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Cortázar, un cronopio en Berkeley

Un libro recoge las clases de Literatura que el escritor impartió en la universidad californiana en 1980 y que permanecían inéditas.

Cortázar • El escritor en un aula de la universidad de Berkeley en 1980, fotografiado por Carol Dunlop, ‘el último gran amor de su vida’. Moriría cuatro años después. Foto: Carol Dunlop

Cortázar • El escritor en un aula de la universidad de Berkeley en 1980, fotografiado por Carol Dunlop, ‘el último gran amor de su vida’. Moriría cuatro años después. Foto: Carol Dunlop

La Razón / Carles Geli / El País

00:00 / 20 de octubre de 2013

“Tienen que saber que estos cursos los estoy improvisando muy poco antes de que ustedes vengan aquí: no soy sistemático, no soy ni un crítico ni un teórico, de modo que a medida que se me van planteando los problemas de trabajo, busco soluciones”. Es cuando menos inquietante que un profesor empiece su primera sesión dirigiéndose a los alumnos de esta guisa. Pero se perdona si el docente es Julio Cortázar. Además, no era exactamente así. El escritor argentino llevaba su aparato de notas y un buen número de libros marcados para dar un curso sobre las claves de su obra entre octubre y noviembre de 1980 en la Universidad de Berkeley.

Qué hace el iconoclasta y antiimperialista autor de Rayuela impartiendo clases en una universidad estadounidense sólo se explica porque se lo ha pedido su viejo amigo Pepe Durand, experto en literatura colonial, con una propuesta que implicaba “trabajar poco y leer mucho”, tanto, que le permitió escribir Botella al mar. Epílogo a un cuento, que Cortázar incluiría en su último libro de relatos, Deshoras. Luego, porque después de rechazar propuestas similares en los 60 y 70 para no dar pábulo a la fuga de cerebros, “habría obtenido un medio permiso de Cuba a pesar del papel norteamericano en la entonces muy convulsa Centroamérica”, apunta Carles Álvarez, encargado de la edición de Clases de Literatura. Berkeley, 1980 (Alfaguara), que llega a las librerías por primera vez gracias a la transcripción de las cintas (“por la calidad, seguramente hechas por un alumno dejando la grabadora en la mesa”) que en 2005 llegaron a manos de la viuda del escritor, Aurora Bernárdez. Carles Álvarez es un buen conocedor de la vida y de la obra de Julio Cortázar: no en vano editó toda su correspondencia y clasificó la famosa cómoda con papeles inesperados del escritor argentino en 2009.

“Si les sirve de algún consuelo, yo estoy más incómodo que ustedes, porque esta silla es espantosa y la mesa…, más o menos igual”, les suelta en la tercera clase. El padre de los cronopios impartirá las ocho sesiones (15 horas) sentado. La declaración de incomodidad también forma parte de cierta pose del profesor: ha decidido que iría de iconoclasta, de forma y fondo. No le dejan dar la clase en el campus debajo de un árbol, “donde pudiéramos hacer un círculo y estar más cerca”, y lamenta que no comparta más tiempo con los alumnos: “Tengo la impresión de ser un dentista que estoy esperando cada media hora a un paciente y el estudiante también se siente un paciente”, dirá. Y eso que dobla su presencia en el despacho que se le habilita, los lunes y los viernes, durante casi tres horas cada vez por las mañanas. “En esa época, Cortázar ya está consagrado hace años y mueve multitudes, 15 personas están haciendo ese mismo año su tesis doctoral sobre él”, apunta Álvarez. Quizá eso explique la alta afluencia de alumnos, próximos al centenar según el editor, con gente procedente en buena parte de América Latina, así como la presencia camuflada de profesores y de algunos críticos.

Con marcada voluntad de ir a contracorriente de los tiempos barthianos o derridanos (“me gustaría usar la palabra estructura, que no uso en el sentido de estructuralismo, o sea de ese sistema de crítica y de indagación con el cual tanto se trabaja en estos días y del cual no conozco nada”, suelta al auditorio el primer día), sin aparente dogmatismo, va exponiendo su corpus todos los jueves, de dos a cuatro de la tarde: primero, una hora de fluida charla, sin digresiones; luego, descanso y 30 minutos finales aproximadamente de preguntas de los alumnos.

Aun debiendo ponerse bastante al nivel de un alumnado veinteañero y mayoritariamente estadounidense —“tuve que bajar el tiro”, le confesó a su mujer Aurora al regreso—, el nivel mostrado por Cortázar es simple en las formas pero profundo en el fondo y con una muestra de conocimientos infinita: demuestra que ha leído a fondo a Gómez de la Serna, Lezama Lima, Payró, a los surrealistas Buñuel y Dalí… “La biblioteca última de Cortázar tenía unos 4.000 títulos, casi todos anotados; en su vida tuvo unos 15.000 libros, leídos todos de verdad”, vuelve a acotar Álvarez.

En clase, Cortázar va soltando claves riquísimas de su trayectoria literaria —su concepto de la fantasía real, el desdoblamiento de sus personajes en el tiempo siempre, la génesis de sus cronopios (en un intervalo de un concierto), la construcción azarosa de la estructura de Rayuela por las callejuelas que dejaban los originales en el suelo…—, siempre con un envidiable sentido del humor que deja más de una vez estupefactos a sus oyentes, que no saben si el profesor bromea o no. Como cuando asegura que si hay tanto muerto en su obra es porque él es “un asesino freudiano”.

“Les dejé una imagen de rojo tal como la que se puede tener en los ambientes académicos de los USA, y les demolí la metodología, las jerarquías profesor/alumno, las escalas de valores…”, reporta a su amigo Guillermo Schavelzon al hacer balance del curso. Pero sudó la camiseta para ello: los alumnos le buscaron las cosquillas sobre Cuba y Fidel Castro, sobre el caso Padilla o su posición ante la que parecía inminente invasión norteamericana de Nicaragua y El Salvador: “Puedes tener toda la seguridad de que no voy a estar esperándolos con un ramo de flores. Toda intervención armada norteamericana en un país latinoamericano es absoluta y totalmente injustificada”. También debe lidiar sobre el uso de la literatura como arma política: un escritor comprometido, sostiene, “debe llevar a una literatura que valga como literatura y que al mismo tiempo contenga un mensaje no exclusivamente literario”.

Cortázar se ha tomado esa estancia en Berkeley como unas vacaciones. Se aloja en un apartamento frente a la bahía de San Francisco. Con los alumnos ha llegado a presentarse a la una de la madrugada a una fiesta de Halloween con peluca y dientes de Drácula a pesar de haber rechazado inicialmente la invitación… Pero la clave de su felicidad se llama Carol Dunlop, segundo gran amor de su vida, 32 años más joven que él, que le acompaña en un periplo de seis meses fuera de París, una receta del escritor para poner distancia tras la ruptura con su segunda compañera. Cortázar tiene ya 66 años, está a cuatro de su muerte; pero lo peor es que seis meses después Carol caerá enferma, muriendo en 1982. Para Álvarez, “esas clases en Berkeley serán para Cortázar el último momento feliz de su vida”.

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