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Casanova, los últimos años del conquistador

En la tranquila Duchcov, Casanova pasó sus últimos años y allí escribió sus míticas memorias y otros no menos memorables libros

Casanova. Foto: Mengs Fundation

Casanova. Foto: Mengs Fundation

La Razón / Jesús Ruiz Mantilla - El País

00:00 / 28 de julio de 2013

En la tranquila Duchcov (República Checa), Casanova pasó sus últimos años. Entramos en las estancias donde escribió sus míticas memorias, un compendio de aventuras, vitalidad, erotismo, filosofía, ciencia, claves para entender el mundo del Siglo de las Luces.

El aburrimiento ha sido motor de grandes desmanes, pero también ha dado origen a enormes y proverbiales obras de arte. Es el caso de las Memorias de Casanova o de sus relatos de evasión cercanos, si no a la ciencia ficción, sí a la literatura fantástica, que sirvieron muy probablemente a Julio Verne para inspirar algunas de sus historias.

Si uno ha vivido de bote en bote, ha ido para actor nacido en ambiente de comediantes aunque le metieran a fraile, ha llegado a ser ducho en estudios de Derecho e incluso médico de nobles pese a definirse en los primeros nueve años de vida como imbécil; si ha gozado de suficiente sensibilidad artística como para dominar la música hasta el punto de ser violinista, ha demostrado empeño para convertirse en viajero empedernido, habilidad para servir de agente secreto al mando de muchos reinos y cortes, suficientemente chulo como para cantar las cuarenta en plan polemista nada más y nada menos que a Voltaire…

Si uno aprecia los placeres de la vida, la buena cocina, la ópera y el teatro hasta el punto de haber podido servir a Mozart y a su libretista Lorenzo da Ponte como asesor para crear Don Giovanni; si te obsesionan la cábala y las ciencias ocultas tanto como la física, la biología o la química; si has coqueteado con la masonería y nunca, nunca te ha faltado en el lecho alguna de las 132 mujeres a las que has dicho amar… ARTE. Si uno concibe así pues la vida como una constante obra de arte, cuando no queda más remedio que retirarse gracias a la buena disposición de un aristócrata crápula con palacio en Dux —hoy Duchcov (República Checa)—, donde tienes que aguantar las mezquindades pueblerinas de unos sirvientes envidiosos y con escaso mundo, uno, así, se aburre. Con razón.

Pero si te llamas Giacomo Casanova, eres políglota, muestras grandes habilidades orales y escritas, llevas la elegancia marcada en el estilo tanto si escribes una frase como si te suenas la nariz; si en la vida no te atraviesa más que el horizonte de una nada merecida decadencia; si aun así persistes en saber, explorar, conocer, seducir, y tu trabajo consiste en ocuparte de una biblioteca bien surtida que a veces debes enseñar a las visitas, entre las que una buena mañana puede dejarse caer el emperador de Austria-Hungría, queda mucho tiempo a lo largo del día —excepción hecha del que uno emplea en comer, flirtear, jugar a las cartas, al ajedrez o al billar— para leer, reflexionar, hacer balance y escribir.

Eso, principalmente, o poco más, poco menos, fue a lo que se dedicó Casanova durante los dos decenios que estuvo empleado en Duchcov. Allí, en la serena Bohemia, hoy se le recuerda con un nombre en el café de la plaza o una placa en la capilla de las afueras donde se le rindió funeral y está enterrado. Dos mujeres a la entrada del palacio guardan su memoria entre folletos, contadísimas visitas guiadas y la pertinente colección de objetos y souvenirs que una de ellas cobra tras un mostrador de madera en el que se parapeta cada vez que debe responder a cualquier pregunta por simple que ésta sea.

La otra, la joven Verónica, asciende por las escalinatas del palacio dieciochesco que pertenecía a la dinastía Waldstein e inicia un tour en el que se puede apreciar desde el dormitorio y su escritorio hasta las salas de esparcimiento. En un mero recorrido, imaginamos al galán ya decrépito escribiendo en la biblioteca, contando anécdotas mientras juega al billar o burlando el aburrimiento y las jugarretas que le hacía el resto del servicio, a los que corroía la envidia por la preferencia que mostraban por él los señores.

Al poco de comenzar, Verónica comenta las glorias de los propietarios en aquella época ante sus escudos de armas y los retratos. Batallas y homenajes musicales —Beethoven dedicó una sonata para piano a su estirpe— se mezclan con el grisáceo y verdoso silencio que emana de los jardines. En el discurso de la experta no encontramos rastro de los claroscuros que pueblan el carácter de Joseph Karl Emanuel de Waldstein-Wartenberg, el noble que acogió bajo se protección a don Giacomo.

