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La cicatriz como prueba

El director Werner Herzog apuntala su condición de leyenda y mito en un libro de entrevistas que transita, como sus películas, por lo fantástico.

El director de cine, Werner Herzog.

El director de cine, Werner Herzog. Foto: limagris.com

La Razón (Edición Impresa) / Marcelo Cordero es crítico y distribuidor de cine

11:43 / 16 de enero de 2017

Mucho se ha dicho y escrito sobre Werner Herzog y sus películas, un mito viviente de la cinematografía mundial y un referente indiscutible dentro del ámbito profesional y para cualquiera que se llame cinéfilo. El primer filme que vi de Herzog fue Woyzeck, yo tenía 15 años, y mis referentes cinematográficos se encontraban en Hollywood. Gracias a este alemán descubrí que fuera de la pantalla comercial existía un mundo mucho más grande del que imaginaba. No solo revolucionó mi forma de comprender el cine, sino de pensar la vida. El resto de la obra de Herzog llegó a mis ojos años después, a través de la Cinemateca Boliviana y algunos VHS del único videoclub de La Paz que tenía en estantería algo más que cine del norte.

Herzog llegó cuando yo no tenía idea del significado del autor en el cine y abordaba las películas desde sus historias, personajes, desde las emociones y pensamientos que me provocaban. Con el tiempo entendí que la obra era el autor mismo. Esta afirmación toma más sentido después de leer el libro de entrevistas y editado por Paul Cronin titulado Herzog por Herzog.

En poco más de 300 páginas se establece un cuestionario, pequeñas provocaciones que permiten a Herzog hacerse dueño del timón. Cronin comienza la introducción de la siguiente manera: “La mayor parte de lo que hemos oído decir sobre Werner Herzog no es verdad. Más que respecto de cualquier otro director, vivo o muerto, la cantidad de rumores falsos y mentiras flagrantes que se han propagado acerca del hombre y sus películas es asombrosa”. De este modo el entrevistador nos dice que se encargará de desmitificar al cineasta y sus películas, además de aterrizar sobre el hombre de carne y hueso. Sin embargo, apenas comienzan a salir las respuestas de Herzog, la intención inicial está condenada al fracaso.

Cada respuesta tiene el peso de lo fantástico, de la leyenda, del mito, cada cinta es el resultado prácticamente de una odisea. Sus viajes al Amazonas dan como resultado dos de sus obras monumentales: Aguirre, la ira de Dios y Fitzcarraldo. Su paso por África y Australia, entre otros territorios, y el exotismo y surrealismo hacen que cada uno de sus relatos sea más increíble que el otro. El libro termina convirtiéndose en una pieza literaria de personajes y tierras fantásticas. En una de las preguntas que se le hace responde: “Básicamente viajé por el Nilo hasta el Sudán y hoy agradezco a Dios de rodillas porque camino a Juba no muy lejos del Congo Oriental, caí gravemente enfermo. Yo sabía que, para sobrevivir, tendría que regresar lo más rápido posible, y afortunadamente pude volver a Asuán. En esa época la represa todavía estaba en construcción. Los rusos habían construido los cimientos de concreto y había montones de ingenieros alemanes trabajando en las instalaciones eléctricas. Uno de ellos me encontró en un depósito de herramientas, donde me había refugiado. Yo tenía mucha fiebre y ni siquiera sabía cuánto tiempo había pasado ahí metido. Solo recuerdos muy borrosos de todo aquello. Las ratas me habían mordisqueado los codos y las axilas, y aparentemente querían usar la lana de mi suéter para hacer un nido, porque cuando me desperecé descubrí un agujero enorme. Recuerdo que me despertó una rata que subió corriendo hasta mi cara y me mordió la mejilla. Después la vi escabullirse por un rincón. La herida tardó varias semanas en cerrar y todavía tengo la cicatriz”.

  • ENEMIGOS. Entre Herzog y Kinski siempre hubo una relación explosiva, hasta el punto de que el director dice en ‘Mi enemigo íntimo’ que cada cual planeó asesinar al otro. La foto de abajo está tomada durante el rodaje de ‘Cobra verde’. Foto: kino.de

Herzog hace de la cicatriz el certificado de veracidad de lo que nos cuenta. Sin embargo, él sabe que las pruebas indiscutibles y que todos podemos verificar se encuentran en sus mismos filmes que son los ojos de lo que le vio y vivió, o como dice Fitzcarraldo en uno de sus diálogos: “Cuando América del Norte no había sido totalmente explorada, un pionero francés se dirigió al oeste de Montreal, fue el primer blanco que vio las cataratas del Niágara. Cuando volvió, contó lo que había visto, las cataratas más grandes e espectaculares jamás soñadas. Nadie creyó en él, lo tomaron por loco y farsante. Le preguntaron qué pruebas tenía de lo que había visto. Él respondió: ‘Mi prueba es que las vi”.

El libro también es un autorretrato. A medida que avanza la lectura, Herzog se va construyendo ante el lector de la forma que él quiere que se lo mire. Edifica su mito cual héroe medieval. Un trotamundos empedernido, obstinado, explorador que no comprende ni conoce el mundo si no es a través de la aventura, pero siempre con un guiño de humildad. De niño vivió el final de la guerra y la entrada de los aliados a territorio alemán. Huérfano de padre, creció en ciudades devastadas que se convertían —según sus palabras— en jardín de juegos donde la imaginación, junto con el caos y la falta de control adulto, servía para construir su mundo infantil. Trabajó de obrero metalúrgico para financiar sus películas, dirigió de Ópera por accidente e hizo muchas otras cosas más.

Herzog por Herzog también permite conocer algo de su método de trabajo: su forma de montar, de concebir sus historias, el modo de manejar la producción de sus películas a sus actores: Bruno Schleinstein (El misterioso caso de Kaspar Hauser), y su enemigo íntimo, Klaus Kinski, entre otros. Habla de su relación con la montajista Mainka-Jellinghaus y con el director de fotografía Thomas Mauch. Y manifiesta lo que piensa del denominativo “artista”, que le disgusta intensamente. Piensa que la sola idea de ser artista es también un poco anticuada; que el único lugar donde hoy se pueden encontrar artistas es en el circo y que no los hay entre pintores novelistas o cineastas. Así nos da a entender su relación del cine con el arte, y sobre lo que piensa del cine mismo: “espectáculo de iletrados que tiene sus raíces en la kermés de pueblo y el circo. El cine no es análisis, es agitación de la mente, no nace del arte y el academicismo”.

El libro muestra a Herzog en todas sus facetas, al hombre y al creador, cuya vida está en los límites de la realidad y la ficción, en el viaje por parajes oníricos y fabulosos donde la realidad torna ficción y la ficción se hace realidad.

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