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‘Carlos Medinaceli amaba entrañablemente al país’

Mariano Baptista Gumucio

Mariano Baptista Gumucio

Mariano Baptista Gumucio

La Razón / Rubén Vargas - periodista

00:00 / 22 de julio de 2012

“Si la suerte nos ha deparado ser bolivianos, pues seamos profunda y auténticamente bolivianos”, escribió Carlos Medinaceli (1902-1949). El autor de Estudios críticos (1938) y de la novela La Chaskañawi (1947) —un clásico de la literatura boliviana del siglo XX— concluye esa reflexión con una frase contundente: “Atrevámonos a ser bolivianos”. Y así titula el libro que le dedica Mariano Baptista Gumucio a su vida y su correspondencia. A más de 30 años de su aparición (1979), acaba de publicarse una nueva edición, corregida y aumentada.

— Con Carlos Medinaceli se da una paradoja frecuente en Bolivia: se lo reconoce, pero no se lo lee. ¿Qué lo llevó a hacer un libro sobre este escritor?

— Medinaceli me impresionó desde joven, desde que vi sus restos cuando eran velados en la Alcaldía de La Paz. Un buen profesor de literatura de La Salle nos dijo que deberíamos ir. Y yo fui. Me impresionó mucho su aspecto. Murió de 50 años y estaba muy disminuido físicamente. Después leí un par de cosas de él: La creación del gusto estético y, por supuesto, su novela, La Chaskañawi, que me cautivó. El paisaje de la novela es un paisaje con el que me he identificado desde niño: el sur de Bolivia con los molles y los ríos que él amaba.  Para hacer el libro, me puse a reunir material y a buscar sus cartas. Un amigo me consiguió un jeep con chofer y me fui a Potosí y visité a las viudas de los integrantes de Gesta Bárbara y ellas me dieron las cartas que tenía. En La Paz, Raúl Botelho conservaba algunas. Otra me costó muchísimo: un contemporáneo de Medinaceli, un viejo  comunista, creía que lo podían perseguir si se decía de quién era. En esa carta Medinaceli le hablaba de marxismo. Fue un trabajo largo. En esa época, yo leí una biografía muy interesante del líder anarquista español Durriti (El corto verano de la anarquía de Hans Magnus  Henzesberger) hecha en base a impresiones de contemporáneos. Me gustó la idea porque se recreaba una época a través de los testimonios de gentes que de otra manera nunca habrían pasado a las páginas de un libro. Evidentemente podría haberme dado el trabajo de citarlos y de armar un libro biográfico, pero me pareció más interesante hacerlo de esa forma.

— La primera edición tiene más de 30 años (1979). ¿Qué hay de nuevo en la presente edición?

—Está mejor armada, tiene algunas fotos nuevas y Plural Editores ha hecho un trabajo muy pulcro. Y he añadido como colofón una sección que se llama “Pensamientos de Medinaceli para los bolivianos de 2012”. Es una antología de pensamientos que me parecen bellamente escritos y profundamente pensados.

—El género biográfico no es ajeno a su trabajo. Ha escrito, entre otros,  libros sobre Carlos Montenegro, Augusto Céspedes, Alcides Arguedas, Augusto Guzmán y Franz Tamayo...

— Mi afán ha sido recuperar a esas figuras. No he tenido la pretensión de hacer biografías, son semblanzas biográficas. Nuestro país es —y lo será  por mucho tiempo— un país con malas hemerotecas y malas bibliotecas. Ahora hay un pensamiento general de preservación, pero cuando yo era joven se quemaba todo, se quemaban fotos, cartas... en cuanto se podían disponer de los bienes del difunto —lo dice el propio Medinaceli y lo dijo también Gabriel René Moreno— se vendían sus papeles para envolver dulces. Yo he actuado para recoger del naufragio las cosas que se iban a perder para siempre.

— La biografía, la autobiografía y las memorias son géneros poco frecuentados en nuestras letras. ¿A qué cree usted que se debe esa reticencia?

