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Busch en la mirada de Carlos Montenegro

Carlos Montenegro, el gran ensayista e ideólogo del nacionalismo, dejó inconclusa una biografía de Germán Busch. Durante décadas los originales se dieron por perdidos. Ahora, editada por Mariano Baptista, finalmente se publica; estos son fragmentos

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Montenegro - (1903-1953)

00:00 / 18 de mayo de 2014

Germán Busch nace en San Javier, el 23 de marzo de 1904, de la unión del doctor Pablo Busch y de la señora Raquel Becerra. Se lo bautiza con los patronímicos de Víctor Germán. No hay, de cierto, ambición ni esperanza en el escogimiento del primer vocativo, latino de vencedor, pues en el propio hogar se lo elimina, reduciendo el nombre a las tres sílabas de Germán Busch. Tres sílabas gatilladas por dos acentos, que agrandan la detonación fonética. Germán es el último hijo de este matrimonio con cinco vástagos.

Ha nacido en una aldea que cercan las compactas masas de la selva, como aislándola del mundo. El caserío resiste, mortecino, este acecho tenaz de la jungla que lo asedia por todos los frentes. Es apenas una rala asamblea de chozas rústicas, agrupadas en desorden sobre el descampado próximo a una leve ondulación serrana de la llanura. Los atropellos expansivos del bosque se amortiguan a la presencia de alcores y colinas en que la tierra figura liberarse del yugo vegetal, y comba con cabriolas exultante la planicie barbuda de matorrales, de árboles monstruosos, de flores que exhalan ásperos efluvios, de lianas colgadas al follaje, descoloridas y revueltas, como serpentinas de un lejano carnaval de faunos (…)

Un río flanquea las tierras del pueblo arrastrándose con desgano por el cauce de tranquilos declives. Es el río Quiver, huérfano de historia como de hondura.

Todavía subsisten, dispersas entre sus arenas, las chispas de oro que encandilaron la fe de las extintas misiones religiosas del coloniaje. La linfa juega entre las guijas revibrantes de cuarzos orificados, embebe las gramas de la orilla hacia el monte virgen dentro del cual se pierde a ciegas y muere, lejana, engullida por el río Guapay, profundo y turbio. (…)

A los 18, en 1922, el 20 de enero ingresó al Colegio Militar. Tenía el concepto alucinado de la carrera de soldado. Nobleza, hidalguía, valor, hombría. Había cursado Humanidades hasta el tercer año. El Colegio Militar en La Paz significa salir a las sierras, al mundo desconocido, especie que el monteño busca ansioso en sus ilusiones. Eran los nevados, las calles tortuosas y empinadas, tranvías, proximidad al mundo grande. Hacia allá fue, abandonando sus bosques, sus ríos, sus armas de cazador y pescador, su hacha de montaraz. Iba en pos de la gran carrera hidalga, para ser útil a los suyos, a su patria.

Dejaba su hogar: el padre, huraño y sabio médico que habla siete idiomas y recibe, en el rincón callado de la aldea en que vive, libros y revistas de ciencia. Su hermano Pablo, moreno, alto, mujeriego, vivaz, lleno de ánimo y alegría. Las mujeres perdieron a Pablo. Ejercía la medicina y amputó el brazo a un hombre picado por una víbora. Dióse a los alcaloides, muriendo en Exaltación, Brasil, en abril de 1932, cuando Germán exploraba el Chaco desde Fortín Aroma. (….)

Ya en el Colegio Militar, su vida se desenvolvió arduamente. Pidió su baja, a causa de la escasa atención que se prestaba a los cadetes, cuya pobreza era tal que andaban vestidos en harapos. Se le reflexionó para que continuase. En los primeros años de estudio, fue como todos, pero más rebelde que cualquiera. Él quería una disciplina consciente, y no admitía la férrea noción de incondicionalidad que había impreso en el ejército la misión militar alemana. Tropezose con un capitán profesor. Un incidente cualquiera dio lugar al hecho disciplinario. El capitán dio órdenes que Busch no cumplió. Se le castigó con máxima severidad: plantón nueve horas cargado de fusiles. Durante todo el carnaval de plantón. A los pocos días, el mismo capitán supo que era cumpleaños de Busch: 23 de marzo.  (…)

