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Carol

Haynes, un autor en el sentido que el término tenía cuando filmar era bastante más que hacer películas, adapta ejemplarmente una novela de Highsmit

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La Razón (Edición Impresa) / Pedro Susz K. - crítico de cine

00:00 / 07 de marzo de 2016

La película lleva el nombre de Carol Aird, una de las protagonistas, pero buena parte del relato acompaña la mirada de Therese Belivet, la otra. Eso tiene una explicación, dada en su momento por Patricia Highsmit, la autora de la novela, con varias impregnaciones autobiográficas, en la cual se basa esta adaptación ejemplar. Contó Highsmith cómo resolvió probar suerte en calidad de empleada temporal en unos grandes almacenes abarrotados de gente. Fueron dos semanas que alcanzaron para inspirar “The Price of Salt” impresa en 1951 con el seudónimo Claire Morgan y reeditada recién en 1990 —cuando las relaciones lésbicas habían dejado, en parte, de ser un tabú—  ya con el título de Carol y su propio nombre.

Sin hacer una transcripción servil del texto original, el director Todd Haynes respeta al pie de la letra aquello que le resulta funcional, pero tampoco se hace problemas para introducir giros útiles para enriquecer la atmósfera de una relación encarada a todos los escollos de un medio donde la libertad equivalía a someterse a las reglas más el rígido reparto de roles, en este caso del machismo a mansalva. Así Haynes rompe la linealidad del relato de Highsmith optando por la circularidad a partir de un largo flashback que se repite en un final que potencia su premisa dramática.

Con énfasis en los detalles y en los primeros planos, señal de confianza en que el espectador ligue pistas y arme conclusiones, Haynes describe de modo pausado, siempre ajeno a las estridencias la devastadora relación entre dos mujeres. A Carol y Therese les toca en esa instancia estar a uno y otro lado del mostrador como en la vida transitaron por veredas opuestas. Carol, portadora de una sofisticada madurez, sobrelleva una relación familiar exhausta y es la personificación de la elegancia ayuna de sentido. Therese digiere el día a día bajo el acoso laboral de una supervisora, intentando descifrar el destino.

Haynes se adentra en esa historia de amor imposible con mesurada elegancia ajena a los forzados ejercicios estilísticos. Consecuente con la contención propia de Highsmith, en muchos momentos lindantes con la frialdad, ubica su narración a la distancia emocional precisa para no ahuyentar la empatía del espectador, ni forzarla deslizándose en las tentaciones melodramáticas a que se prestan la relación misma, el entorno y hasta el ambiente navideño.

Cuando Carol y Therese resuelven montar en el lujoso Packard de la primera hacia puerto desconocido, la historia asume algunas de las connotaciones metafóricas propias de las “películas del camino”: viaje al encuentro de la libertad pero sobre todo de ellas mismas. Es un gesto en inútil —aun cuando necesario—, salvo para confirmar la poderosa atracción mutua y reiterar que el asunto no tiene destino.

Si Therese colisiona contra la obcecada negativa de su novio a entender razones, Carol se da de bruces contra una muralla peor: la rencorosa imposición de su marido y de su aristocrática familia, amenazándola con privarla de ver a su hija a menos que se someta a tratamiento correctivo de su “anomalía”. Hayes exhibe asimismo un infrecuente buen pulso para zafar de los estereotipos. Esos varones, cautivos ellos también del reparto establecido, no son los esquemáticos, ni los demonizados, malos de película, hacen lo que el “sentido común” les dicta que “deben” hacer.

Ambientada a principios de los 50 del siglo pasado, el tratamiento visual, trabajado en formato Súper 16 mm, con equipos de iluminación de la época, a fin de aprovechar con fines cromáticos el granulado de la imagen, rescata las modalidades icónicas de entonces con una estupenda fotografía. Atrevida, además, en el recurso inusual y persistente de interponer vidrios o cristales en la mirada subjetiva de las protagonistas sobre un entorno que entonces aparece brumoso, contrastando con la claridad de las escenas en las cuales Carol y Therese se encuentran solas frente a frente. La banda sonora suma lo suyo a la contenida gravedad de la modulación narrativa sin rebuscar protagonismos superfluos.

Tratándose de una historia en gran medida introspectiva, marcada por los mesurados gestos propios de una relación condenada a la clandestinidad, los personajes, su composición por ende, cobran el mayor peso en la valoración final del resultado. Impecables Cate Blanchett y Rooney Mara —secundadas a gran nivel por el elenco entero— no solo se meten en la piel de esos seres complejos, les dan vida, con la misma atemperada emotividad optada para el manejo integral del conjunto.

Incluso en la juiciosa apelación a la sugerencia, en vez del exhibicionismo, durante los pocos momentos de mayor carga erótica, la dirección de actores demanda poner en una mirada, en la presión fugaz de una mano sobre el hombro del otro, la carga que cualquier realizador menos talentoso, apelando a la facilidad, hubiese verbalizado o impregnado de alguno de los subrayados aspavientos del repertorio habitual en el melodrama desatado.

Es como, el resto de Carol mérito de la dirección de Haynes, un autor en el sentido que el término, hoy casi olvidado, tenía cuando filmar era bastante más que hacer películas. Reacio a los coqueteos con la fama, Haynes ya había dejado huella con Lejos del paraíso/2002, otro romance fuera de los cánones estatuidos —aquel entre dos hombres—, y en 2008 con I´m Not There, insólito acercamiento biográfico a Bob Dylan.

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