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La Dama de Hierro

Thatcher en el cine

Streep. El talento consumado de la actriz da vida a la mujer que dirigió los destinos de Inglaterra entre 1979 y 1990.

Streep. El talento consumado de la actriz da vida a la mujer que dirigió los destinos de Inglaterra entre 1979 y 1990. Foto: Internet

La Razón / Pedro Susz K.

00:00 / 11 de marzo de 2012

El mundo no guardará memoria de Margaret Thatcher por haber sido una anciana patética obsesionada con el precio del litro de leche y que desvaría “conviviendo” con  alucinaciones de su marido. De hecho no fueron estos los motivos por los cuales el director Phyllida Lloyd resolvió volcar a la pantalla esta biografía, aunque luego se conviertan en el subterfugio dramático para humanizar a una de las figuras políticas más siniestras de los tiempos de apogeo del neoliberalismo, la globalización, el pensamiento único y los otros mecanismos optados por el capitalismo tardo-moderno con la finalidad de  asegurar su reproducción y expansión.

Por eso mismo, si la intención de La Dama de Hierro era armar un retrato apolítico o despolitizado de Doña Margaret, pretendiendo que sus relaciones con Alzheimer tuvieron mayor relevancia que sus relaciones con Ronald Reagan (sobre quien la película únicamente permite saber que era un tosco bailarín de vals)  se trata de un propósito condenado de antemano al fracaso. De un despropósito en rigor de verdad, pues ¿qué otra aproximación que no fuese la política cabía ensayar teniendo enfrente una figura en cuyo ascenso a los niveles de conducción del Partido Conservador y más tarde en su llegada a la famosa oficina del 10 de Downing Street se condensan los vaivenes más notorios y complejos de la política británica de los últimos decenios, cuando de su viejo esplendor imperial saldan la arrogancia y el rencor de rico venido a menos, dos compulsiones que Thatcher frecuentaba?

El tratamiento narrativo de La Dama de Hierro se desentiende de la cronología lineal propia de las biografías de celuloide. En este caso, el recurso resultaba disfuncional al objetivo de reinventar una figura adobada al gusto del público británico, cuyos sectores conservadores la tienen por heroína. Lo que hace el tratamiento narrativo es entretenerse morosamente en la demencia senil de la octogenaria política, relegando a pequeños entremeses en el gran festín del progresivo derrumbe físico y mental de la señora los escalones de ese ascenso, desde vendedora de almacén en Grantham —graduada en Oxford eso sí— a Secretaria General del Partido Conservador, Ministra de Educación —cargo desde el cual desmanteló la educación pública primaria—, Primera Ministra y figura central del giro impreso a la geopolítica mundial en los años de su gestión (1979-1990).

Sin embargo, tal dispersión, semejante ausencia de línea dramática —que pareciera atribuible a la falta de ideas claras en el modo de tramar el guión y en la forma de  estructurar narrativamente una película (por ello mismo cinematográficamente pobre)— responde más bien al mismo propósito de sortear cualquier acercamiento a fondo al verdadero perfil de la biografiada.

El lavado de cara se completa con la enfática acentuación de los escollos salvados por Margaret para llegar a los roles protagónicos de su partido y de su país, forcejeando contra los prejuicios machistas y clasistas de sus conmilitones. Así se convierten en virtudes de carácter las inflexibilidades de esta protoheroína de un feminismo limitado en verdad a encauzar un interés puramente personal, puesto que cualquier posibilidad de abrirse a una reivindicación de género choca de frente contra el talante cerradamente conservador de la plebeya hija de un almacenero.

Del alevoso procedimiento de falsificación histórica utilizado por la película para restarle filo, para  ennoblecer a su protagonista da cuenta el manejo  dispensado a la guerra de Las Malvinas con la Argentina. El espectador desinformado o poco memorioso  —la mayoría— puede llevarse la impresión de que todo se debió a la decisión de sentarle la mano a una pandilla de déspotas desalmados, que por cierto lo eran los militares dictadores de la Argentina. Sin embargo, no fueron los sentimientos democráticos heridos de Margaret la causa de su decisión de emprender aquel contencioso bélico desplegando toda la potencia naval, aérea y terrestre del Viejo León, puesto que mantenía una relación de lo más caballerosa con otros tiranos sin entrañas, Pinochet para citar un ejemplar, los cuales sencillamente no se aventuraban a poner en entredicho los “derechos” coloniales de Su Majestad.

Cuestión aparte es la apabullante actuación de Meryl Streep. El maquillaje ayuda un montón claro, pero la postura corporal, la manera de caminar, la impostación de la voz, el rictus en la boca, la mirada perdida,  eso ya es  puro aporte de un talento consumado y de un rigor en el trabajo de mímesis del personaje, que si bien no redime a la película de su ofensiva demagogia hacen que deba verse si o sí para acompañar esta memorable lección de versatilidad apuntalada por muchísimas horas —imagino— de estudio del personaje hasta en el menor detalle gestual.  Gracias a la actriz un par de escenas de la relación  entre Margaret y Denis, su marido, a veces bajo la acongojada mirada de Carol, la hija, infunden un poco de vida en esta mortecina y errática impostura filmada, cuya mayor audacia creativa en materia de tratamiento cinematográfico reside en el descentramiento de algunos planos, el de la discusión con el Secretario de Estado Alexander Haig el más notorio, para significar visualmente el desacomodo de los interlocutores frente a la ríspida franqueza de Maggie.

Entre todas las películas que competían por el  reciente Oscar,  ésta es la más parecida a las películas que suelen ganar el Oscar: tema “importante” debidamente descafeinado en el tratamiento, correcto nivel técnico, trama inteligible sin riesgo de surmenage, nombres prestigiosos encabezando el afiche, posición ideológica especiosa, etc.  Si no lo obtuvo se debe —imagino— menos a un repentino consenso de los miembros de la Academia para dejarse de pamplinas comerciales y transformar el show anual del tío inmortalizado en la estatuilla de 30 centímetros en un evento verdaderamente dedicado al cine, que a las demasías ideológicas, y a las insuficiencias narrativas excesivas, incluso para los académicos.

¿Era un monstruo? ¿Una heroína? La película finge carecer de opinión sobre el particular, simulando al mismo tiempo no advertir que ésa es la manera más contundente de emitir criterio, especialmente por tratarse de una figura respecto a la cual resulta imposible dejar de tenerlo.

Ficha Técnica

Título original. The Iron Lady. Dirección:  Phyllida Lloyd. Guión: Abi Morgan. Fotografía: Elliot Davis. Montaje: Justine Wright. Diseño: Simon Elliott. Arte: Bill Crutcher y  Nick Dent. Maquillaje: Kay Bilk. Música: Thomas Newman. Producción: François Ivernel, Damian Jones, Adam Kulick. Intérpretes: Meryl Streep, Jim Broadbent, Susan Brown, Alice da Cunha, Phoebe Waller-Bridge, Iain Glen, Alexandra Roach, Inglaterra/2011.

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