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‘Crónicas de Sidario’, atenta al ‘buen sentido’

El libro de Lemebel recorre el mundo del trasvestismo con una narrativa corrosiva

Lemebel traviste las instituciones de la conciencia burguesa como el nombre, la familia, la religión, el arte y la historia

Lemebel traviste las instituciones de la conciencia burguesa como el nombre, la familia, la religión, el arte y la historia

La Razón / Ricardo Aguilar / La Paz

00:00 / 04 de marzo de 2012

Loco Afán. Crónicas de Sidario es sin duda una de las mejores propuestas del escritor chileno Pedro Lemebel, que llegará este mes a Bolivia invitado por radio Deseo.

A primera vista se destaca que el libro no es una aglutinación de crónicas bajo un  mismo eje temático (el trasvestismo y el sida), sino que alcanza la cohesión de una red de significaciones que permiten hablar de una obra.

En el libro operan dos procedimientos opuestos a modo de travestimientos: uno que encubre aspectos del neocolonialismo (desencubiertos por el narrador) y otro que trasfigura festivamente las mentiras del “sentido común burgués”. En el primer caso, el disfraz travesti es una impostura; y en el segundo, deja de serlo para devenir en una piel auténtica.

Lo primero que la narración “destraviste” es el neocolonialismo disfrazado en una epidemia-fantasmagoría: el sida. El libro comienza bajo el signo de lo macabro recorriendo el tercer mundo. Paginas adelante, el narrador traviste la identidad, o sea aquello que “el buen sentido” llama “nombre propio”. El apellido, que sostiene la institución pequeño burguesa de “la familia”, es abolido en favor de una nominación celebratoria que hace del defecto físico un motivo de risa carnavalesca que nivela: el apodo: “Existen mil formas de hacer reír a la amiga cero positiva [...]. Existen mil ocurrencias para conseguir que se ría de sí misma, que se burle de su drama. Empezando por el nombre”.

De este modo, no sólo la institución del “control de cuerpos” de los servicios de identificación de los estados son puestos en crisis a partir del travestir la identidad con un apodo, sino la institución familiar en tanto núcleo del “sentido común”. Este gesto del mundo de “las locas” de Lemebel es el más corrosivo.

Más adelante, aparecen dos travestimientos encubridores: “Así el sida se espejea entre los productos del mercado, travestido como un fetiche más en el tráfico gitano de la plaga”; y, “del opaco recato de grises, azules y verdes, que uniformaron los párpados de la memoria; el neoliberalismo agrega su antifaz plata y oro, que traviste de carnaval las cicatrices”. La primera cita vuelve a hacer referencia al neocolonialismo disfrazado y la segunda refiere los colores de lo militar, lo policial y de los regímenes totalitarios que el neoliberalismo (y la democracia latinoamericana) quiere olvidar o hacer olvidar en la historia-vergüenza enmascarándola como si fuese una “fiesta democrática”.

En respuesta a este último encubrimiento, el loco afán responderá gozosamente travistiendo la institución de la historia. A la imagen ecuestre más clásica de Simón Bolívar se le implantan senos y se le deja el trasero al aire: “así, la versión homosexual de los próceres traviste en carnaval maraco el privado de la independencia”. Lo que se está refigurando aquí es la historia y su masculinidad. La historia travestida que el neoliberalismo intenta hacer olvidar.

El arte tampoco se salva de ese loco afán por invertir las seguras realidades de la conciencia burguesa. La travesti mutilada Lorenza hace de Venus de Milo, su deficiencia física trasfigura la belleza clásica: “La pose coliza suaviza el bisturí revirtiendo la compasión. Se trasforma en un fulgor que traviste doblemente esta cirugía helénica”.

El glamour gay de la vida de Lorenza hace de la amputación un cuestionamiento de las curvas clásicas, haciendo del cuerpo marcado ante la sociedad algo estético que mimetiza la mímesis, este mecanismo de reversión es anulado, sin embargo, por el sida.

En la crónica La transfiguración de Miguel Ángel se traviste a la religión. El milagro de una virgen que realiza una vaginoplastia a un joven iluminado mueve a la fe auténtica a más de un invertido. El  envidioso eclesiástico de la parroquia muere contento sustituyendo una deseada aparición divina por la del joven muchacho hecho mujer. La fe se refresca invitando a un peregrinaje travesti de tacones altos. El culto se invierte de manera subversiva, pero sobre el tema se estableció una nube de silencio que borró el nombre de Miguel Ángel de la memoria de los habitantes”. El travestimiento de la institución de una fe por otra renovada queda neutralizado.

La crónica Berenice consiste en travestir la institución de la maternidad. Berenice roba un bebe. El loco afán pone en escena lo que para el “buen sentido” es una aberración. De esta manera, la conciencia burguesa no sólo niega al travesti la posibilidad de un núcleo afectivo (negada desde el pater familis), sino también el poder amar a un hijo. El crimen constituye para el mundo del loco afán un acto de rebeldía prometeico, pues usurpa el amor maternal, reservado sólo para el olimpo heterosexual burgués, pero la llama del fuego divino se apaga pronto, un despliegue mediático de proporciones teogónicas distribuye el croquis criminal de la raptora que es capturada. Una vez neutralizado el acto de subversión amorosa, la memoria no reserva a Berenice el puesto de víctima propiciatoria, como en el caso de Prometeo, sino que el olvido mengua hasta la inútil glamorosa posibilidad de ser mártir.

Todos los travestimientos auténticos del loco afán terminan con el sabor amargo de la celebración gozosa de una marginalidad límite.

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