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Carlos Franck, solidario con su soledad

Franck. Su último libro, ‘No sé a dónde voy, pero siempre llego’, una edición limitada de 200 ejemplares. Foto: Pedro Laguna

Franck. Su último libro, ‘No sé a dónde voy, pero siempre llego’, una edición limitada de 200 ejemplares. Foto: Pedro Laguna

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Antonio Carrasco - Escritor

00:00 / 20 de abril de 2014

El calor limeño sofocaba cuando llegué a  la casa de  Víctor Paz Estenssoro, en el Malecón de la Marina, un par de semanas después de que el golpe de estado de 1964 lo aventara al exilio. El expresidente me había advertido que en nuestra entrevista estaría presente un hombre singular que había tenido el coraje de jurar al MNR, con amplia publicidad, cuatro días antes de la caída, cuando las ratas abandonaban el barco y el intrépido compañero se unía ufano al colapso. El aludido, entonces de 42 años, tenía la apariencia de cierto personaje  de Vermeer, un flamenco de tez blanca, copiosa cabellera rojiza, bigote de igual tono, alto, huesudo, recto como una vela y ojos vivaces que acompañaban sus juicios con recia certidumbre.

No conozco su ruta genealógica, pero presumo que tenía raíces germánicas, aunque un hermano suyo se llamara Jacobo.  Hijo del viejo Carlos Franck,  barón de la goma, buscador del Gran Paititi, nacido en 1860 en Alemania y muerto en Pelechuco, en 1922, año que Carlos Franck Gamarra vino al mundo en Yanacachi, un 8 de enero.  

El poeta,  administraba su magro ropero con toques mágicos que siempre lo hacían lucir elegante, aun cuando sus únicos zapatos hubiesen sido su solo medio de locomoción para recorrer en Lima, decenas de kilómetros, con paso raudo y frente altiva. Cuando por motivos laborales o de cálculo político, la ola de desterrados habían dejado de frecuentar a Paz Estenssoro, quedamos los dos Carlos como sus cercanos amigos y cumplidos secretarios. Contribuimos en la redacción de innumerables manifiestos y de dos folletos en octavilla, fáciles de introducir al país, burlando la estricta vigilancia de la satrapía instalada en el Palacio Quemado. Mientras yo había conseguido una colocación en un céntrico hotel limeño, a Franck le encargaron en El Comercio la responsabilidad de la página roja. No duró mucho en el puesto, porque los titulares que encabezaban sus columnas no coincidían con el sentido de humor del propietario.

Dos muestras de su talante: Loco ensaya suicidio, logra completo éxito o este otro: Le faltaba gasolina, se alumbró con vela:  lo entierran hoy.

Un año de privaciones, en lúgubres pensiones y amedrentados por  la Policía peruana por encargo de la dictadura altiplánica, nos indujo a buscar nuevos horizontes que los hallamos en Costa Rica, donde el presidente José Pepe Figueres nos recibió generosamente, a mí como Coordinador de la Escuela de Educación Democrática, de la cual él era patrón y a Franck como redactor en La Prensa Libre. En tanto que yo volví al país al cabo de tres años, Carlos Frank permaneció en ese paraíso centroamericano 35, antes de retornar al solar patrio e instalarse en Cochabamba, donde lo vi por última vez, siempre optimista y con su permanente sed de conversaciones sólidas y de algo más líquido también. Intuyo que allí vivía con su hijo Bernardo, ora actor teatral, ora cocinero.

Acerca de su período bohemio en Bolivia, Edgar Ávila Echazú rememora con nostalgia, así: “En otras ocasiones, vendíamos cuadros, libros, documentos fraguados para algunos incautos, o trabajábamos en alguna radio o en la Academia de Bellas Artes… entretanto Carlos se perdía en otros enigmáticos oficios que algo tenían que ver con letras de cambio y bancos. Pero a lo que recuerdo, no me dijo nada sobre sus poesías que, imagino, escondía o no se animaba a mostrarnos”.

En Costa Rica, Carlos se labró con esfuerzo un nombre y un renombre. Primero como editor de la revista Hipocampo, de valioso contenido literario, y más tarde con un poemario romántico intitulado Bella por el cobalto (1971) donde como siempre se muestra perdidamente enamorado de aquella dama que solo existía en su imaginación. Una Dulcinea a quien esperó toda su vida, para finalmente contarnos que cuando no la tenía, la imaginaba. Ahora que la tengo, la imagino. Y  cual fantasma de su sueños, el poeta se consuela cantando: “Sé que jamás volverás/ porque nunca has venido…”.

A manera de despedida del suelo costarricense, distribuyó entre sus amigos, allegados y acreedores, su tarjeta de visita que decía: CARLOS FRANCK, Amigo del insigne Priskos y bibliotecario del Emperador, esos títulos impresionaban a los palurdos y divertían a los doctos. Pero hizo aún más, publicó en 1997, a su costo, un curioso libro, en edición limitada de 200 ejemplares, impreso en papel de banano, cuya cubierta es de cáscara de coco y de cortezas. Una producción ecologista  antes de que esa tendencia se apodere de fanáticos y de snobs. Bajo el título de No sé a dónde voy, pero siempre llego, contiene 28 poemas y 27 aforismos. El poeta se presenta con un elocuente currículum vitae, en verso,  donde se confiesa “Apátrida/solidario con mi soledad/sin propósito alguno en las geografías/soy yo/por  destino ajeno/ y por modo extraño/a la solemnidad de las multitudes/ateo en el teísmo que convoco/sin nada para recordar/nada tengo que olvidar/más en los sueños/de vino que construyo/vivo todavía en todas partes/y en ninguna/las sórdidas muertes/ de cada día”.

Completa ese autorretrato su declaración de “Soy anarquista, no me interesa tanto ser poeta, como escribir poesía”. E insiste en la redacción prematura de su epitafio: “Ni Dios, ni amo… porque soy libre aún más que la poesía…”.ANARQUISTA. Carlos Franck podía ejercer su vocación anarquista a plenitud en aquel país pequeño y rural que era la Costa Rica de los años 60, donde en una ocasión una bicicleta atropelló al Presidente de la República, cuando éste atravesaba una calzada. Un Estado fortalecido por su colosal estructura de institucionalidad democrática, sin ejército, sin cuarteles, pero con multitud de escuelas. Sin embargo, Carlos Franck arrastraba una recurrente frustración por su pobreza y su disimulada soledad. Su poema VI, lo denuncia: “¡Qué desesperación / y qué impotencia!/ tanta noche repetida/ por tan poco amanecer/Oh/ ¿Por qué el ser y no la nada?”

En este último libro suyo, si su poesía es sublime, en cambio sus aforismos no lo son tanto. No obstante, no podemos dejar de registrar algunos  muy ocurrentes: “La democracia es una dictadura, de uniforme vulgaridad”. O dando rienda suelta a su espíritu provocador señala que “La bandera es un símbolo lamentable / Ondea según sopla el viento”. Además, su ateísmo insurgente se expresa en estas líneas: “Para que exista el pecado/ inventaron la confesión/ no te confieses /y estarás libre de todo pecado”. También la mortalidad está presente: “La decencia de los muertos es no recordar a los vivos” o este otro: “La vida solo es una anticipada vacación de la muerte”.

Carlos Franck, anduvo con larga blanca barba, apoyado en un bastón, por las calles de Cochabamba, hasta sus 86 años, musitando aquella línea suya:“Oh Helena, dame la inmortalidad en un abrazo”.

No pude conseguir datos acerca de las circunstancias de su muerte en 2008,  pero estoy seguro que a él ese detalle tampoco le inquietaría.

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