Si bien es conocido que llegó a ser chambelán del emperador José II de Austria, no hay ni pistas de otros rasgos en los que en su día se fijaron Joseph Le Gras y Raoul Vèze para narrar Los últimos años de Casanova (Atalanta). Según estos autores, además de pertenecer a la nobleza próxima al emperador, Joseph Karl Emanuel tenía sus cuitas y sus vicios. Señor sui generis que se entretenía con los beneficios de su fábrica de lencería, sus viajes, sus relaciones con el mundo del espectáculo y sus excéntricas orgías, no podía encontrar mejor asesor para sus juergas que el mayor experto en excesos de Europa.

Pero don Joseph Karl Emanuel era de carácter inquieto y se ausentaba varias veces al año de su palacio. Entonces Casanova quedaba como uno más. Un sencillo empleado con su cometido: cuidar de la biblioteca. Era en esa ocasión cuando la buena y discreta disposición de sus compañeros de trabajo se tornaba en vileza.

Los empleados, instigados por el mayordomo Faulkircher, le ridiculizaban; trataban de pillarle en algún renuncio, exageración o fantasmada; le montaban complots y esparcían sospechas basadas en sus andanzas, como la de que había dejado embarazada a la joven Dorotea, hija del portero, cosa que finalmente Casanova pudo desmontar: el hijo que esperaba era de Xavier Schöttner, pintor del castillo, con quien finalmente pasaría por la vicaría.

La tensión puede leerse en otro volumen editado recientemente, el de las Cartas a un mayordomo. Para que sigan el tono, una muestra de la dureza no exenta de protocolo que se gastan entre él y el amigo Faulkircher: “Vuestro carácter se rebela sobre vuestra fisonomía con tanta claridad que, a pesar vuestro, se manifiesta a primera vista. En los laberintos que las arrugas forman sobre vuestra faz ajada se descubre el odio, la bajeza, la malicia y la ignorancia ambiciosa…”.

En medio de tal ambiente, Casanova se concentra en su producción literaria.  Ésta abarca principalmente su obra memorialística, numerosos escritos políticos y filosóficos como La historia de las turbulencias de Polonia, Refutación a la Historia del gobierno veneciano de Amelot de Houssaie, sus Reflexiones sobre la Revolución Francesa… pero también novelas, como el Icosameron. La historia de unos enanos que pueblan la Tierra por dentro pudo servir de inspiración a Julio Verne y, entre otras, su Viaje al centro de la Tierra, según algunos expertos. VERNE. Jaime Rosal, responsable de las ediciones de los dos libros citados, irreductible casanovista, comenta esa conexión precursora: “La hipótesis de Lorédan Larchey respecto a la supuesta compra por Verne del argumento de Veinte mil leguas de viaje submarino a Louis Michel por cien francos hace sospechar que en él los préstamos eran habituales”. Para este escritor no resulta extraño que Verne tuviera acceso a alguno de los 340 ejemplares del Icosameron. ¿Le inspiró? ¿Plagió? ¿Le homenajeó? “En su Viaje al centro de la Tierra, Verne hace que sus protagonistas regresen a la superficie terrestre gracias a la erupción del Estrómboli, un método similar gracias al cual Edouard y Elisabeth, protagonistas de la obra de Casanova, regresan a su vez a la Tierra. Por otra parte, en Las indias negras, otra novela con expedición al interior del planeta, Verne alude a un sistema de notación musical basada en los intervalos de los tonos, lo que recuerda la transcripción del lenguaje de los megamicros, habitantes del interior de la Tierra en el Icosameron. Por último, los protagonistas de Veinte mil leguas de viaje submarino, al igual que los de dicha novela, son absorbidos por el Maëlstrom a las profundidades marinas. ¿Demasiadas coincidencias?”, se pregunta Rosal. VIDA. Pero la creación cumbre de Casanova es inimitable. La Historia de mi vida, las memorias, una de las grandes obras maestras del XVIII y de todos los tiempos, cuyas más de 3.000 páginas el autor redactó en tan sólo tres años. Desde su nacimiento en Venecia hasta sus aventuras por toda Europa, la audacia, la diversión, el estilo, la inabarcable curiosidad, la versatilidad de géneros, el mundo, la vida al detalle, las costumbres, los valores morales, la enorme amplitud mental que le llevó a escribir en las primeras páginas: “El relato de mi vida no es un relato dogmático”, la constante búsqueda y los saltos que nos llevan de las disquisiciones científicas a las propuestas filosóficas, de la pura aventura —culmen en la parte dedicada a su huida de la prisión de

Los Plomos, en Venecia, de donde nadie había conseguido escapar jamás— al gusto en el que se adentra para comentar sus conquistas, Casanova logra una obra total, un repaso extenso a su tiempo y su espacio geográfico, fundamental para comprender cuáles eran los resortes humanos, morales, económicos, políticos y sociales en la Europa del siglo XVIII.

