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Django sin cadenas

Una vez más, los bandos se dividieron entre encendidos elogios y durísimos juicios

Django sin cadenas. Foto: newcinema

Django sin cadenas. Foto: newcinema

La Razón / Pedro Susz K. - crítico de cine

00:00 / 10 de febrero de 2013

Ninguna de las anteriores siete películas de Quentin Tarantino pasó desapercibida o dejó indiferente a la crítica. Provocó siempre un inmediato alineamiento entre admiradores y detractores. El hecho es que, una vez más, los bandos se dividieron sin dejar resquicio a medias tintas. Encendidos elogios versus durísimos juicios acerca de lo que se considera, una vez más, una gratuita espectacularización de la violencia y la brutalidad banalizando esa vergüenza occidental de infinita crueldad que fue la esclavitud negra en Norteamérica.

Al igual que en los anteriores eslabones de su filmografía, Tarantino apela al pastiche de géneros y referentes acentuando aquellos que permitirían establecer un vínculo conceptual entre Bastardos sin gloria, su largo precedente y Django sin cadenas. Los espectadores, a sola condición de haber visto Bastardos sin gloria, están habilitados para inferir el parangón que Tarantino establece, para desagrado de muchos de sus compatriotas, entre el genocidio nazi y el exterminio de los esclavos en Estados Unidos. De tal suerte que su octavo largometraje vendría a ser otra venganza lúdica, un nuevo desquite imaginario y fantasioso contra las iniquidades del pasado.

Es también, claro está, un homenaje al spaguetti western, aquel hijo bastardo del género norteamericano por excelencia. No tanto a las visitas de Sergio Leone al Oeste como a los subproductos de Corbucci y sus pares. La elección del nombre del protagonista homenajea sin rubores al personaje homónimo del film rodado en 1965 precisamente por Corbucci, cuyas imágenes acompañan, para que a nadie le queden dudas, la secuencia de créditos, substituyendo el célebre féretro de Franco Nero por imágenes de esclavos cargando a duras penas sus cuerpos lacerados.

No bien se cierra esa secuencia de títulos se apodera de la escena el doctor King Schultz, un cazarrecompensas, puesto allí con deliberada intención anacrónica para subrayar justamente el símil arriba mencionado, otorgándole a un protagonista alemán la tarea de “liberar” algunas de las víctimas del infame comercio humano que nutrió los primeros pasos del poderío norteamericano.

Ese Dr. Schultz, incierto dentista llegado nadie sabe cómo al rudo Oeste en 1861, cuando faltan tres años para el estallido de la Guerra de Secesión, desencadena a Django, no tanto movido por un afán de justicia o de reparación histórica, sino por la pragmática necesidad de contar con un ladero eficaz en su tarea de echarle el guante a evadidos de la ley.

Muy temprano en la trama el dúo despliega su tarea en la plantación de Big Daddy, ofreciendo al descendiente de africanos la oportunidad de probar el gusto de la venganza al maltratar al terrateniente blanco mientras intenta salvar a su amada Broomhilda, nombre  imaginado por Tarantino para acentuar el contraste entre dos culturas que amasan su grandeza con enormes cantidades de sangre y padecimientos ajenos.

El choque trepa hasta el frenesí cuando enfrente se encuentra Calvin Candie, el cínico y carilindo dueño de Candyland, personificado por Leonardo Di Caprio en un papel que no consigue sustraerse del cliché, componiendo un malo sin matices puesto para ilustrar los peores extremos de la opresión de los negros.

A fin de que su parodia hiera a fondo las vertientes más conspicuas de la historia norteamericana tal y como la ilustran en vena heroica el cine y la literatura, el director no duda en burlarse abiertamente de El nacimiento de una nación, la paradigmática película con la que David Wark Griffith, a tiempo de establecer en 1915 las líneas maestras de la narrativa cinematográfica daba cuenta del rencor de los sureños despojados de las bases de su poder económico buscando ser reivindicados por el tenebroso Ku Klux Klan.

Tarantino tampoco deja de aludir, en el mismo tono burlón, al clásico personaje del Tío Tom de la novela de Harriet Beecher Stowe, modelo del negro sumiso, justamente lo opuesto de Django, el rebelde que hace de su color un motivo de orgullo contra los déspotas atrincherados en el afrentoso prejuicio que intentará liquidar a tiros en la escena pedida en préstamo a La pandilla salvaje de Sam Peckimpah. Esta escena es traída a colación con escasa justificación narrativa cuando Tarantino comienza a dar muestras de no saber muy bien cómo finiquitar una trama hinchada más allá de lo aconsejable.Justamente en su desmesura reside el costado opinable de una película despareja, plagada de momentos ingeniosos y de arbitrarios desvíos argumentales, oscilando entre la inventiva de la puesta en imagen y la chatura anecdótica, a menudo trabajosamente disimulada por esas caprichosas fulguraciones de estilo que ya son parte de la marca Tarantino.

Lejos ya de la frescura de Pulp Fiction (1994), con el rescatable antecedente de Reservoir Dogs (1992), el discurrir de su filmografía lo muestra encadenado a una forma que casi siempre resulta privilegiada en desmedro de la lucidez de las historias. Éstas son armadas a la manera de meros pretextos para reincidir una y otra vez en la acumulación de guiños cinéfilos y de alusiones para rescatar ciertos géneros considerados menores dentro de la producción habitual.

El abigarramiento visual, construido a base de citas a películas, muchas de ellas insertadas a la fuerza en el desarrollo de las tramas, la reiteración de diálogos prolongados porque sí y los desbordes de violencia y brutalidad innecesarios desde un punto de vista dramático, son los rasgos salientes de un progresivo extravío que Django sin cadenas no repara en absoluto, pese a sus agradables momentos, a su atrevida denuncia del salvajismo del régimen esclavista y a los ocasionales aciertos en el apunte de caracteres.

Ficha técnica

Título original: Django Unchained. Dirección: Quentin Tarantino. Guión: Quentin Tarantino. Fotografía: Robert Richardson. Montaje: Fred Raskin. Producción: William Paul Clark, Reginald Hudlin, Shannon McIntosh, Pilar Savone, Michael Shamberg. Intérpretes: Jamie Foxx, Christoph Waltz, Leonardo DiCaprio, Kerry Washington, Samuel L. Jackson,  Walton Goggins, Dennis Christopher, James Remar, David Steen, USA/2012.

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