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Chet Baker, como si tuviera alas

El trompetista fue uno de los músicos de jazz más influyentes de todos los tiempos

La Razón / Nicolás Peña - apasionado por la música

00:00 / 29 de abril de 2012

Para un lector no tiene que haber un formato, ni mayor secreto que ser fiel a sus propios gustos, y una de mis preferencias literarias son las autobiografías que los grandes maestros del jazz dejaron en las páginas olvidadas de la historia, extraviadas en esa completa falta de definición que se encuentra en las raquíticas biografías de manuales que sirven para saber un poco de todo y nada de nada. Conozco algunos que prefieren leer el Quijote en las ediciones de Selecciones del Reader’s Digest que zambullirse en la obra original. De esas maravillosas autobiografías mis preferidas son: Miles. La Autobiografía, Lady Sings the blues, de Billie Holiday, Straight life, de Art Pepper, y Como si tuviera alas, de Chet Baker.

El jazz es sentimiento, fuerza y autodestrucción. Es una música que se adhiere al espíritu de libertad de las personas, logra adhesión porque su mensaje es transcultural, es una música de rebeldía. Ahora el jazz es cada vez más una cosa a la que la gente llega tras hartarse de la vulgaridad de la música pop. Y sin embargo, aun con este nivel de excelencia musical, es poco probable que esta música vuelva a alcanzar la misma concentración de emociones que en los tiempos de Satchmo, Parker o Coltrane.

FACTURA. La música en general y el jazz en particular estuvieron siempre presentes en mi vida acompañando cada momento importante con canciones y temas que conforman una banda sonora. Pero también es cierto que estos temas que pintan mi vida con colores únicos han causado estragos entre quienes fueron sus creadores e intérpretes. Sea por el estilo de vida, bebida, droga, discriminación, viajes penosos, horario agotador, la factura que tuvieron que pagar es mucho más elevada que la de quienes se dedican a otros trabajos más tranquilos.

De todas formas, el daño producido en los músicos de jazz es tan grande, que uno se pregunta si no habrá algo en el género mismo que exige un tributo terrible a sus creadores. Es un lugar común en el arte que el trabajo de los expresionistas abstractos los empuja de alguna manera hacia la autodestrucción. Ser el puente de conexión entre un mundo mágico al que pocos tienen acceso y nuestra humana realidad requiere un pago muy elevado. Desgraciadamente, por ello este género artístico no se hubiera podido desarrollar con esa intensidad emocional que lo hizo sin exigir un enorme tributo humano.

El jazz nació en Estados Unidos producto del encuentro de varios mundos. En ese país se generó una de las más importantes mezclas de culturas que dio origen a la música más democrática del mundo permitiendo que Europa y África se den la mano. Una música con una personalidad propia, que tiene entre sus principales características, ritmos africanos y armonías europeas. Pero tanto la crítica jazzística como su reconocimiento nacieron en Europa. América jamás estuvo a la altura de la aportación más independiente e importante que ha hecho ese país a la cultura del mundo. Ni siquiera su cine rindió homenaje a sus músicos más grandes, que fueron reducidos a realizar papeles denigrantes de cocineros o simples rellenos en orquestas de músicos blancos.

A finales de los años 50, los chicos malos de la nouvelle vague reivindicaron el jazz incorporándolo a sus films como parte principal de las historias. Es suficiente ver Ascensor para el cadalso de Louis Malle y la estrecha colaboración que mantuvo con el genial Miles Davis para comprobar aquello. Pero como dijo uno de los padres del saxo tenor, el gran Lester Young: “Ahora es tarde; aquello era entonces”.

Quisiera centrarme en la figura de Chet Baker, uno de los músicos de jazz más influyentes de todos los tiempos. De estilo único y reticente. Muy pocas veces tocó a más volumen que un mezzo forte  revistiendo su trompeta de un virtuosismo lírico y originalidad insuperables. Fue un héroe urbano a la manera de Baudelaire. Supo que había que jugarse la vida en cada momento porque sino ésta no tenía sentido. Después de Miles Davis, ningún trompetista ha captado el fenómeno de la soledad y de la tristeza tan emotivamente como Chet, que también se distinguió como cantante. Cada nota que brotaba de su trompeta, cada verso que transmitía en sus canciones  era como el adiós a un buen amigo.

La mayoría de los críticos de aquel tiempo dijeron de él que su registro era limitado, que su capacidad para leer partituras era deficiente, que su técnica no tenía nada especial, y que su interés en la composición era casi nulo. Lo que sucedía es que Chet estaba poco interesado en las corrientes más experimentales del jazz de la Costa Oeste, no obstante, su instinto para la improvisación melódica era sólido y seguro, y sus líneas improvisadas alcanzaban un patetismo absolutamente conmovedor. Chet no daba nada de sí mismo, al revés de la intensidad dramática de la trompeta de Armstrong, o el sonido desprovisto de compasión de Charlie Parker. La música que Chet hacía se sentía abandonada por él. Tocaba las viejas baladas con una larga serie de caricias que no llevaban a ninguna parte y se disolvían en la nada. Pasó la mayor parte de su carrera reproduciendo una y otra vez standards, especialmente My Funny Valentine.

Demostró ser capaz de hacer que incluso la canción más raída sonase fresca y nueva con una profunda penetración emocional, aparentemente contradicha por su estilo natural y directo con una clase de fragilidad casi “femenina”. Su vida y todo lo que la rodeó fue siempre turbulenta, los problemas relacionados con las drogas y sus consecuencias legales lo acompañaron constantemente, pero su música fue un centro de estabilidad en medio de la espiral cada vez más profunda en la que se veía envuelto.

ROSTRO. Su rostro, a través de los años, se fue transformando y fue sustituido por un sombrío rostro ojeroso y arrugado, convertido en anciano prematuro. No obstante, el trompetista genial persistió en todo momento, incluso en la pérdida de los dientes en una paliza relacionada con asuntos de drogas. En sus últimos años tocó mejor que nunca, y, aunque resulte extraño decirlo, la música de esos últimos días recogía una dulzura y un orden arquitectónico en sorprendente contradicción con la vida totalmente desordenada y caótica de Chet.

Le hicieron la vida imposible en los locales de cool jazz de la Costa Oeste y Nueva York, y tuvo que tocar en tugurios de Europa. Lo echaban a patadas de todos los hoteles, y bajo este caos incesante atravesaba su genio en estado puro. Dicen que Chet cayó al vacío en un hotel de Amsterdam mientras escalaba su fachada en busca de su trompeta en el tercer piso. Quería recuperarla sin pasar por recepción porque acababan de echarlo del hotel.

No puedo dejar de conmoverme cada vez que pienso en Chet allí muerto, tirado en plena calle a altas horas de la noche y todo en silencio, porque el sentido del silencio fue la característica fundamental de su música. Quisiera recordarlo para siempre en uno de esos momentos tan característicos a la hora de interpretar sus temas en los que se acercaba al micrófono, dejaba pasar cuatro, ocho compases, y desde el mismo momento en que atacaba la nota, ésta alcanza toda su plenitud. Consigue una escucha profunda del público porque da toda la significación musical al silencio antes de empezar su solo. Como si tuviera alas.

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