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Cuenta regresiva

Este cuento del escritor boliviano Guillermo Augusto Ruiz, radicado en Francia, pertenece a su libro ‘La última pieza del puzzle’ que la editorial 3600 de La Paz  acaba de poner en circulación

La Razón / Guillermo Augusto Ruiz - escritor

00:00 / 18 de agosto de 2013

What is wrong with me?“Radio friendlyunitshifter”, NirvanaTe intriga lo que pasó anoche. Tal vez sea cierto. Tal vez el tiempo se detenga realmente en este sitio.

Al principio sentías frío. No habías encontrado aún este rincón protegido del viento. Lo conociste hace dos meses, en pleno invierno. Sólo pudiste volver por la noche y estaba helando. Pero, ya entonces, el frío parecía salir de ti. Nada más sentarte sentías como un líquido helándote las venas. El viento comenzaba a darte ramalazos en la cara. Los auriculares te protegían las orejas, pero la música te hacía temblar. Esas guitarras distorsionadas y esos gritos desgarrados, que de costumbre te daban ganas de golpearte contra las paredes, te destemplaban y no sabías dónde meterte.

Y sin embargo, ya desde entonces, nada se comparó con estar aquí.

Desde esta altura, la vista es increíble. Has pensado alguna vez, con ironía, que es el sitio más alto al que podrás llegar.

Te apoyas contra el montículo junto a este árbol. Te abrazas las rodillas y miras la avenida. Desde aquí los autos son como fogonazos sobre un agua negra, y se pierden en la noche. Después de un rato sólo se oye de vez en cuando un motor lejano. Entonces te echas de espaldas con las manos detrás de la cabeza. Te pones los auriculares y enciendes el walkman. La voz de Kurt Cobain ya no te da frío. Miras hacia arriba, entre las ramas oscuras. Surgiendo del smog, las estrellas comienzan a brillar. Te levantas, miras el puente, allí abajo, suspendido en la noche.

Qué paz. Puedes echarte y no decir nada, no pensar en nada. Tienes las manos metidas en los bolsillos de la chamarra. Estás bien así. O sacas el cuaderno de la mochila y escribes. Como ahora.

Te gusta esta tierra inclinada, como tentada por el vacío.

Ahora se siente el aire tibio de octubre. Cae una lluvia fina, terca, como directamente de los árboles. Baba de ramas, gota a gota, hasta que la ciudad se calla, allí abajo.

Pero entonces se oye algo. Un jadeo se acerca. Un ruido de correas. Unas pisadas. Te has quitado los auriculares. Distingues una linterna que brilla y luego se hunde en lo oscuro. Vuelve el silencio. Minutos después se oye un ladrido, ya lejano. Sólo la llovizna sobre la hierba, las piedras, las hojas de los árboles.

No volverán hasta dentro de unas horas. O ya no volverán. Entonces te acuerdas de ti. De volver. Al principio te esperaban despiertos. Después ya no, seguramente se dieron cuenta de que siempre regresabas. Trabajan como bestias. Vuelven a la casa y se tiran en el sofá de la sala. A veces ni cenan. Se quedan dormidos con la tele encendida. Y se pasan las horas frente a sus computadoras portátiles como dos autómatas.

Te hace sonreír el póster del Che que tienen en su cuarto. Y esas poleras con la hoja de marihuana que se ponen, los fines de semana, para sentarse frente a sus computadoras y teclear sin descanso con los ojos vidriosos. Cuando el domingo desayunan con Bob Marley en la radio de la cocina para  después pasarse el día en Excel o Power Point. Que en su época hayan sido jipis y ahora no sean más que esclavos de una empresa telefónica. Que te hagan escuchar a Janis Joplin, Jimmy Hendrix, The Doors y te digan que son los Nirvana de su época, sin pensarlo realmente, sólo por ganarte.

Quizá éste sea el lugar más alto al que podrás llegar. Pero nunca caerás tan bajo.

Después de un par de veces que desapareciste, llamaron a la cana. Alguien terminó aconsejándoles un psicólogo, una terapia familiar o algo por el estilo. No volvieron a llamar.

Una mañana, tu tío abrió el cubrecama y te vio con la ropa embarrada y la rodilla manchada de sangre. Se le desencajó la cara. Por un momento pensaste que iba a sacarse el cinturón. Tu tía lo detuvo. Te castigaron. Mejor dicho, quisieron castigarte: no te dejaron ir al colegio por una semana. Eso también te hizo sonreír.

La directora los convocó.

Algunos profes dijeron que estaban preocupados por ti. Los mismos, justamente, que se ensañan contigo en clases. Todos, excepto la de música. La gorda borró todos los ceros de tu cuenta cuando llevaste la guitarra a clases y tocaste. Cuando la profe te pidió bis (fue la única, todos los demás te miraban con cara de aburrimiento) tocaste While my guitar gently weeps y tuviste miedo, porque la gorda se puso a cantar con voz de soprano.

Era un chico brillante… empezó a decir la de Inglés cuando el cabrón de Mate soltó una frase que terminó con “pésimas notas” o “pésima conducta” o algo por el estilo. A eso siguió un revuelo. Unos empezaron a hacer muecas de disgusto y a hablar con las manos. Otros te miraban como si les diera lástima. Todo era tan actuado.

La profe de Historia se quejó de cuánto habías cambiado en dos meses. La de Física dijo que no habías hecho una sola tarea en todo el bimestre y que devolvías los exámenes en blanco. Corrección: los devuelves con dibujos, que no es lo mismo.

