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Cielos de Doménikos Theotokópoulos

En 2014 se cumplen los 400 años de la muerte de El Greco, uno de los pintores decisivos de la historia del arte; nuevas exposiciones descubren otros perfiles del artista

La Razón (Edición Impresa) / Rubén Vargas - periodista

00:00 / 26 de enero de 2014

Se decía que era un místico o un loco. O que era un hombre religioso que vivía apartado del mundo. O que siendo un extranjero se integró de tal manera a la sociedad que lo acogió que su pintura llegó a ser un símbolo del alma española. Se decían muchas otras cosas. Pero recién 400 años después de su muerte, el artista al que llamaron o se hizo llamar El Greco parece emerger con un rostro más definido.

En 2014 se conmemoran los cuatro siglos de la muerte del pintor nacido con el nombre de Doménikos Theotokópoulos en 1541 en la isla blanca llamada Creta, que entonces formaba parte de la República de Venecia. Un pintor que bien podría ser griego, veneciano o español. O todo ello a la vez. Quizás en esa mezcla está su originalidad.

El Greco ya era un pintor cuando abandonó su isla natal a sus 26 años. Pasó diez años en Italia, primero en Venecia y después en Roma. Y en 1577 llegó a Toledo, España. Hay otra forma de señalar ese periplo. De joven era un pintor de íconos a la manera bizantina. En Italia se volvió renacentista. Y en España, cargando esos dos estilos, se hizo un manierista.  

Y entonces pintó esos cuadros en los que los personajes se alargan indebidamente; en los que la figura central se rodea de otras que disputan la atención del observador; esos cuadros, sobre todo, en los que el cielo, sin importar lo que suceda en la Tierra, es el gran y el más dramático personaje. Esos cielos que solo El Greco pudo pintar.  

2014 será su año en España. En el Museo de Santa Cruz de Toledo se montará El griego de Toledo, una gran exposición antológica que se abrirá en marzo. También allí, en septiembre, se inaugurará El Greco. Arte y oficio. Y en el museo de El Prado de Madrid, en junio, se instalará El Greco y la pintura moderna. En las tres perspectivas de estas exposiciones se delinea el nuevo perfil del artista.   

Fernando Marías es un experto en la obra del pintor. Es autor del libro El Greco. Historia de un pintor extravagante y curador de la exposición El griego de Toledo. En su libro traza un perfil del pintor alejado de los tópicos.  

“Hoy tenemos un perfil muy diferente —dice en una entrevista publicada en El País de Madrid— ¿Un artista apartado y dócil? ¡Si machaca a pleitos a sus clientes y es un impertinente con Felipe II!… Es lo contrario de un místico despegado de la realidad: interesadísimo por el dinero, buscando estrategias comerciales... Cualquiera que escribe sobre arte en esa época habla de pintura religiosa en cada párrafo, y en las 20.000 palabras de sus notas no hay una sola sobre religión”. Sobre la presunta españolidad de El Greco, Marías es contundente: “Hemos hecho un Greco español hasta las cachas, pero él juega a otra cosa. Firma sus cuadros en griego y se presenta como un pintor de Grecia que además está a la última porque se ha modernizado en Italia.

Se considera un hombre extravagante, distinto. Por eso su pintura tiene que ser distinta y tener un precio también distinto”.

A esas estrategias para desarrollar su trabajo estará referida, por lo menos en parte, la muestra El Greco. Arte y oficio. Ahí aparece otra faceta del artista. El Greco tenía en Toledo un taller que era casi una línea de producción. Una de sus especialidades era la pintura religiosa, pero quizás no por razones espirituales sino porque en Toledo en esa época había por lo menos 20 parroquias y 40 conventos. Es decir un gran mercado. Y para ese mercado producía pinturas que si resultaban aceptadas no tenía problemas en reproducirlas una y otra vez. Pero sobre todo producía retablos, lo que implicaba un trabajo colectivo de pintores, talladores, escultores, doradores y otros artistas y artesanos. El Greco controlaba incluso la iluminación de sus retablos. “Fue un gran instalador de experiencias multimedia”, dice Marías en otra entrevista en el periódico ABC. Su taller era, entonces, algo así como The Factory toledana. moderno. Es sabido que Picasso era un gran devoto de El Greco. Y que antes impresionó a Cézanne, Manet y Degas, que tenía en su colección dos obras suyas. Y después también impresionó a Pollock.

Javier Barón es el curador de la muestra El Greco y la pintura moderna. A él le preguntaron: ¿por qué les atrae tanto a los pintores modernos el trabajo de El Greco?

“En primer lugar —respondió en otra entrevista publicada en ABC— por su condición de pintor antiacadémico, anticlásico. Velázquez fue el mejor ejemplo para la pintura naturalista... Pero los movimientos rompedores, como el expresionismo alemán, se fijan en El Greco. En segundo lugar, la construcción espacial en las obras, que es más compartimentada y dio origen al cubismo. También, el color de sus obras, mucho más vivo, que interesó al expresionismo; la estilización de sus figuras, el mundo interior de sus cuadros, que retoma el surrealismo... En los años 30 fue Pollock quien se obsesionó con El Greco y lo copia. Le interesaba su figura marginal, fuera de lo establecido”.

Ese es El Greco que empieza a emerger, renovado, 400 años después de su muerte.

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