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El Club de los Desahuciados

Una película especialmente destacable por la puntería del director para sortear tópicos del género: corrección política y miserabilismo

El Club de los Desahuciados

El Club de los Desahuciados

La Razón (Edición Impresa) / Pedro Susz k. - crítico de cine

00:00 / 16 de marzo de 2014

Ahora ya se conoce el resultado, pero podía predecirse sin gran temor a equivocaciones, El club de los de-sahuciados era número puesto para llevarse unos cuantos Oscares, de los seis para los cuales se encontraba nominada. Tiene en efecto todos los ingredientes que usualmente conmueven los corazones de los miembros de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas, ampuloso denominativo para una corporación que presta cada año su nombre a un espectáculo, de marketing en realidad, en el cual no necesariamente prevalece el criterio de ponderación de la real valía fílmica de candidatos y ganadores.

Esa vitrina mediática donde se expone urbi et orbi aquello que “se debe” ver siente probada debilidad por las historias de personajes en trance de finar o aquejados de minusvalías variopintas pero dispuestos, eso sí, a darle batalla a la parca. O a sobreponerse a dificultades impensables para demostrar que en la vida, si de redimirse se trata —puesto que la redención es “el triunfo” per se— alcanza con ser empeñoso y con tener fe (y si se tienen los recursos mejor todavía).

El proverbial cartelito “inspirado en una historia real” es, de entrada, la infalible tarjeta de presentación para enternecer los corazones de los académicos votantes, dejándolos plenamente predispuestos para lo que viene luego. Y si lo que viene es un tipo pintado para perdedor mutado pese a todas las adversidades en ganador: cartón lleno.

TÓPICOS. Dicho esto, valga la aclaración, sin el propósito de desmerecer de antemano una película especialmente destacable por la puntería del director canadiense Jean-Marc Vallée para sortear algunos tópicos propios de emprendimientos de este género: la corrección política y el miserabilismo.

Para el caso, la historia real es la de Ron Woodroof, sujeto que no da en absoluto para héroe y mucho menos para modelo de activista líder de una causa humanitaria: machista, misógino, homofóbico, pendenciero, borracho, promiscuo, cocainómano, estafador. Electricista de profesión acabó en el submundo de los rodeos: más que hoja de vida tiene un genuino prontuario. Datos que el relato entrega desde el vamos en expeditivos pantallazos que anticipan el estilo nervioso y crispado de una puesta en imagen doblemente armónica: con el asunto abordado y con la decisión de esquivar el sentimentalismo barato.

1985, en la ultraconservadora Texas. A causa de un accidente, Woodroof es internado en un establecimiento hospitalario. Allí luego de diagnosticarle el entonces todavía relativamente desconocido Síndrome de Inmunodeficiencia, denominado “la peste rosa”, los especialistas le pronostican máximo 30 días de vida. El anuncio es recibido por el paciente con un irreproducible exabrupto alusivo a Rock Hudson, una de las primeras víctimas famosas de la pandemia. Es el anticipo de la tozuda negativa del protagonista a dejarse vencer por el mal.

La decisión lo lleva pronto a un contencioso frontal con la corporación médica y con la todopoderosa FDA (Food and Drug Administration). En el primer caso, la película denuncia de manera abierta, pero sin necesidad de insistir una y otra vez, la desaprensiva actitud de médicos y laboratorios, más interesados en cuidar su prestigio y sus ingresos o en llevarse el lauro del descubrimiento de la cura que en aliviar el sufrimiento de los infectados. De hecho, muchos pacientes resultaron cobayos involuntarios de las primeras pruebas con el AZT, droga de extrema toxicidad que suministrada en dosis apenas levemente más altas de lo necesario acababa devastando el sistema inmunológico de los pacientes y precipitando el desenlace fatal. Hasta el día de hoy es un secreto guardado bajo siete llaves cuántos afectados resultaron victimados por la presunta terapia.