Rosal lo reivindica como clásico fundamental. “En Casanova se atisban indicios de la literatura prerromántica o romántica, aunque su adscripción al neoclasicismo resulta insoslayable. Sus fuentes, a las que recurre sistemáticamente, son Horacio y Ariosto. Sin lugar a dudas, sus memorias son una obra capital del siglo XVIII a la que es obligado recurrir para comprender la vida social del Siglo de las Luces. Por derecho propio, Casanova ha ingresado con pie firme en el panteón de los inmortales”.

Las escribe ya afrontando sus últimos años. El declive de un personaje así ha dado también obras de ficción como El regreso de Casanova (El Acantilado), de Arthur Schnitzler. El hecho de que el relato de sus andanzas concluya en 1773 y escamotee al lector 20 años de su vida —hasta que finaliza su redacción en 1793— ha dado lugar a infinidad de teorías. El deber de guardar discreción por sus actividades como espía es la razón que todos los expertos apuntan para explicar su silencio sobre aquel periodo. Todo ello más la compleja historia de las sucesivas publicaciones de la obra llevan también a la sospecha de si fue un personaje real.

“Cuando Casanova fallece en 1798, Carlo Angiolini, el marido de su sobrina, que le asistió en sus últimos momentos, se hace con el manuscrito de sus memorias. La familia lo conserva para venderlo posteriormente al editor Brockhaus de Leipzig”, comenta Rosal. Éste comienza a sacarlo a la luz de manera fragmentaria, hasta que llega a publicarlo por completo y por entregas entre 1824 y 1828, traducido al alemán por Wilhelm von Schütz. Escritas originalmente en francés, no aparecen en esta lengua hasta que se le da la vuelta al texto de la traducción alemana a su lengua natural. Lo hace Tournachon-Moulin y el éxito es tal que Brockhaus contraataca con el manuscrito original revisado por el académico de Dresde Jean Laforge. Pero hay que esperar hasta 1924 para encontrar una versión fiel de referencia en La Sirène. La base para las siguientes. “Todas estas ediciones, traducciones y retraducciones suscitan la sospecha de que las memorias, y el propio Casanova, son obras de la ficción, pues son pocos, a excepción del príncipe de Ligne en sus Mélanges militaires, littéraires et sentimentaires (1797–1811), los que han dejado cumplido testimonio del personaje y de la existencia de sus memorias.

“En 1923, Edouard Maynial en su Casanova et Stendhal, teniendo en cuenta que Henri Beyle se servía de ese seudónimo para firmar sus obras como Stendhal, apunta a que las memorias bien pudieran ser una invención del autor de La cartuja de Parma”, explica Rosal. Aunque de eso, a estas alturas, no cabe duda. Exagerado. Quizá fuera el creador de aquellos escritos, pero ante todo se nos presenta de pura carne y hueso, esencia barroca, excesivo, vital, entregado, audaz, desafiante y desenfadado —que no frívolo— como pocos. De todo ello hace balance ya retirado —aunque con tendencia también a escaparse— en Duchcov.

 Centrado en su último amor epistolar —Cecilia, condesa de Roggendorf—, una joven dama húngara que le había solicitado correspondencia continuada, va sintiendo desvanecerse la vida en las manos. Entre coqueteos a tinta y ensoñaciones que le llevan a compararla con Zenobia, la reina de Palmira retratada por Miguel Ángel, Casanova lucha con la lenta e indeseada decrepitud de quien se bebió la vida. La próstata se le rebela, su vejiga se debilita al tiempo que preparan un encuentro que no se llega a dar. Pero sí el cuidado de sus amigos y queridos familiares: Carlo Angiolini, Elisa von der Recke…

Hasta que el 4 de junio de 1798, con 73 años, fallece, quizá en la silla con terciopelo rasgado donde, según Verónica, la guía de este palacio, exhaló su último suspiro. Una rosa marchita trata de simbolizarlo. La postura de su muerte podemos imaginarla plácida, pero resistente. Casanova vive entre sus paredes.

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