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Charles Mingus: el genio mestizo

Irascible y militante , el gran contrabajista, líder de banda y compositor mezcló todas las ramas del jazz y la música latina

Discos. Varias grabaciones del contrabajista, como ‘Mingus Ah Um’ (Columbia, 1959) y ‘The Black Saint and the Sinner Lady’ (Impulse, 1963) se consideran obras maestras del jazz. Foto: tumblr.com

Discos. Varias grabaciones del contrabajista, como ‘Mingus Ah Um’ (Columbia, 1959) y ‘The Black Saint and the Sinner Lady’ (Impulse, 1963) se consideran obras maestras del jazz. Foto: tumblr.com

La Razón (Edición Impresa) / Nicolás Peña - crítico de música

00:00 / 14 de diciembre de 2015

Charles Mingus nació el 22 de abril de 1922 en un cuartel del Ejército en Arizona, Estados Unidos. Poco después fue llevado al distrito de Los Ángeles, donde creció. La primera música con la que tuvo contacto fue la religiosa, la única que su madrastra permitía se escuchara en casa. Pero un mágico día, y a pesar de las amenazas de castigo, oyó en la radio de su padre al gran Duke Ellington interpretando el tema East St. Louis Toodle-Oo, la primera caricia que recibía del jazz.

De muy joven intentó aprender el trombón y el violonchelo para sumarse a una orquesta de música clásica pero ante las escasas perspectivas de ser aceptado por su color de piel se decidió por el contrabajo, alentado por Buddy Collette, quien lo integró a su banda de swing. Su reputación como contrabajista corrió como la pólvora y lo acercó a músicos como Louis Armstrong, Kid Ory, Lionel Hampton y una de sus mayores influencias, Duke Ellington, quien lo echó de su orquesta a los tres días de haberlo contratado tras un altercado con el trombonista puertorriqueño Juan Tizol, a quien Mingus persiguió navaja en mano por el escenario.

A lo largo de su vida Mingus se hizo muchos enemigos por su carácter irascible y temperamental, causando violentas confrontaciones inclusive en medio de presentaciones en vivo. Era un hombre de gran tamaño en todos los sentidos que usaba su cuerpo como arma intimidatoria. No le preocupaba interrumpir en la mitad de un concierto para amonestar al público o a un músico que había cometido un error, y despedirlo inmediatamente. Terminó abruptamente un concierto cerrando la tapa del piano sobre las manos del pianista, a quien casi le quiebra los dedos. En otra ocasión le partió el labio al trombonista Jimmy Knepper cuando lo sorprendió inyectándose heroína durante una sesión de grabación. El saxo alto Jackie McLean le sacó una navaja luego de que lo despidió por causas similares, y le aplicó la misma receta. Mingus detestaba profundamente que sus músicos cayeran en adicciones. “La droga es una de las plagas más terribles de esta profesión. Como Charlie Parker se drogaba, muchos jóvenes músicos se creen obligados a hacer lo mismo, convencidos de que la droga es indisociable de la buena música, eso es completamente falso”.

“Soy Charles Mingus. Soy mulato, soy de piel amarilla, medio amarilla, apenas amarilla, no soy lo bastante blanco para dejar de pasar por negro ni lo bastante claro para que me llamen blanco. Yo me declaro negro. Soy Charles Mingus, para mí, no tengo color”. Con esa contundencia se manifiesta en su autobiografía titulada Beneath the Underdog, traducida como Menos que un perro. Se sentía afroamericano por elección, ya que su esencia era un mestizaje absoluto. Su abuelo materno era chino, nacido como súbdito británico en Hong Kong, y su abuela, afroamericana. Su padre era hijo ilegítimo de un peón agrícola negro y la nieta de su patrón, de origen sueco. Cuando murió su madre, a los meses de haberlo parido, su padre se casó en segundas nupcias con una mujer de origen amerindio, quien le crió.

Mingus se convirtió en un ícono del jazz de la segunda mitad del siglo XX, creando un patrimonio musical universalmente aplaudido solo después de su muerte. Como contrabajista muy pocos han podido alcanzar su nivel. Su tono potente y su sentido pulsante del ritmo colocaban a su instrumento por encima del resto de la banda. A pesar de ello, si Mingus hubiera sido solamente un gran contrabajista, pocos recordarían su nombre hoy día. Fue el mejor contrabajista, un gran líder de banda y uno de los mejores compositores que el jazz haya conocido, alguien que siempre mantuvo su oído atento al más mínimo sonido que no estuviera acorde con su propuesta, y con un espíritu y una espontaneidad que solamente el feroz poder expresivo del jazz puede concebir.

Como en su esencia mestiza, Mingus mezcla inteligentemente en su música elementos de todas sus experiencias musicales que van desde el góspel, el blues, el jazz de Nueva Orleans, el swing, el bebop y la música latina, acabando en el jazz avant-garde. Su enfoque está basado principalmente en el blues de doce compases, y la forma estándar de treinta y dos compases, pero su fórmula no se enmarca en presentar el tema, una serie de improvisaciones y retorno al tema. Utilizó la mezcla de sonido y armonías típicamente ellingtonianas añadiéndoles una serie de disonancias y cambios desenfrenados de los tiempos que generan un sonido particular y único en su música.

Mingus combatió militantemente el racismo, y para ello usó toda su rabia. Rara era la entrevista en la que no destrozaba verbalmente a su interlocutor, denunciando las injustas ventajas que a su juicio se les otorgaba a los músicos blancos. Era un hombre grande en el absoluto sentido de la palabra que no dudaba en usar su imponente físico para vencer en una discusión, así como también su potente voz para mandar callar a algún periodista impertinente. La violencia mingusiana no solo se manifestaba a golpes y con insultos, o con el planteamiento de un código antisistema, sino que también era la esencia de su creatividad como compositor, de sus sofisticados arreglos, de la demoledora sonoridad de sus formaciones y de su virtuosismo instrumental.

Posiblemente fuese ese vendaval el que acabó acelerando su esclerosis lateral amiotrófica —entonces una enfermedad poco conocida— que acabó con su vida a los 57 años, en la víspera del día de Reyes de 1979 en Cuernavaca, la ciudad mexicana donde pasó sus últimos días. Sus cenizas, tal y como manifestó en su último deseo, fueron esparcidas en el río Ganges, lejos de los EEUU, un país por el que se había sentido humillado.

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