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Cantinflas

Una biografía que no se sobrepone a su errático arranque

Cantinflas. Foto: prensavideocine.com

Cantinflas. Foto: prensavideocine.com

La Razón (Edición Impresa) / Pedro Susz K. - crítico de cine

00:00 / 28 de septiembre de 2014

Esta biografía filmada —biopic, en la jerga del medio— semeja un avión que acelera detenido hasta acabar ahogado sin conseguir carretear, y mucho menos despegar. La causa básica del ahogo pareciera ser el dubitativo guión, indeciso entre varias líneas de aproximación al cómico mexicano, dilema que el director resuelve mezclándolas todas en un tratamiento más preocupado por la asepsia estética que por la vitalidad, por los artificios antes que por la introspección.

El relato arranca alternando dos momentos distanciados en el tiempo y que confluirán en un discutible punto de llegada, arbitrario corte en la carrera del protagonista que distó mucho de poner punto final a su trayectoria, cuya elección no resulta inocente pues, según veremos más adelante, escamotea en buena medida los rasgos más controvertidos de ese itinerario no exento de claroscuros.

En 1955, Mike Todd, conocido productor de Broadway, planea su desembarco en Hollywood con el proyecto de reclutar a la mayor cantidad de notoriedades del espectáculo para breves apariciones en el modo cameo que Todd inauguró en el traslado a la pantalla de la novela de Julio Verne La vuelta al mundo en 80 días (1956), que el pretencioso prospecto del director pensaba convertir en el mayor éxito de taquilla de la historia del cine. El primer blanco en esa tarea de juntar nombres sonoros fue Elizabeth Taylor, y pronto el anzuelo se tendió a Mario Moreno.

En 1931, después de tentar suerte en diversos oficios, Mario Fortino Alfonso Moreno Reyes intercambia sus primeros mamporros sobre un cuadrilátero, apuntando a boxeador, pero su curioso juego de piernas, capaz de marear al contendor más fogueado, lo convencerá que no es en el ámbito deportivo donde se inscribe la cifra de su futuro. Decidió entonces tentar fortuna en los circos, ensayando los esbozos del personaje que lo catapultaría a la celebridad, en los países de habla hispana sobre todo.

Allí lo descubrió el cómico lituano Estanislao Shilinsky, cuyo suegro regenteaba un teatro de varieté, donde Moreno terminó de afinar su personaje del pelado Cantinflas, inspirado en el mexicano de pueblo cuyo peculiar manejo del lenguaje lo habilitaba para subvertir los hábitos sociales y para mofarse del poder, un poco como el Carlitos de Chaplin. En ese ambiente Moreno conoció a Valentina Ivanova, su futura mujer, relación a la cual la película presta especial atención.

La propuesta de Del Amo es ir armando el relato de tal suerte que ambos cabos de la historia confluyan en algún momento, más precisamente en la conferencia de prensa preparada por Todd para anunciar el rodaje de su ópera prima.

En afán de llegar a ese momento, discutiblemente tan decisivo en la vida real como pretende la película, Del Amo se ve en figurillas y acaba saliendo por la tangente de la solución menos feliz y creativa: la mera acumulación de momentos, de episodios sin hilván narrativo y menos dramático, orillando a momentos incluso la confusión, sobre todo para el espectador sin información previa en relación a la denominada época de oro de la producción azteca, por cuya superficie patina el tratamiento echando mano del recurso del cameo precisamente para convocar a los fantasmas de María Félix, del Indio Fernández, de Jorge Negrete, de Pedro Infante y un largo etcétera.

