Tendencias

EN EL CORAZÓN DEL MAR

Howard recrea la historia de Moby Dick con una aventura convencional pero ágil y disfrutable, por encima de muchas otras grandes producciones

In the Heart of the Sea

In the Heart of the Sea Foto: vanguardia.com.mx

La Razón (Edición Impresa) / Pedro Susz K. - crítico de cine

09:57 / 25 de enero de 2016

Con 26 largometrajes a lo largo de 40 años como realizador, Ron Howard es autor de una filmografía ecléctica, despareja, previsible en términos formales, que incluye títulos tan disímiles cómo Cocoon (1985), Apolo 13 (1995), El Grinch, (2002), El Código Da Vinci (2006) Frost vs. Nixon, (2008), Ángeles y demonios, (2009) y Rush (2013).

En la oportunidad busca hincarle el diente a Moby Dick —la célebre novela publicada en 1851 por Herman Melville— pero, al parecer consciente de las dificultades para volcar a la pantalla aquel texto, opta por un camino secundario. Solo hubo una versión cinematográfica que se aventuró a entrarle a la obsesiva historia del capitán Ahab y su enfrentamiento con la gran ballena blanca. Aquella producción de 1956 dirigida por John Huston e interpretada por Gregory Peck se mantuvo dignamente a flote gracias a la maestría de Huston, referente imprescindible entre los clásicos del relato cinematográfico.

Las dificultades no son difíciles de advertir por cualquier lector atento del texto de Melville y hacen parte de la vieja e irresoluble controversia a propósito de la imposibilidad de usar la imagen para transmitir conceptos abstractos, dada justamente la inevitable proximidad referencial de los símbolos icónicos respecto a la realidad visible. Por muy estilizados que sean tales símbolos siempre remiten a algún rasgo material, de ahí el impedimento para mantenerse en el espacio de la abstracción conceptual, con la consiguiente banalización de los asuntos que allí se mueven.

Era sabido que Melville se inspiró en la historia real del Essex, barco ballenero zarpado en 1820 del puerto de Nantucket (Estados Unidos), principal centro de producción del aceite de grasa de aquellos cetáceos como combustible de la industria entonces en plena expansión, antes del descubrimiento del petróleo como principal fuente energética del capitalismo.

El viaje del Essex, previsto para máximo nueve meses, terminó tres años después con el retorno de las piltrafas de unos cuantos sobrevivientes. El capricho y la ambición del capitán condujeron el barco demasiado lejos de las costas, donde se topó con la gigantesca ballena que acabó por aplastarlo, obligando a los tripulantes a sobrevivir en los precarios botes de auxilio, sin agua ni alimentos, recurriendo incluso a la antropofagia. El trauma vivido por los pocos que volvieron hizo que esos truculentos detalles quedasen mucho tiempo en secreto, adicionalmente por decisión de los dueños de la embarcación, temerosos de ver comprometidos sus negocios.

El infortunio del Essex fue investigado y reconstruido en 2000 por el periodista e historiador Nathaniel Philbrick, cuyo texto sirve a Howard para esta aproximación oblicua al Leviatán descrito por Melville.

La película empieza con la llegada de Melville a Nantucket, tres décadas después de la tragedia del ballenero, con el propósito de recoger el testimonio directo de lo acaecido en voz de Thomas Nickerson, grumete del navío y ya único sobreviviente de la tragedia, retirado presa del alcohol y sus tormentosos recuerdos.

Luego de vencer la resistencia de Nickerson, gracias a la ayuda de su esposa y a la promesa de una respetable recompensa monetaria, durante una noche de vértigo Melville se asoma azorado a los entretelones más sórdidos del episodio.