Por un azar inexplicado, Ron zafa de la trama y se pone en contacto con un médico anarquista quien le proporciona una mezcla de drogas añadida a un suplemento vitamínico para reforzar el organismo. Lo induce, de paso, a retomar algunos de sus viejos hábitos y convertirse en contrabandista de productos prohibidos en su país que él personalmente acarrea desde México, Israel, Holanda y Japón introduciéndolos en territorio norteamericano disfrazado de médico o sacerdote. Ello hasta terminar liado legalmente con la FDA.

De paso conforma un club de afectados —de allí el título original y su discutible traducción— suministrándoles por su cuenta y riesgo esos misteriosos “cocteles”, que en su caso al parecer surtieron notable efecto: Woodroof murió en 1992, siete años después de los 30 días de vida augurados por los doctores. El emprendimiento se hizo popular en la comunidad gay amén de poner en jaque al gobierno norteamericano, el cual lanzó una sañuda contraofensiva para desacreditarlo y, de ser posible, liquidarlo.

GUIÓN. A pesar del carácter inevitablemente didáctico de algunos tramos del relato, el guión de la película incurre en varias inverosimilitudes —o vacíos—: ¿cómo un cadavérico condenado a muerte se enfrentó solo a médicos, burócratas y políticos? ¿Cómo Woodroof consiguió ganar la primera batalla contra sus propios prejuicios remontando de buenas a primeras su estridente homofobia para terminar asociado con Rayon, la drag queen, que resulta ser su mejor cómplice y amigo(a)? Puede añadirse el innecesario romance entre Ron y la doctora, apenas insinuado menos mal.

Sorteando esos huecos, la película se bate con limpieza y vigor a puro acierto cinematográfico: cámara por lo general en mano, montaje seco, abundantes elipsis, sonido diegético, pocos personajes trabajados a fondo. Con esos recursos se construye una atmósfera de ribetes casi documentales. Y la otra fortaleza del trabajo de Valleé reside, por supuesto, en el desempeño de los protagonistas. Matthew McConaughey arriesgó su propia vida adelgazando de golpe 18 kilos para meterse en la estampa de su personaje, sacrificio que ameritaba el Oscar y todos los trofeos posibles. Sin embargo, semejante esfuerzo de identificación va mucho más allá de la apariencia y la composición resulta abrumadora.

Algo menos la de Jared Leto como Rayón ¿Por qué no convocar un transformista auténtico? Pero dejando de lado esa duda y la impertinente injerencia retórica del actor en los actuales jaleos políticos venezolanos a la hora de agradecer la estatuilla, también la merecía. Destacable es asimismo, en un desempeño muy parejo de todo el elenco, la tarea de Griffin Dunne como galeno anarco.

Justo 20 años después de Filadelfia (Jonathan Demme, 1993), en un momento en el cual el sida dejó de ser motivo de pánico —y de moda— para pasar a ser apenas un dato estadístico, El club de los desahuciados refresca la memoria, reabre el debate, pone sobre la mesa cuentas pendientes y culpas escamoteadas, sin especular ni trampear. Es bastante más de lo valorable por lo común en otros títulos dedicados a cuestiones similares.

Ficha técnica

Título original: Dallas Buyers Club.

Dirección: Jean-Marc Vallée.

Guión: Craig Borten, Melisa Wallack.

Fotografía: Yves Bélanger.

Montaje: Martin Pensa, Jean-Marc Vallée.

Diseño: John Paino. Arte: Javiera Varas.

Efectos: Katie Riggs, Jonathan Brayer, Marc Cote.

Producción: Robbie Brenner, David L. Bushell, Nicolas Chartier, Parry Creedon,  Cassian Elwes, Zev Foreman, Logan Levy, Joe Newcomb, Tony Notargiacomo, Nathan Ross, Michael Sledd, Holly Wiersma, Rachel Winter. Intérpretes: Matthew McConaughey, Jennifer Garner, Jared Leto, Denis O’Hare, Steve Zahn, Michael O’Neill, Dallas Roberts, Griffin Dunne, Kevin Rankin, Donna Duplantier, Deneen Tyler, J. D. Evermore, Ian Casselberry, Noelle Wilcox Bradford Cox, Rick Espaillat, Lawrence  Turner, Lucius Falick, James DuMont, Jane McNeill, Don Brady, Matthew Thompson, EEUU/2013.

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