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Dejar de ser jóvenes

Danny Boyle estrena en el festival de Berlín la segunda parte de su adaptación de la novela ‘Trainspotting’, llena de melancolía por el estallido de hace 20 años.

Adicciones. Las redes sociales sustituyen a la heroína, en la realidad y en la película.

Adicciones. Las redes sociales sustituyen a la heroína, en la realidad y en la película. Foto: yahoo.com

La Razón (Edición Impresa) / Gregorio Belinchón - El País

00:00 / 26 de febrero de 2017

Elige la vida. Elige un empleo. Elige una carrera. Elige una familia. Elige un televisor grande que te cagas. Elige lavadoras, coches, equipos de compact disc y abrelatas eléctricos”. Así arrancaba el famoso monólogo de Mark Renton en Trainspotting hace 20 años. Danny Boyle (Manchester, 1956), su director, lo tuvo claro: eligió el cine. “A pesar de todo, de los rodajes, del hermanamiento que se produce entre los equipos, soy un tipo solitario. Me dedico a hacer lo mío”. Era su segundo largometraje, adaptaba una novela de Irvine Welsh, y ambos, filme y libro, acabaron convertidos en fenómenos de culto, retratos de una generación y productos para las masas. Todo a la vez. Y en aquella ola se subieron Boyle y un joven Ewan McGregor, que encarnaba a Renton.

La ola ha pasado. Y su resaca. McGregor y Boyle vuelven a hablarse tras años de distanciamiento por el personaje protagonista de La playa que no encarnó McGregor. El director ha ganado oscars, ha rodado sin parar, ha dirigido una ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos... y T2 Trainspotting esperaba agazapada. Pero Boyle no le veía tan claro. “Hace 10 años nos lo planteamos. Pero el guion no era potente, John Hodge (el guionista de ambos filmes) y yo teníamos claro que sin un buen libreto no rodaríamos”. Ahora sí, ahora lo han logrado y T2 Trainspotting ha sido el plato fuerte del primer fin de semana del festival de Berlín, la Berlinale, donde se ha presentado aunque fuera de concurso.

Boyle podría haber sido un gran Renton, por su forma expansiva de expresarse. Y su capacidad para ligar metáforas. Por ejemplo, en su reflexión sobre lo que significa echar la vista atrás: “Cuando miras por un telescopio, las cosas parecen distantes, pero, si le das la vuelta de repente, tienes la imagen encima. Así es nuestra relación con el pasado: a veces no recuerdas nada y otras se te cae todo encima”. Y a él le ha caído con el peso de la nostalgia: “La única manera de huir de ella es olvidarte de la primera parte. Pero en el momento en que encuentras puntos de agarre al primer Trainspotting, te agarra esa nostalgia —yo prefiero usar melancolía— y no te suelta. Porque el pasado no está muerto, te oprime.

La primera no dejaba de ser un artefacto de energía. Podíamos incluso imaginar que el cuarteto protagonista había ido al cine a verla y meternos en un loop de tiempo sin fin. Fíjate cómo se parecen los abuelos y los nietos. Bueno, vivo de crear ilusiones, y eso es T2, una ilusión de melancolía procedente de un estallido de hace 20 años”. Para Boyle, un buen ejemplo del cine que muestra el paso del tiempo con toda la crudeza y sin melancolía de Boyhood, de 2014. “Nunca queremos cruzar la línea, dejar de ser jóvenes. Pues llega un momento en que toca”.

Pero los tiempos han cambiado y, por tanto, los temas también. “Si la primera iba sobre drogas y juventud, ahora hablamos sobre el paso del tiempo y somos prisioneros de los personajes”. Las chicas miran a los protagonistas desde arriba. Como siempre ha ocurrido en el cine de Boyle. “Porque las mujeres son mucho más sabias que nosotros. Entre otras, su propio cuerpo les otorga una profunda enseñanza sobre el paso del tiempo. Nosotros vivimos en cambio desesperados por resucitar glorias pasadas, un sinsentido. Por eso, en T2, ellas luchan para que sus hijos no se parezcan a sus padres”.

Aquel viaje salvaje por la heroína de los tiempos de Trainspotting dejó sus cadáveres. “En Escocia fue más brutal el alcohol, porque es legal y aceptado socialmente. Incluso la violencia que emana de su consumo”. Y las dependencias siguen formando parte de los protagonistas de T2. Antes buscaban vida más allá de la vida en aquella ultrarrealidad inducida por la droga, y hoy la realidad se esconde bajo capas y capas de relaciones virtuales a través de las redes sociales digitales. “El discurso ‘Elige vida’ de la primera parte nacía de la arrogancia de la juventud. Ahora hay otras opciones, de acuerdo, pero todo surge de la decepción. No creo que la respuesta adecuada sea que sustituimos antiguas adicciones con estas nuevas tecnológicas. No va de eso. Si eres nativo digital —yo no lo soy, mis hijos sí— lo ves desde otra perspectiva. Lo que sí sé es que no amortiguan la soledad”.

A Boyle no le ha importado juguetear con los iconos. “Entiendo que tenía una responsabilidad. Pero mi obligación es contar una buena historia”. A pesar de todo, hay un discurso, y esta vez estaba señalada en la filmación. “Ahora ya no es un mantra, ni una inyección de rock, de punk. Quisimos olvidarnos de cualquier expectativa, pero sí, me preocupaba esa noche de rodaje”. Y también se ha quedado atrás cualquier atisbo de crónica social: “Nos pilló el Brexit en mitad del rodaje.

No encajaba en la trama ni con calzador. En Escocia fue un terremoto. Nos mató la little England, esa sociedad movida por la nostalgia ridícula, y la falta de liderazgo. En el rodaje no sabíamos si dejar los euros o no, y cuando rodamos en la puerta del Parlamento escocés pusimos todas las banderas posibles. ¡Para no cerrarnos ninguna posibilidad!”.

El director cuenta un secreto al final: “Robé la conclusión de Trainspotting de Memorias del subdesarrollo, de Tomás Gutiérrez Alea. En esta ocasión, dudé y dudé. Y no lo encontré hasta cuatro semanas después de rematar el montaje. Pero es bueno, ¿eh?”.

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