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Contemporáneo, la apuesta por nuevas lecturas

La formación ha sido el primer paso para el desarrollo de la danza en esta ciudad, es el balance de la gestora Valeria Catoira.

La obra ‘Ivy Ysyry’, del coreógrafo y bailarín Miguel Marín. Foto: Jorge Vespa

La obra ‘Ivy Ysyry’, del coreógrafo y bailarín Miguel Marín. Foto: Jorge Vespa

La Razón (Edición Impresa) / Valeria Catoira / Gestora Cultural

00:00 / 01 de octubre de 2017

Hace 10 años me encontré con una Santa Cruz en efervescente actividad teatral: grupos independientes, festivales, un movimiento emergente muy importante. No sucedía lo mismo con la danza contemporánea. Después de haber sido la sede de compañías que tuvieron un impacto duradero como Dragadanza o la compañía de Gonzalo y Teresa Canedo, a finales de los 90, hubo un periodo de quietud en cuanto a la danza contemporánea. La danza folklórica, por su parte, vivió un notable impulso y crecimiento. Como producto de la formación de algunos coreógrafos en danza contemporánea, moderna y otras tendencias, los grupos de danza folklórica iniciaron un proceso de exploración hacia lo que se conoce como fusión y folklore de proyección.

El folklore vive y pervive en Bolivia profundamente enraizado. Como balance necesario, había que apostar por lo contemporáneo como expresión de una ciudad joven, muy dinámica y en pleno crecimiento y desarrollo de sus potencialidades artísticas y culturales. Desde la mirada de la gestión cultural, fue la danza contemporánea lo que decidimos impulsar como proyecto.

En 2009 se inició en FUNDArte un programa de formación con coreógrafos internacionales invitados, lo que resultó en la creación de la Compañía y la Escuela de Danza Contemporánea Corporalia en 2012; con el objetivo fundamental de impulsar la profesionalización en danza. En febrero de 2012 se estrenó Qom/ Nosotros, la primera obra de la compañía. En los cinco años de existencia de Corporalia siguieron numerosas producciones que estuvieron presentes en festivales nacionales tanto de danza como de artes escénicas, en todo el país.  

En ese momento, una favorable coincidencia de muchos factores influyó en una eclosión del movimiento de danza: la creación de la red El gangocho nos permitió el reencuentro de los hacedores de danza de todo el país en un proyecto conjunto que creó circuitos de circulación, intercambio de experiencias y el fortalecimiento de los incipientes proyectos de danza contemporánea en Santa Cruz. Este apoyo fue decisivo para visibilizar esta expresión artística. Se crearon nuevos espacios de formación y otros ya tradicionales en Santa Cruz abrieron sus puertas a la danza contemporánea.

Todo lo que sube tiene que bajar, dijo Newton. Y una vez más se ha comprobado. La falta de políticas públicas que apoyen a la creación artística, el momento económico que vive el país, entre otros factores, dificultan enormemente la ya difícil tarea de ser artista independiente. El sueño de ser bailarín profesional y poder vivir dignamente de la danza parece cada vez más inalcanzable… en Bolivia. Aun así, hay quienes con persistencia continúan realizando una actividad constante hoy: Andrea Scotta como bailarina independiente, el Centro de Formación Artística Fases, que gracias a su programa de Coreógrafos residentes ha dinamizado un intercambio entre coreógrafos y bailarines con sede en Santa Cruz; y el joven proyecto Crisálida, colectivo de artistas escénicos bajo la dirección de Miguel Marín, que este año ha estrenado su primera obra. En los últimos años hemos tenido también el Festival Internacional de Danza Contemporánea para la Infancia y la Juventud Enredanza, que en sus tres versiones ha permitido al público cruceño acercarse a propuestas de diferentes países, lo cual incide en la tarea tan prioritaria de formar públicos.

Quiero ser optimista, y por eso añado que todo lo que sube tiene que bajar… para volver a subir. La labor constante, incansable y muchas veces poco visible de gestores culturales, coreógrafos y bailarines cruceños permitirá que veamos nuevamente emerger un movimiento de danza, más maduro y sólido. Esperemos también que en algún momento nuestras autoridades se pongan la mano al pecho y entreguen al sector cultural lo que hace tanto tiempo demanda: una legislación que permita el ejercicio profesional del arte y políticas culturales que apoyen la creación y difusión artística.

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