Busch opina sobre Kundt: autoritario en exceso, ignorante de la psicología del pueblo boliviano que no admite un imperio sañudo e individualista como el suyo. Educó a la oficialidad en la escuela de la permanente humillación, del “soplo” delator, de las recompensas indebidas por servicios de adhesión e incondicionalidad personales. No dejó nunca de ser el militar germánico y arrollador respecto de sus subordinados. Nunca se ubicó en el temperamento del pueblo al que servía.Así llega el año 1930. Es un año memorable porque a mediados de él se produce la revolución militar-política que rompe, después de 30 años, de gobiernos civiles, el curso democrático de la vida institucional del país. Busch se destaca vigorosa y excepcionalmente durante la revuelta. Los primeros anuncios de ella, llegan de Oruro, ciudad en que estalla el pronunciamiento. Al día siguiente, 24 de junio, se subleva el Colegio Militar de cuyas aulas, el Gral. Kundt ha expulsado a un crecido número de cadetes.

Las trifulcas con condiscípulos y extraños eran frecuentes. Destacábase por su bravura en las copiosas peleas callejeras. Era fuerte y ágil como un felino. Peleó con Hugo Estada, famoso deportista y ex cadete. El año 23 visitó a su madre en Trinidad. No pudo volver a tiempo al Colegio y fue dado de baja y castigado en el regimiento Ballivián.

Egresado del Colegio Militar fue destinado al regimiento Campero de Infantería. No era de su agrado. Su vida era monótona. Andaba a trompadas con los demás oficiales. Comandaba una compañía de ametralladoras pesadas. Sublevábase contra las injusticias. Un oficial le trajo la orden de arresto dispuesta para respaldar por un superior y tuvo la frase de Cambrone. Tenía los puños para respaldar su rebeldía permanente contra las rígidas normas prusianas de la disciplina. Hacía pellejerías, entre tanto, como todo oficial joven, lleno de prisas sexuales, y aprovechando cuanta aventurilla se le ponía a la mano. Trasladado el regimiento a Copacabana, conoció allí a Alicia Paz, una mujer triste, pálida, delgaducha y romántica. Decepcionada de no poderse casar echose a las heladas aguas del lago Titicaca. La salvaron a duras penas. El baño la curó de romanticismo. (…)

El violento cambio de gobierno influyó en las entrañas del Ejército: el poder, abandonado a una junta compuesta de militares detrás de cada uno de los que actuaba, magníficamente atrincherado en el volumen del soldado un grupo de prohombres de la política conservadora, dispuso la persecución, activa o disimulada de quienes habían defendido el orden. El subteniente Busch fue destinado al Chaco, zona desierta, remota aún para la imaginación popular que soñaba en él como en un mundo confuso y temible, opulento y trágico. Busch es ahora teniente: se le ha ascendido, acaso con el vago temor de que reaccionase con las extraordinarias  energías de su actuación durante la revuelta. Tiene que partir hacia lo desconocido, con una misión extraña entre cuyas dimensiones caben todas las esperanzas y todos los peligros. Debe ir a buscar algo que acaso no existe sino en la imaginación alucinada de los seres que fueron víctimas del embrujo vesánico del monte y sus rumores, sus sendas misteriosas, sus espectros evanescentes y cálidos: la tierra de San Ignacio de Zamucos, descubierta y habitada —según una tradición cuya raíz  parece rota y se queda trunca— por los padres jesuitas de la época colonial, tierra húmeda y fecunda, bañada en aguas dulces, claras y ebullentes de promesas civilizadoras para el gran desierto del Chaco, lengua reseca, lívida y sedienta que estira su punta de angustia hacia el agua honda del río Paraguay.

La biografía de Busch, un libro  perdido durante sesenta años

El escritor e ideólogo del nacionalismo Carlos Montenegro (1903-1953) sostuvo una relación política y de amistad con Germán Busch, héroe de la guerra del Chaco y Presidente de la República (1937-1939).

Después de la guerra con el Paraguay, Montenegro anunció que preparaba una biografía de Busch.  El libro, sin embargo, nunca apareció. A la muerte de Montenegro, en 1953, entre sus papeles no se encontró el manuscrito de ese trabajo. Mariano Baptista Gumucio —quien dedicó varios trabajos a Montenegro— durante décadas siguió la pista de esos papeles. Recién el año pasado llegaron a sus manos.

