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‘Cuentos en el exilio’ de Montoya

La pesadilla, algo muy diferente al sueño, es un tema recurrente en estas narraciones

Pesadillas. La portada del libro.

Pesadillas. La portada del libro. Foto: Cuentos en el exilio

La Razón / Virginia Ayllón

00:00 / 04 de marzo de 2012

CDe los 43 cuentos que conforman Cuentos en el exilio de Víctor Montoya, once de ellos (y 14 si estiro la definición) hacen a la pesadilla y a la experiencia vívida de la muerte.

Son cuentos muy bien manufacturados y justifican por qué el título del volumen se refiere no al exilio sino en el exilio. Es importante insistir en la diferencia porque creo que lo mejor del libro no son los relatos sobre el exilio como experiencia política sino más bien la vivencia de diversos  destierros, confinamientos y desarraigos de nosotros mismos. Estados todos en los que nos sentimos expulsados de nuestro centro y en los que la sinrazón y el horror son la norma.

“Quise salir del sueño, pero …”, “Pesadilla III”, “Escritor suicida”, y “Asesinato en invierno” son relatos que recuerdan a “El hombre muerto” de Horacio Quiroga, pero a diferencia de éste en que la narración tiene como base la incredulidad del personaje ante el avance de la muerte en el territorio de su cuerpo, los personajes de los relatos de Montoya pasan de la vida a la muerte sin corte alguno; es decir, parecen cumplir aquello de que la vida y la muerte son una misma cosa, parte de una sola escena. El efecto es interesante porque se crean biografías que incluyen la vida cotidiana del sujeto, los aconteceres que dan lugar a su muerte y los hechos posteriores a su deceso. Sin embargo, estos hechos posteriores no son reflexiones sobre la muerte tal como hace María Virginia Estenssoro en El occiso, sino más bien son relatos de lo que sucede alrededor del ahora cadáver. .

En cambio, “La riada”, “Los caballos”, Pesadilla I”, “Pesadilla II”, Pesadilla IV”, “Crimen y castigo” y “La fuga” son relatos sobre la pesadilla. Muy bien escritos, son los que mi lectura y relectura privilegiaron.

Montoya extrema un recurso sobre el que Borges discurrió en su memorable conferencia, precisamente sobre la pesadilla, publicada luego en un volumen denominado Siete Noches.

En dicha conferencia Borges hace referencia a Groussac quien describió como “asombroso el hecho de que cada mañana nos despertemos cuerdos —o relativamente cuerdos, digamos— después de haber pasado por esa zona de sombras, por esos laberintos de sueños”. A eso, Borges añadió algo central que es la sensación de horror de la pesadilla, que es la diferencia de ésta con el sueño. Esto quiere decir que despertar de una pesadilla no es lo mismo que despertar de un sueño ya que si ambos son laberintos, los de la pesadilla son horrorosos, de ahí que el espanto y el pánico acompañen al día que sigue a una pesadilla. Y éste es, precisamente, el artificio del que se vale Montoya para confeccionar estos relatos.

Más aún, en la citada conferencia, Borges trae a colación el concepto de Addison de que en el sueño somos el teatro, el espectador, los actores y la fábula. Y creo que Montoya ha hecho de este concepto una técnica en estos cuentos de buena factura.

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