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¿Descolonizar el arte?

Las obras coloniales, más que objetos a juzgar, son testigos de una época de sometimiento.

Un cuadro del Apostol Santiago.

Un cuadro del Apostol Santiago. Foto: Museo Nacional de Arte

La Razón (Edición Impresa) / Max Jorge Hinderer Cruz, filósofo y director del Museo Nacional de Arte

00:00 / 16 de octubre de 2019

Se habla mucho de descolonización estos días. Y no solo en Bolivia. Hace más de 10 años que me invitan regularmente a exponer de una u otra manera sobre la “descolonización del arte” en las universidades y en los grandes centros del llamado Mundo del Arte Internacional: MoMA, Museo Guggenheim, Columbia University Nueva York, Princeton, Documenta Kassel, Museo Reina Sofía Madrid, MACBA Barcelona, Bienal de São Paulo, MASP, Universidad Federal de Rio de Janeiro, MALI Lima, Museo Tamayo México, etc. Sin embargo, e inesperadamente, en nuestro propio contexto, aquí en Bolivia, me encuentro con una cierta resistencia adelantada al debate de una posible “descolonización del arte”.

Hace poco más de medio año, por ejemplo, en la rueda de prensa en la que se me presentó como nuevo director del Museo Nacional de Arte, todavía antes de que yo efectivamente asumiera el cargo, una persona preocupada del público me echó en cara que al hablar de descolonización mi objetivo sería nada menos que querer destruir las obras coloniales del museo. Lo que tengo que decir al respecto es algo muy simple: descolonizar el arte no significa destruir obras de arte coloniales ni virreinales, no significa quemarlas y no significa hacerlas desaparecer. Por lo contrario: destruir, extirpar, derrumbar, quemar bienes culturales era —históricamente hablando— justo lo que hacían los colonizadores. 

Sin embargo, dependiendo de a quién le preguntamos, hace unos 500 años, en un acto de legítima autodefensa, quizá haya podido ser considerado una buena idea matar a todos los blancos y quemar todo lo que trajeron consigo, que habría ahorrado a las naciones originarias de nuestras tierras cinco siglos de opresión, genocidios, extinción cultural, saqueos, violaciones, extractivismo e irreparable destrucción de la naturaleza.

Pero hoy, en el joven siglo XXI, el cuadro es otro. Probablemente, quien más se beneficiaría con destruir obras de arte coloniales serían las propias fuerzas reaccionarias que defienden el colonialismo ante una suerte de descolonización, sea en el arte, en la cultura en general o en la política.

Sobre el patrimonio, el esfuerzo más contundente de descolonizar el arte consiste justamente en cuidar de las obras coloniales, en estudiarlas, en entenderlas para poder aprender de ellas, para poder aprender qué era realmente el colonialismo. Quiere decir: para descolonizar el arte, debemos, antes que nada, profundizar el estudio del arte colonial. Debemos entender cómo funcionaba y para qué servía, aquí, en nuestras tierras, y también en contextos comparables en otros lados.

Con todo el respeto ante las importantísimas investigaciones en el campo —encabezadas por el inigualable y pionero trabajo de la arquitecta Teresa Gisbert—, la historia del arte en Bolivia aún está lejos de consolidarse como una disciplina propia y está más lejos aún de establecerse como una disciplina crítica que pueda leerse lado a lado con las dominantes historias del arte eurocentradas. Necesitamos, urgentemente, replantear estas narrativas dominantes, las narrativas cuyo principal objetivo era la representación y glorificación de las expresiones culturales de la época de la colonia. Para poder llevar adelante el proyecto de una historia del arte propia, como ciencia, como disciplina crítica, debemos sobrepasar la fase descriptiva, la fase de inventarización de patrimonio necesaria, y por fin explotar nuestra capacidad de análisis crítico: cuestionar para entender, sin miedo, ¿cómo funcionaba?, ¿para qué servía? y ¿a quién servía el arte colonial? Y porque nuestra primera y más importante responsabilidad al querer descolonizar el arte es cuidarlo, hacerlo accesible, hacerlo conocer. 

Paradójicamente, las pinturas coloniales son fascinantes porque son asustadoras, son de una belleza espeluznante. El brillo de su belleza solo es igualado por lo tenebroso que es el sistema que representan. Así, las pinturas coloniales son al mismo tiempo obras de singular belleza y documentos de un régimen estructurado por violencias sin igual; un régimen que marcó nuestra historia de manera profunda y cuyas heridas y consecuencias negativas sufrimos hasta hoy en día. 

En ese sentido, la propia belleza de los cuadros coloniales es evidencia de la soberbia del proyecto de colonización. Pero a un tribunal no los citaríamos como acusados: los cuadros son nuestros testigos, y por eso, son nuestros más importantes aliados en el proceso de descolonización del arte. Aquí, en este proceso, una pinacoteca de obras coloniales es un gabinete lleno de testigos cansados de aparentar.

La descolonización del arte no se resuelve con quitar obras coloniales de un museo. Por lo contrario, quitarlas de las paredes es apenas la precondición para poder desempolvar las obras, para poder conservarlas, abrir las puertas y ventanas para airear las viejas salas, dejando entrar oxigeno suficiente para finalmente comenzar con el proceso de descolonización, colocando las obras de vuelta en las paredes, colocándolas en su lugar. 

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