Tiemblas un poco en clases. Cuando algún profe grita o, peor aún, hace algún comentario irónico o supuestamente cómico, te pones a temblar. Ya conoces el mecanismo: empieza como una electricidad en el estómago y se extiende y se apodera de las manos. Por eso tienes que agarrar algo, un bolígrafo, y rascar con él en un papel. En esos momentos te hace bien dibujar. O escribir. Como ahora.

Cuando se armó el revuelo, la directora te pidió que salieras del despacho. Qué dirían ahí dentro. Duró por lo menos media hora y se oyó mucha bulla del otro lado de la puerta.

Lo cierto es que tus tíos no volvieron a “castigarte”.

Ya se le va a pasar —dijo tu tía, en tono de consuelo o de disculpa, esa misma noche. Estabas en el pasillo en penumbras. Ellos tenían la puerta del cuarto entreabierta. Y escuchaste, claramente, la voz de tu tío:

Yo voy a hacer que se le pase.

No le tienes miedo. No se atrevería a tocarte. Ya te ha visto romper un estante. Partirlo de un solo puñetazo. Volaron los libros por los aires. No supo cómo reaccionar. Al final se fue dando un portazo. Siempre termina encerrándote. Te tiras en la cama, enciendes un pucho y te quedas mirando el póster del Versus (de lejos, el mejor disco de Pearl Jam) en el techo. No es una oveja negra sino una oveja furiosa, revolcándose en el barro.

A veces piensas que es tu espejo.

La primera vez que te fugaste fue hace dos meses. En pleno invierno. Subiste por las espaldas del cerro y, como había mucho viento, te metiste en el callejón del basural. Entonces te diste cuenta de que, si trepabas por la pila de bolsas, bastaba con apoyarte en el muro y saltar hacia el otro lado. Habías tomado. A eso de las seis de la tarde encontraste una botella medio llena en la alacena de la cocina. Todos estaban en la sala en ese momento. Sacaste la botella y tomaste del cuello hasta secarla. Aunque la tiraste en la basura, tus tíos nunca se dieron cuenta. Hubo mucha basura después del velorio. Sólo con los lirios llenaron dos o tres bolsas negras.

Así que saltaste al otro lado sin dudar. Despertaste en medio de la noche, temblando, sobre la hierba húmeda, con un dolor de cabeza del carajo. Fue cuando supiste que ya nada sería igual.

A nadie le llama la atención los huecos que tienes a la altura de las rodillas. Porque es la moda. Aunque sea una moda estúpida. Las chicas te ven entrar en clases con los jeans en flecos y te sonríen. No entienden que esto no tiene nada que ver con la moda. No podrían entenderlo.

Vienes después del colegio. Como vas al turno de la tarde, entre caminar por las calles y comer algo, se hace de noche. Vienes comiendo una hamburguesa de quiosco. Trepas por las espaldas del cerro y llegas al callejón. En ese momento, generalmente, ya oscureció. Aunque ahora, en octubre, los días son un poco más largos. Tienes que hacer tiempo y fumas un rato en la boca del callejón.

A veces sientes que ese perro puede olfatearte. Cada noche su respiración te resulta más cercana. A veces lo sientes a tus espaldas. Y las pisadas que lo acompañan. Desde tu escondite, la espalda bien pegada al montículo, las rodillas contra el pecho.

Así fue anoche. Acababan de pasar el jadeo y las pisadas en la oscuridad. Era medianoche. Esperaste un rato. Echado con las manos detrás la cabeza, los ojos cerrados.

Ibas a ponerte los auriculares cuando algo te agarró de los brazos. Después de un forcejeo, los sentiste pegados a la tierra. Te sujetó el cuello. Sentiste cómo el cuerpo se te hundía. Difícil de describir. Tu cuerpo era como de raíces metiéndose en la tierra. De pronto sentiste un peso muerto encima. Ligero al principio, luego asfixiante.

Y después, nada.

No se lo contaste a nadie. Ya no te quedan amigos. Amigos de verdad. Cuando los ves retorcerse de risa en sus autos o hacer de actores porno en la hierba de la plaza, cerca del colegio, enseñando cómo se tirarían por el culo a la profe de Inglés, sientes otra vez el temblor que sube y las ganas de agarrarlos del pelo y reventarles la cabeza contra el asfalto.

En esos instantes te miras las manos y ves cómo tiemblan.

Luego te acuerdas de cómo eras antes. Hace dos meses. Hace tan lejos. Antes de la explosión. Antes de tu casa negra de cenizas y del terreno cubierto de escombros. De la fricción del fósforo en la penumbra fría de la cocina, en la mano de tu viejo. Del grito ahogado de tu madre en el flujo de las llamas.

Así imaginas la escena. Así la imaginaste siempre. Desde la mañana en que sonó el teléfono en casa de Lucho, y era la policía.

Ahora estás en esa casa de nuevo, rodeado de tu amigo, de sus viejos, de ese calor hogareño. Luego todo se dispersa.

Te intriga lo que pasó anoche. Tal vez sea cierto. Tal vez el tiempo se detenga realmente en este sitio.  

Pero, una vez más, terca, cae la llovizna sobre la hierba, las hojas de los árboles, el cuaderno, la linterna y las piedras y los nombres y las fechas. Cae como si quisiera borrarlo todo. Pero lo que te rodea no acaba de desaparecer.

Tal vez, en realidad, estés buscando que el tiempo se detenga de una vez. Que deje de quemarte a fuego lento y, de un solo golpe, te arranque la cabeza como a tus viejos. Tal vez estés buscando quedarte junto a ellos en este inmenso cementerio jardín.

Una pesadilla —como la de anoche— puede revelar estas cosas. Puede ser una advertencia. O una náusea. Una náusea de lo que hiciste esa noche, hace dos meses, antes de salir de casa por última vez. Cuando abriste la llave del gas y te miraste las manos y viste que no temblaban.

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