— Yo creo que es un mal latino. En nuestros países, quizás por la tradición católica, las gentes son demasiado reservadas. Cuando se escribe una biografía, el autor tiene que cuidarse muchísimo de la familia, porque  todos se resienten. Yo he dejado varios contusos en el camino. Con el libro sobre Franz Tamayo he tenido muchos problemas, con el de José Cuadros Quiroga y con el de Carlos Medinaceli también. Las familias piensan que sus seres queridos son casi santos. Por otro lado, el que escribe una autobiografía no habla de sus amantes, ni de sus enfermedades. Alberto Crespo, por ejemplo, escribió una lindísima autobiografía, pero en ella sólo habla de sus sueños y de los autores y de las gentes que conoció en vida.  Así son los latinos. En cambio, en los países anglosajones el género biográfico y autobiográfico es absolutamente impúdico.

— Medinaceli es un autor trágico, por vocación y por destino. Su novela es un clásico y ahora se lo reconoce como uno de los grandes críticos...

— Tengo un libro titulado Bolivianos sin hado propicio. De esos bolivianos el más desafortunado ha sido Medinaceli. Nunca pudo salir al exterior; en los años 30 tuvo una oportunidad de ir de secretario a Buenos Aires, pero no lo dejaron ir, alegando que bebía mucho. En términos biológicos vivió sólo media vida, murió a sus 50 años. Tenía una enorme cultura, aprendida donde podía, se hacía traer libros o se los prestaba. Vivió siempre acosado por la pobreza y por los malos empleos: en Potosí trabajaba en una oficina de minas, era maestro de escuela. Se lamentaba mucho de su vida, pero al mismo tiempo amaba entrañablemente al país y es de los que mejor lo ha comprendido. Muchísimo más que Alcides Arguedas, que se la pasó en París, y que Franz Tamayo que vivía encerrado. Medinaceli vivió la vida de las aldeas bolivianas, vivió el drama del mestizaje y de la ausencia del indio. El indio era un ser extraño al que él miraba con mucha atención y respeto. Sabía también del mundo de los tinterillos, de los curas, de los hacendados, que no tenían alma.

— Medinaceli es, prácticamente, un autor de fama póstuma...

— En vida publicó un par de libros, uno de ellos —Estudios críticos— lleno de erratas al punto que pidió que se lo retire. A su muerte, igual se vendió. Tuvo la  fortuna que 20 años después de concebirla se publicara La Chaskañawi por la Fundación Patiño. Ése fue su minuto efímero de gloria. Fue senador por Potosí, estaba muy vinculado a las clases populares, abominaba de esos círculos sociales que dominaban Potosí y Sucre. Nunca se integró a eso. Era un espíritu libre, admiraba a Nietzsche, quiso hacer una biografía de él. Aprendió francés en los diccionarios, le encantaba la literatura francesa, le encantaba Proust y Madame Bovary. Tuvo la suerte de que llegara a Potosí Gamaliel Churata. Los dos iniciaron la aventura de Gesta Bárbara y conservaron una amistad de por vida. Era un milagro que una ciudad minera donde —lo dice él mismo muchas veces— se olía el olor del dinero y de los metales pudiera florecer  un grupo de quijotes que sacaran esa revista donde se hacía crítica de cine, se hacía teatro y se cultivaba la música. Es como ver una rosa en un desierto. Y la vida de Medinaceli fue también así, fue una especie de colibrí azotado por el viento del altiplano.

— ¿Qué nos queda por conocer de su obra? 

— Queda poco desconocido de Medinaceli. Pero por supuesto es un hombre que merecería la edición de sus obras completas, como las que está haciendo Plural Editores con otros autores posteriores. La obra de Medinaceli no tiene desperdicio, todo es sabroso, agradable de leer y profundo. Nunca tiene un lugar común, nunca un adjetivo demás, es muy preciso y muy vigoroso. Ahí está su legado.

—¿Cuál es su obra favorita?

— Me encanta La Chaskañawi. Es una novela muy completa y de un gran mensaje al porvenir, porque Medinaceli es, sin duda, el hombre que más exalta el mestizaje boliviano a través de la chola. En ese sentido, creo que tiene una gran vigencia porque en Bolivia hemos entrado en la carrera de las nacionalidades, al punto que estamos en riesgo de quebrar la unidad fundamental del país. Y en eso el mensaje de Medinaceli es muy actual.

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