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Cordelia: la oscilación

La obra de Paulina Oña se presentó en el Teatro Municipal de Cámara.

El performer invitado Erwin Berzaín (Santa Cruz) y Paulina Oña en escena. El arte visual es de Carlos del Águila. Foto: Alejandra Sánchez

El performer invitado Erwin Berzaín (Santa Cruz) y Paulina Oña en escena. El arte visual es de Carlos del Águila. Foto: Alejandra Sánchez

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Luna Ortuño / Investigador

02:54 / 24 de enero de 2018

Cordelia (2017) es una obra híbrida con montaje escénico que lanza un poderoso grito al vacío: ¡veamos primero qué puede el cuerpo de una mujer! Tal vez en algún momento de la obra, el espectador —más allá de su género, etnia o profesión— sienta que el vacío lo mira de vuelta, ese vacío de donde salen todas las formas, para urgirlo a cuestionar lo que ya daba por acabado. Cordelia es un ensamble de lenguajes y recursos técnicos, creativamente pensados, que termina siendo una manifestación de su autora, Paulina Oña.

¿Quién es Paulina Oña? Es una artista mujer boliviana joven sucrense abogada de profesión afecta a la lectura de filósofos como Spinoza, Deleuze, Suely Rolnik, Guattari y otros. De todas estas descripciones, la que más interesa acá es la referida a sus preferencias como lectora, porque de ahí extraerá la pregunta eje: ¿qué puede el cuerpo? En el capítulo Tres de su famoso libro Ética, Spinoza inaugura una concepción cinética de los cuerpos: el cuerpo será una relación de velocidades y lentitudes. El cuerpo será pues, en términos de la física, una oscilación. Es la concepción que Paulina Oña prolonga en Cordelia, para cuestionar las complejidades, no del “ser”, sino del “estar siendo” mujer en un país como Bolivia.

La mujer, similar a una obra de arte, debe atenderse más que como un producto, como un proceso. Al mismo tiempo, algo que me interesa en la propuesta de Paulina Oña es una poderosa idea que transmite, y es que no se necesita hablar desde la marginalidad para discutir las construcciones sociales que nos hacen ser los que somos. Pues ya existen en nuestro país discursos que reivindican el lesbianismo, la bisexualidad, el feminismo radical, el ser gay, pero desde una posición de confrontación en la que se enorgullecen de enarbolar un no-lugar. Tal vez idealizar la marginalidad para reivindicar una crítica a las construcciones sociales y de género establecidas sea una estrategia de bajo rendimiento, que el mismo sistema se encarga de engullir y reubicar en lugares inofensivos. Esto me recuerda a “Usted representa una amenaza tolerable y si no fuera así ya se hubiera enterado”, el título que reza uno de los últimos libros del graffitero y artista urbano Banksy.

Paulina Oña suele referirse a la potencia de resistencia que tiene el arte, y cómo ella elige explorar sus búsquedas artísticas en ese sentido. Lo que me pareció atractivo de Cordelia es que te invita a realizar estos cuestionamientos sin necesidad de acudir a lo grotesco, sin armar barricadas, sino a partir de compartir los miedos, los recuerdos y las ilusiones de Cordelia, una mujer como cualquiera, “ese ser espectacular que reunía en su cuerpo ambos sexos”.

Pero Cordelia es muchas cosas más, es una carta de respuesta al Diario de un seductor de Soreen Kieerkiegaard; es una reflexión sobre las formas de la presencia en el mundo contemporáneo, desde el mundo digital hasta las formas de ausentarse. Es una puesta en escena con lo que le faltó a la película Her (2014) de Spike Jonze.

Esta obra se presentó recientemente en el mes de diciembre en Santa Cruz, en el Centro de la Cultura Plurinacional, acompañado de un laboratorio de investigación escénica dictado por la misma Oña —Ejercitar la presencia— en el que un texto central que propuso fue la lectura de Spinoza sobre la potencia de actuación de los cuerpos y sus afecciones. La experiencia en total causó un gran impacto entre participantes y espectadores. Cordelia confirma a Paulina Oña entre esos artistas bolivianos y bolivianas a los que hay que seguirles el rastro, porque de a poco y en silencio, algo grande están bordando.

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