dices y el efecto que causo en ti con mi palabra y mis gestos nos conducen a reconocer la necesidad de asumir una actitud ética, es decir, adecuar lo que decimos, adecuar todos nuestros  actos al bien tuyo y al bien mío en el uso responsable de nuestra libertad.

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