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Criticando a los que se llaman críticos

Quién es y cómo se hace un crítico y qué relevancia cobra la red como vía para expresar jucios de valor; Callejas expone sus argumentos.

Cómo se hace un crítico y qué relevancia cobra la red

Cómo se hace un crítico y qué relevancia cobra la red Foto: today.com

La Razón (Edición Impresa) / Cristian Callejas - Crítico de cultura pop

00:00 / 18 de septiembre de 2019

Qué fácil es creerse crítico en estos tiempos donde cualquiera puede conectarse al internet y dejar su opinión sobre lo que desee. Qué crítica la situación también, porque cualquier ser puede tener su opinión impresa y ser un referente para las masas consumidoras. Se dice que si sale en televisión o si está impreso, debe ser verdad. Se cree que hay un filtro mediador que se asegura que lo colocado no sea falso o Dios nos libre, una mera opinión personal.

Pues no. Eso no es cierto siempre. Cuenta la leyenda que allá por 1996, George Lucas anunció que iba a relanzar la amada trilogía Star Wars de vuelta en cines con retoques mejorados. En esos momentos, el internet estaba gateando todavía, antes de convertirse en el monstruo omnipotente que es actualmente, pero aun así un hombre, Harry Jay Knowles, se conectó en diciembre de 1996 y subió una efusiva carta que le advertía a Lucas que ni se atreviera a tocar, o peor, arruinar la trilogía original. Knowles había leído algunos rumores de que George Lucas habría “mejorado” digitalmente escenas y que planeaba sorprender a los fans. Knowles, fan acérrimo, dijo: “yo no me atrevería a enojarlos (sobre los fans), en una semana esto podría salirse de control”. Y sugería en su escrito que si de hecho estas escenas arruinaban el legado, los fans usaran la red para atacar y hacerse oír. Lucas no hizo caso de estas pequeñas advertencias.

Veintitrés años después, la gente sigue escribiendo en blogs, chatrooms y donde se les pinte la gana su desprecio por las modificaciones hechas a la trilogía original. Odian los cambios, odian los blu ray perfectos y odian que no se puedan conseguir los originales en la calidad que quisieran, inmaculados sin tocar.

El camino que ha tenido el internet para darle voz a cualquier ser humano (y a veces robots y gatos) es inconcebible. Knowles se convirtió en una especia de figura mesiánica en su momento a través de su página de rumores Ain´tItCoolNews, y llegó a tener tanto poder que los estudios de cine lo invitaban a ver filmaciones y hasta participar de ellas con tal de ganar su opinión en línea.

Allí comenzó a perder credibilidad. Cuando su opinión dejó de tener sinceridad y era una pieza más del marketing comprado de las productoras. Poco confiable, la gente empezó a crear sus propias plataformas de opinión. De un momento a otro cualquiera empezó a creerse un crítico cuya opinión debía tener valía.

Está bien si estas opiniones personales se quedan en los apartados de “comentarios”, pero ¿qué pasa cuando estos neófitos toman los medios de comunicación tradicionales? ¿Se supone que la libertad de expresión involucra bajar los parámetros de calidad, contenido y profesionalidad? Porque la verdad absoluta es que ser crítico es una profesión también, una que nace de investigación, consumo masivo de información relacionada a un área y por encima de todo, es una profesión que necesita de criterio. La capacidad de saber destilar una tesis coherente que la gente pueda asimilar y aprender de ella. Una crítica jamás va por el “me gusta” o “no me gusta”. Hasta la canción más mala del mundo puede tener un valor que exprimirle si uno lo desea así.

Entre los varios clichés que arrastran los pseudocríticos locales está creer que el lenguaje debe ser complejo, alegórico, hasta rimbombante, sin darse cuenta que más de una vez caen en absurdos risibles. A leer algunos comentarios de “críticos” bolivianos: “abandono negligente”, “placeres amnésicos”, “subordinarse al objetivo discursivo”, “superposición de mecanismos explicativos”.

Otro cliché odioso es creer que la palabra crítica es justificativo para atacar, para ensañarse y para decir solo cosas negativas de algo. Esa sensación esnobista de algunos que creen saber más, que creen que hubieran podido hacerlo mejor y empiezan a dar cátedras que nadie pidió sobre todo lo que pudo ser diferente sin entender de dónde vino el producto que están consumiendo.

Aquí es donde el aficionado se separa del profesional. Un crítico de verdad recibe acceso a información que es vital para comprender el look final de la canción, libro o película que se le ha invitado a criticar. Porque esto es cierto: en el mundo real los críticos tienen nombre y apellido y los creadores los buscan para que ellos de verdad den un input incluso antes de que salgan los productos esperando que la información adjunta les ayude a poder promover una opinión construida a partir de toda la información disponible que explica lo que están evaluando. Sí importa dónde se filmó, qué pensó el escritor o cuánto se involucró la actriz con su papel.

En un mundo ideal, la gente conoce a los críticos y cada uno tiene su favorito porque leyéndolo se da cuenta de que su opinión es una guía invaluable a la hora de separarse de contenidos que no merecen la pena. Peter Travers, de la revista Rolling Stones, es un estandarte para los rockeros, gente con gustos literarios o los políticamente activos que saben que no pueden perder tiempo con contenidos que no valgan la pena. Rogert Ebert (1942-2013) y Gene Siskel (1946-1999) fueron dos pilares de la profesión que con el concepto de thumbs up (el dedo en gesto de aprobación) le enseñaron a los estadounidenses a diferenciar el cine arte, el cine independiente y el cine comercial, de producciones superficiales o directamente nefastas. Entre los dos habían visto y reseñado más de 60 mil títulos. Y esto es un estándar entre alguien que desea reseñar, películas especialmente. Saber cruzar información y descubrir de qué películas está plagiando Tarantino o Iñarritu sus escenas icónicas. Porque no basta un “me gusta” para hacerte crítico. Es el conocimiento para saber de dónde viene, quién es el que la hizo, por qué la hizo, qué le costó hacerla, cuánto tiempo lleva gestándose y por encima de todo, de qué corrientes está bebiendo.

Se dice que para que un artesano sea un profesional de su oficio, como mínimo debe destinarle 60 mil horas a su arte. En películas, eso es ver como mínimo 50 mil para creerse un experto. 65 mil discos o leer aproximadamente 30 mil libros.

Así que antes de creer el “es lo mejor que he visto/oído/leído en mucho tiempo”, que viene en comillas escrito sobre una portada, recordar que estas personas recomendando, seguramente, fueron pagadas y ni siquiera deben haber visto, oído o leído lo que están recomendando, porque es así de simple: cualquiera se cree un crítico en nuestros medios.

(*) Alega haber visto 30.000 películas, escuchado 3.000 discos y leído 2.000 novelas.

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