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El nuevo ‘Diccionario’, jugando al juego del ‘mouse’ y el ratón

La 23ª edición del ‘Diccionario’, publicado 13 años después que la anterior, trata de abrirse a América y huir de la perspectiva exclusivamente española

La Razón (Edición Impresa) / José Antonio Millán - El País

00:00 / 26 de octubre de 2014

Una nueva edición del Diccionario por antonomasia siempre es un acontecimiento. Pero este 23º diccionario no se limita a dar fe de novedades que ya conocíamos por su web: aprovechando la oportunidad, se ha modernizado la obra y mejorado su utilización. Recordemos que en el origen remoto de los diccionarios académicos está el de Autoridades (acabado en 1739). Desde entonces hubo  una veintena de ediciones, la última hace 13 años, que mantenían la mayoría del vocabulario y parte de las definiciones presentes en su lejano progenitor, añadiendo por supuesto muchas otras: esta edición cuenta con 4.600 entradas más que la anterior. Por eso el Diccionario es una obra singular, que conserva la herencia (y a veces el peso) de sus orígenes, que lleva siglos gozando de gran popularidad, pero que no renuncia a reflejar la modernidad, y eso es problemático. El edificio de la lengua cambia ante los mismos ojos del lexicógrafo: áreas enteras del vocabulario se convierten en ruinas (que tendrá que etiquetar como tales), mientras que debe construir alas nuevas con ladrillos de estabilidad incierta.

La televisión puede extender una forma antes regional, como viejuno, o un dispositivo novedoso puede introducir palabras extranjeras: selfie o guasap. Ninguna de éstas figura aún en el Diccionario, aunque sí acaban de entrar términos tecnológicos (tuit), de la moda (metrosexual) e incluso de registros más coloquiales de la lengua (subidón o muslamen). Pero estar en el Diccionario tampoco garantiza que pervivan…

Para acabarlo de complicar, la Academia (con las otras 21 de los países americanos) intenta que su diccionario recoja todo el español. Para las palabras propias de América se compiló en 2010 un Diccionario de americanismos, que fue objeto de críticas, y parte de su caudal se ha usado para esta obra. En total, el 10% de las acepciones actuales son americanas. El Diccionario quiere ser “panhispánico”, con lo que debe huir de la perspectiva peninsular. Valga el ejemplo de amarillo, definido por la Academia en 1726 como el color del oro y la flor de la retama, hasta que en 1869 se equipara también al del limón. En 2001 (y dado que, como señaló García Márquez, en América los limones son verdes), queda solo el color del oro y de la retama, pero, ante la evidencia de que ésta es una planta mediterránea, en esta edición se ha convertido en el color del oro y la yema de huevo (que para mí muchas veces es anaranjada…).

Ya en la anterior edición empezó a usarse la marca geográfica “España”, para señalar usos del español europeo ausentes en América. Esto supuso toda una revolución, porque rompía la asunción implícita de que toda palabra usada en España era también americana. La marca Esp., se afirma cautamente en el prefacio, “se ha procurado incorporar en un mayor número de ocasiones”, pero aún quedan muchas por señalar. Por ejemplo, ratón, en su acepción informática, no lleva la indicación de su uso, que es predominantemente español porque en América se emplea sobre todo mouse (Google lo detecta en casi 1,3 millones de páginas en español). Por cierto, mouse no figura en este Diccionario, como tampoco liga en la acepción de “enlace de una página web”, dominante en México; claro que también falta link. Han mejorado algo las definiciones relacionadas con nuevas tecnologías, y hubo incorporaciones como blog, o la acepción informática de nube, aunque no estén bug, “error en un programa”, o backup, “copia de seguridad”.

La nueva edición ha aprovechado para mejorar la claridad y uniformidad de tratamiento. Las marcas que en la edición anterior indicaban “anticuado” y “desusado” se han fusionado en esta última. Pero subsisten numerosas palabras que carecen de esa indicación: “Rompesquinas: valentón que está de plantón en las esquinas”. Las marcas “malsonante”, “vulgar” o “coloquial” abarcan cada vez más términos, como una útil guía de uso. En el paréntesis inicial de entrada, además de la etimología, ahora hay otras informaciones, como variantes ortográficas, aunque hay que lamentar que entre ellas no figure la pronunciación en los contados casos en que se aleja de la grafía (flaubertiano). Mejora también la claridad tipográfica en la separación de los grupos de acepciones.

El volumen es muy manejable: es más pequeño que sus antecesores, lo que provocará la alarma de los coleccionistas de diccionarios académicos, porque rompe la alineación en la estantería (pero hay una edición especial al tamaño clásico). También pesa menos, porque tiene un papel fino aunque de transparencia aceptable. La tipografía es muy legible, y la composición, a “párrafo francés” (expresión que, por cierto, no figura en el diccionario: con la primera línea llena y las demás sangradas), facilita localizar las entradas. Está impreso, algo sorprendentemente, en Italia.

Los consultantes del Diccionario académico querrán poder encontrar palabras antiguas, pero protestarán cuando hallen expresiones derogatorias, incluso marcadas como desusadas. Querrán los términos técnicos más comunes, pero también el penúltimo argot. Considerarán superfluas ciertas incorporaciones, pero otras se echarán en falta. Rezongarán ante las palabras extranjeras, aunque no tengan equivalentes españoles. Fijar un medio cambiante (una lengua extendidísima geográficamente) entre demandas tan variadas es todo un reto y, si se me permite la opinión, no va saliendo nada mal.

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