El director no le hace ascos a la cursilería ni a la simplificación. Como ejemplo, resulta poco creíble que una notita de Chaplin bastase para desactivar el desdén con el cual Moreno recibió la propuesta de Todd de ser uno de los figurantes más, aunque la nómina incluyera a Frank Sinatra, a Liz Taylor y a otras figuras de igual fama. O que la sola aceptación del mexicano para asistir a la rueda de prensa hubiese bastado para franquearle el acceso a uno de los dos papeles protagónicos. Peor aún, que ese cambio de actitud resultara suficiente para salvar los engorros de pareja de Mario y Valentina, desencadenados por la imposibilidad de ella para quedar embarazada y agravados por las infidelidades de él. Episodio personal saldado en una escena tipo Disney a la luz de las velas contra el fondo de un oportuno despliegue de pirotecnia.

El déficit más notorio de todo el asunto estriba en el fallido doble acercamiento al protagonista: como Mario Moreno en la vida real y como Cantinflas en la pantalla. Si bien en el primero de los casos el relato sobrevuela algunos momentos de puesta en cuestión al comportamiento del individuo enceguecido por la fama y el poder, al igual que a su choque con la corrupta dirigencia del sindicato de actores en complicidad con el no menos turbio liderazgo de la confederación de obreros mexicanos.

Si bien son conocidas las severas averías traumáticas en la identidad de no pocos actores fagocitados por sus personajes, en la oportunidad el aparente conato de confrontar la imagen pública del biografiado con su proceder en la intimidad queda a medio camino, sin mayor ahondamiento, diluido con la apelación a unos chascarrillos típicos del personaje.

Pero lo más opinable de todo está en la premisa elegida para acotar la trayectoria del biografiado, y en las connotaciones de tal opción, falseando incluso los datos históricos. Llegar a Hollywood, sugiere Del Amo, es acceder a la gloria, y si se llega con un Globo de Oro eso ya es definitivamente lo máximo a lo que puede aspirar un creador de cualquier rincón del mundo. Ocurre, empero, que la carrera de Mario Moreno y de Cantinflas no acabó con su rol de Passepartout, ni fue tampoco su única incursión en el cine norteamericano al cual volvió en 1960 para asumir el protagónico en Pepe, dirigida por George Sidney, gran fiasco de crítica y taquilla.

Ese episodio, anecdótico, coincidió con la progresiva pérdida del filo irreverente y cuestionador del pelado que interpelaba y ponía en ridículo a doctores pagados de sí mismos, a políticos acomodaticios y a policías prepotentes coincidiendo, aseveran quienes siguieron la trayectoria del cómico, hasta El barrendero (1981) su última aparición en las pantallas, con el acercamiento de Moreno a los mandamases del PRI y con los manejos financieros que tal vínculo facilitó. Del Amo pasa de todo ello bajando el telón sobre su historia con un par de someros apuntes al futuro de Todd y Moreno.

Gran polvareda levantó en México la elección del actor catalán Óscar Jaenada para hacerse cargo del rol principal. Se presumía la imposibilidad para un europeo de adoptar la típica gestualidad corporal de Cantinflas y su verborrea indisimulablemente mexicana. El resultado echa por tierra todas las presunciones y acaba siendo el principal soporte de un trabajo que no se sobrepone a su errático punto de partida.

Ficha técnica

Título Original: Cantinflas -Dirección: Sebastián del Amo -Guión: Edui Tijerina, Sebastián del Amo -Fotografía: Carlos Hidalgo -Diseño: Christopher Lagunes -Arte: Gabriela Fernández -Maquillaje: Mari Paz Robles -Efectos: Miguel De Hoyos -Música: Aleks Syntek -Producción: Vidal Cantu, Adolfo Franco, Issa Guerra -Intérpretes: Óscar Jaenada, Ilse Salas, Bárbara Mori, Ana Layevska, Adal Ramones, Mauricio Argüelles, Luis Arrieta, Magali Boysselle, Cassandra Ciangherotti, Joaquín Cosio, Gabriela de la Garza, Eduardo España, Ximena González-Rubio, Javier Gurruchaga, Hector Kotsifakis, Diana Lein, J. C. Montes-Roldan, Giovanna Zacarías –MÉXICO/2014.

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