Utilizando rutinariamente flashbacks la narración va y viene, sin gran inventiva, del pasado al presente. Es el dispositivo narrativo utilizado por el director en su esfuerzo demasiado laborioso por construir un relato inspirado en el formato del cine al estilo Huston. Tal apego al clasicismo entra en chirriante contradicción con los 100 millones de dólares oblados en la producción para desplegar toda la trajinada parafernalia de efectos especiales, con el plus de una “novedosa” variante tecnológica del Dolby: el Atmos, creado para incrementar el “realismo” sonoro de la película.

Howard se aparta del libro de Philbrick urdiendo, como dispositivo de activación de la peripecia, un imaginario enfrentamiento entre el primer oficial Chase y el capitán Pollard. La causa, inventada también, del malestar entre ambos sería la incumplida promesa de entregarle al experimentado Chase el mando de la nave, que acaba en manos de Pollard, cuyo único mérito es ser hijo del dueño. De tal suerte la historia se desliza desde el choque entre los humanos y la naturaleza —encarnada por la imponente ballena blanca—, alegoría básica del relato fundacional de Melville, hasta una aventura convencional con apreciable capacidad de entretenimiento, centrada en la tópica rivalidad protagonista versus antagonista, aderezada por el manido estribillo telenovelesco de la pugna desigual entre el pobre pero honrado contra el ladino rico.

Cerca del final Chase, a punto de lanzar el arpón, mira a la ballena y esta le “devuelve” la mirada. Chase vacila. No es tanto, como algunos han interpretado, que por un instante, invirtiendo sus premisas, el relato adopte el punto de vista del cetáceo. En ese primerísimo primer plano en 3D del monstruoso ojo, negro e inexpresivo como el abismo, Howard resume el abanico de connotaciones metafóricas y explícitas atribuibles al libro de Melville: la resistencia de la naturaleza a dejarse doblegar por el hombre, el revés que sufre la arrogancia humana cuando intenta hacerlo, la inutilidad flagrante y onerosa de una relación utilitaria con el mundo. Y adicionalmente las alertas ecológicas que algunos quieren ver en aquel texto.

Es demasiado resumir. Después de dos horas y pico de ser zarandeado sin pausa por los efectos visuales y sonoros, el espectador solo está interesado en averiguar cómo acaba el asunto, sin demasiada reserva para especulaciones filosóficas o para deducciones metafóricas.

Howard obtiene el mejor partido de su solvente elenco —curiosamente solo Melville resulta inconvincente, entre otras cosas, por la puerilidad de varios de los diálogos con Nickerson—, siendo asimismo de agradecer su tino en reservar los momentos más escabrosos, en particular las escenas de antropofagia, para la atribulada catarsis verbal del testigo. Fotografía y sonido cumplen adecuadamente su función. Al recordar la cifra invertida en el emprendimiento pudiera pensarse que esto no es gran mérito, pero con todo la realización entrega un resultado ágil, disfrutable, que está algo por encima de muchísimas otras megaproducciones.

Ficha técnica

Título original: In the Heart of the Sea

Dirección: Ron Howard.  

Guión: Charles Leavitt.

Historia: Charles Leavitt, Rick Jaffa.

Libro: Nathaniel Philbrick.

Fotografía: Anthony Dod Mantle.  

Montaje: Daniel P. Hanley, Mike Hill. 

Diseño: Mark Tildesley. Arte: Neal Callow, Dean Clegg.

Música: Roque Baños.

Maquillaje: Emmy Beech.

Efectos: David Jonathon Amos, Kevin Steven Amos.

Producción:  David Bergstein, Bruce Berman.

Intérpretes: Chris Hemsworth, Benjamin Walker, Cillian Murphy, Brendan Gleeson, Ben Whishaw, Michelle Fairley. USA/2015.

Etiquetas

Ediciones anteriores

Lun Mar Mie Jue Vie Sab Dom
1 2 3
4 5 6 7 8 9 10
11 12 13 14 15 16 17
18 19 20 21 22 23 24
25 26 27 28 29 30 31

Suplementos

Colinas de Santa Rita, Alto Auquisamaña (Zona Sur) - La Paz, Bolivia