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Cesária Évora

La azul melancolía del trópico

Un retrato de la cantante de Cabo Verde que dejó las tablas y el mundo el último enero

Un retrato de la cantante de Cabo Verde que dejó las tablas y el mundo el último enero Foto: Weeke Feet

La Razón / Enrique Helguera de la Villa

00:00 / 04 de marzo de 2012

Traicionando su nombre, Cabo Verde es un archipiélago tropical árido y marrón, anegado de azul y separado de tierra firme por más de 500 kilómetros, que permaneció deshabitado hasta su descubrimiento por los portugueses alrededor de 1460, quienes lo colonizaron y convirtieron, durante casi cuatro siglos, en centro neurálgico del tráfico comercial y la trata de esclavos con destino a América. Así, los caboverdianos son la amalgama resultante de uno de tantos cruces violentos de la historia entre numerosos negros de distintas etnias con portugueses, judíos españoles, marinos y comerciantes europeos.

Un entorno hostil de tierras poco feraces y sobreexplotadas, la recurrente sequía, su asfixiante aislamiento y el declive de su importancia logística y comercial como puente entre tres continentes acentuaron la miseria y el éxodo de sus habitantes. En la actualidad viven más fuera de las islas que en ellas, con unos 700 mil emigrantes repartidos entre Estados Unidos, Portugal, Francia, Senegal y Angola. Sin embargo, nada de todo ello ha podido destruir la vitalidad y alegría de su gente ni la inveterada nostalgia de su lugar de origen, la sodade du petit pays, como dicen en crioulo, el portugués africanizado que allí se habla.

CUNA. En la seca y deforestada isla de San Vicente, al norte del archipiélago, se encuentra Mindelo, ciudad de origen de la cantante y, definitivamente, la capital musical del país. Un puerto que se desarrolló en el siglo XIX, con la expansión de las rutas atlánticas por los barcos de vapor y el establecimiento de grandes depósitos de carbón por los ingleses para abastecer sus calderas. En 1941, fecha de su nacimiento, Mindelo era un lugar languideciente, aunque conservaba, junto a bellos edificios coloniales, el aroma cosmopolita y la vida arrabalera del puerto. Las bases de la música caboverdiana, una original mezcla de influencias africanas, portuguesas y brasileñas, ya habían fraguado y la escena local contaba con un buen número de artistas talentosos.

La melancolía portuguesa del fado, la modinha brasileña y el lundum angoleño dieron luz a ese blues atlántico llamado morna, mientras que la vitalidad y alegría de otros ritmos africanos y brasileños propiciaron el nacimiento de la coladera, el funaná y el batuque, animados géneros de baile y canciones de una ligereza y frescura inconfundibles.

Cize, como la llamaban los amigos, era hija de una cocinera y de un intérprete de violín, Justino da Cruz, que falleció cuando ella tenía siete años. Creció en un entorno musical, pues su tío B. Leza, uno de los grandes compositores del momento, el autor de Mar azul y Miss Perfumado. Pasó, no obstante, una infancia difícil, con años de orfanato, vida en la calle, y fascinación nocturna con las canciones de Amália Rodrigues y Ângela Maria que sonaban en la radio. Cesária empezó a cantar a los 16 años en los bares y en los barcos que atracaban en el puerto a cambio de monedas o tragos de grog, el aguardiente local, labrándose la fama que la llevó a grabar en Rádio Barlavento y Rádio Clube a finales de los años 50.

DEPRESIÓN. Fumadora, bebedora y vividora empedernida casi hasta el final, juntó dos maridos y tres hijos aunque en realidad casi nunca convivió con sus parejas y su vida amorosa fue variada y tumultuosa. Dejó de cantar desde 1975, año de la independencia del país, y anduvo largos años oscuros sumida en la depresión y el alcoholismo. A finales de los 80 y animada por Bana, un músico caboverdiano emigrado a Portugal, se presentó en Lisboa, desde donde el productor José da Silva (que se convertiría en su protector para el resto de su vida) la llevó a París donde grabó su primer disco, La diva aux pied nus, en alusión a su costumbre de cantar descalza, algo que venía de su propia infancia y que mantuvo siempre en homenaje a sus orígenes y solidaridad con los humildes. El disco no tuvo mucho éxito, pero su presencia en París le facilitó grabar los discos que la catapultarían a la fama, Mar azul (1991) y Miss Perfumado (1992), en un momento en que la world music se había convertido en un género en auge. A partir de entonces se sucedieron interminables giras por todo el mundo y se convirtió en la   embajadora de la música de su país. Ello le permitió también abrir su repertorio a la música latina (Café Atlántico) y colaborar en diversos proyectos con Goran Bregović, para la banda sonora de la película Underground de Emir Kusturica o con Caetano Veloso para el disco benéfico Red Hot + Rio. También llegaron los reconocimientos oficiales, como el Premio de Música de la Unesco (1998) y el Premio Grammy (2003) por Voz d’amor.

En 2010 se publicó un recopilatorio, Cesaria Evora & Friends —que será el último hasta que vea la luz el que dejó inacabado—, con los duetos más señalados de su trayectoria y que da cuenta del reconocimiento universal de su música, cantando junto a artistas tan variados como el maliense Salif Keita, el senegalés Ismael Lo, el angoleño Bonga, la brasileña Maria Bethânia, el cubano Compay Segundo, la norteamericana Bonnie Raitt, el japonés Ryuichi Sakamoto, el italiano Adriano Celentano, la griega Eleftheria Arvanitaki o el poeta del rock francés Bernard Lavilliers, cuya canción Elle chante contiene versos definitorios y definitivos sobre su arte: “Ella canta a la tierra roja, a la tierra yerma, a la tierra seca /ella canta a los hombres proscritos, a los desterrados que viven en las ciudades / ella canta palabras que improvisa, venidas de las profundidades más lejanas. / Su voz que fluye, de repente se quiebra y se reconstruye / ella es la vida, la muerte, la fragilidad y la fuerza”.

Y siempre cantó desde la arena blanca, el mar azul turquesa y la cálida melancolía del trópico.

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