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Hace 200 años se publicaron por primera vez los cuentos de los hermanos Grimm

Cuentistas. Jakob y Wilhelm Grimm, según el caricaturista Luis Armas.

Cuentistas. Jakob y Wilhelm Grimm, según el caricaturista Luis Armas. Dibujo: Luis Armas

La Razón / Manuel Rodríguez Rivero - crítico

00:00 / 15 de abril de 2012

El enorme impacto en la cultura universal de las historias y leyendas populares recopiladas por los hermanos Jakob (1785-1863) y Wilhelm (1786-1859) Grimm fue reconocido por la Unesco cuando incluyó los Cuentos de niños y del hogar en su Registro de la Memoria del Mundo (véase en internet), al lado de, por ejemplo, la Novena Sinfonía de Beethoven, la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano o la primera inscripción islámica conocida.

Los Grimm pertenecieron a una generación europea que, impulsada en el nacionalismo romántico, buscó ávidamente en el folklore y en las diversas manifestaciones de la cultura popular las raíces de sus  identidades nacionales. Filólogos de formación, su campo fue el de los cuentos y leyendas orales transmitidas de padres a hijos.

La primera recopilación de Cuentos de los Grimm apareció en 1812. No pensados como lectura para niños, el éxito de las sucesivas ediciones  les hizo comprender la conveniencia de atender a un floreciente mercado infantil desarrollado al abrigo de la consolidación de la burguesía urbana creada por la Revolución Industrial. Para atender a ese público sin chocar con las convenciones y la moral social, los Grimm comenzaron a editar o adaptar los cuentos: las madres malvadas —como la desalmada que abandona en el bosque a Hansel y Gretel—, se convirtieron en madrastras; se disimularon las relaciones sexuales, como la de la cautiva Rapunzel con su príncipe; se sustituyeron los elementos paganos por otros cristianos; se atemperó considerablemente la violencia de los castigos (originalmente, la madrastra de Blancanieves moría tras verse obligada a bailar sobre unas chanclas de hierro al rojo vivo; y a las hermanastras de Cenicienta, que para intentar que su pies cupieran en el dichoso zapatito habían llegado a cortarse los dedos, les sacaban los ojos unas palomas justicieras).

Desde 1812 esos relatos han circulado profusamente, ocupando (por delante de los de Perrault y los de Andersen) un lugar de privilegio en la formación del imaginario infantil y, por extensión, en el de los adultos. Su ascendiente es perceptible en multitud de creaciones artísticas, cinematográficas, musicales y, desde luego, literarias. Los nazis los celebraron como lectura particularmente adecuada a la educación de los niños arios: al contrario de la impresentable madrastra, Blancanieves y su príncipe serían cabales representantes de la pureza racial.  Disney contribuyó a su globalización gracias a dos adaptaciones cinematográficas (Blancanieves, 1937, y La bella durmiente, 1950) que hicieron época y obviaban los aspectos más conflictivos: los mismos que, en no pocas ocasiones, les han sido reprochados por educadores y pedagogos que los consideraban excesivamente violentos o moralmente peligrosos, cuando no perversos instrumentos ideológicos de todo tipo de discriminaciones y anomias.

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