En cinco cartapacios —que estuvieron en poder del abogado Justino Daza Ondarza y que luego pasaron a manos de Eduardo Quintanilla— durmieron durante 60 años la biografía inconclusa de Busch y otros escritos sobre la historia de Bolivia escritos por Carlos Montenegro. Baptista ha ordenado y anotado este asombroso hallazgo bibliográfico y acaba de publicarlo bajo el título de Germán Busch y otras páginas de la historia de Bolivia. 

Boquerón

Tres columnas deben atacar, el 12 de septiembre de 1932, a las fuerzas paraguayas que asedian Boquerón. Conduciánlas, respectivamente, los mayores Germán Jordán, David Méndez y Óscar Moscoso. El teniente Germán Busch forma a órdenes de este último. La historia prepara, en el monte, sus instrumentos para acuñar efigies heroicas.

Un jarro de mote y un bollo de pan, para cada combatiente. Esta es la ración que le país asombrosamente rico entrega a sus defensores para una jornada sin plazo. Para una jornada larga, que acaso dure como la inmortalidad.

Tres kilómetros delante de Yujra, ven los primeros muertos de esta guerra que todavía no comprenden. Soldados bolivianos, abatidos por las balas paraguayas.

Los anuncia el hedor de la carroña humana, aroma de esta macabra floración con rocío de plomo. La pestilencia pasea en la picada como un augur sardónico anunciando lo que serán éstos adolescentes, fetidez nauseabunda, gusanos, huesos rotos, basura del desierto.

Tres camiones desvencijados obstruyen el camino a los ojos de la descubierta que comanda Busch. Están llenos de cadáveres envueltos en uniformes grises, mugrientos de tierra que ha hecho grumos con la sangre.

—¡Mira, hermanito, qué barbaridad!

—¡Ay, carajo!... ¡Son nuestros!

Las voces falsean rotas de dolor y espanto. Ahí están los indiecitos juveniles, los cholos, muertos en nombre de la patria. Cuelgan de las barras de madera en que se enredaron los pies al saltar tronchados a ráfagas por ametralladoras acechando entre las malezas. Hay otros de cuclillas como en el intento de guarecerse de la mortal tormenta que desató el monte. Los que cayeron primero yacen sobre la plataforma, encogidos, rotos, un montón de absurdas pieles. A la derecha y a la izquierda, bajo los camiones hay también muertos. Estos hombres perecieron de súbito, detenido ese ímpetu de atacar o de huir… ha sido una masacre sin atenuantes…

Todavía no se comprende, aquí, que esta guerra no interesa a Bolivia ni al Paraguay. Créese en el invasor, en el enemigo. Hay cadáveres profanados por mutilaciones vergonzosas, mechados a bayonetazos póstumos. Ojos hurgados a cuchillo, vaciándose como tinteros rotos sobre los pómulos… 

Busch fija las pupilas en sus hombres. Todos han palidecido, como si la sangre buscara sus más recónditos vasos del organismo, huyendo al peligro de vaciarse, igual que la de estos informes cuerpos posesos de los gusanos. Los hombres miran al espejo de su destino, mustios, inquietos entre vahos de cadaverina que acaso no sienten. El oficial acude en socorro de estas almas suspensas. Algunos dan pasos vacilantes hacia el bosque.

—¡En vez de caras pálidas quiero ver caras de leones para vengar a nuestros hermanos asesinados —dice Busch—, esta sangre no se derrama en vano, quiero verlos como hombres, vamos a pedir cuentas de esto a los asesinos! ¡El que me siga será bendito para las almas de nuestros muertos, el que huya es un cobarde que morirá como perro!

De la multitud dolorida sale un ronco grito que se desgarra desesperado:

—¡Lo seguiremos mi teniente!… ¡Viva Bolivia!...

—¡Adelante, hermanos, hasta la muerte!...

La columna avanza unos cientos de metros.

—¡Tenderse!....

Las primeras balas pasan sobre sus cabezas, como un siseo entrecortado, mordisqueando el follaje del bosque de urundeles. Busch otea a derecha e izquierda, mirando a sus hombres, mientras los proyectiles paraguayos aumentan el zumbar fugaz de su vuelo.

—¡Ahora, muchachos, abrir fuego hacia adelante!

Truenan fusiles y ametralladoras es estrépito rabioso. El oficial recorre a saltos la línea de sus tiradores, animándolos, rectificando la puntería, rociando el paraje con frases de ternura, de esperanza, de entusiasmo viril. Siente un extraño regocijo en el alma, que bailotea gozosa, con una vieja emoción conocida, tremante de inquietud y alegría…

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