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Dura requisitoria contra la educación

Reseña de la novela del Christian Vera publicada en el suplemento literario ‘Babelia’  de El País de Madrid

El profesor de literatura del boliviano Christian Vera. Foto: Miguel Carrasco-archivo

El profesor de literatura del boliviano Christian Vera. Foto: Miguel Carrasco-archivo

La Razón (Edición Impresa) / Francisco Solano - crítico

00:00 / 08 de junio de 2014

El profesor de literatura, del boliviano Christian Vera (La Paz, 1976), ya había aparecido en Bolivia en 2012. No se trata de un hecho insólito. Algunas novelas —no demasiadas— publicadas en un país de Latinoamérica, si alcanzan renombre y rentabilidad, son rescatadas por una editorial española que, de esta forma, se supone que apuesta sobre seguro. Pero ése no es el caso de esta novela.

Desde luego que ha debido vender en Bolivia más ejemplares que su anterior libro, Ciudad Trilce, al que se le otorgó uno de los premios de poesía más prestigioso de su país, y no obstante, según su autor, “causa tal aborrecimiento que sufrió el maltrato del silencio absoluto”. Con la novela sucedió que, a través de vericuetos y contagios literarios, llegó a conocimiento de la editorial Caballo de Troya, y su director decidió divulgarla con su sello.

No es una obra lograda, pero está muy bien concebida para deshacerse, y sus deficiencias se integran sin mermar su intención. Porque es una novela de intención, y de intención radical. La conforman breves capítulos que contabilizan, a saltos, poco más de una hora, de 7.53.09 a 8.58.17, en una cronometría que concluirá con una explosión.

Y es una durísima requisitoria contra la educación, no sobre éste o aquél tipo de enseñanza, sino contra su función colonizadora.

La novela cuenta, como en cámara lenta, prácticamente el atravesar de una puerta de un profesor de literatura que, ese día, ha resuelto “acabar con todo o con la nada, da lo mismo”. Es un hombre bastante deplorable, pero no es peor que los otros personajes: sus padres, el personal docente, los alumnos. Solo que él es más cínico, extraviado en una lucidez sin salida, o con la única salida de la demolición, con un cerebro que contiene “un laberinto de saberes incompletos”.

El colegio no es un jardín epicúreo, “apesta y deteriora cualquier iniciativa pedagógica”, y el profesor no es ningún mártir de la docencia: transmite aburrimiento e idiotez a los alumnos y les vende drogas para estimular su inteligencia, relegando así el saber a los efectos de la química.

La atención a la evaluación escolar ha relegado la similitud del colegio, no solo arquitectónica, con el cuartel, la prisión y el manicomio. Christian Vera lo tiene muy en cuenta, y en esta novela endosa las trazas más mortíferas sobre el “experimento artificial de socialización” en que consiste la enseñanza. Y no solo eso. A través del retrato fantasmagórico del profesor, que también es un escritor sin público y “forma parte de todo lo que él odia”, la literatura se muestra como un galimatías, una impostura, pura palabrería.

No hay en esta novela por ningún lado nobleza o dignidad, y esta falta de contraste limita la fuerza de su análisis, que la hace cansina, y un tanto brumosa, como las películas de zombis a las que tanto debe esta narración, tan apegada a la destrucción que ella misma, en la última página, se confunde con los escombros que venían prometiendo las burdas maniobras del profesor. Y sí, se produce la explosión, un Big Bang, “otra tragedia educativa”. Y luego, ¿qué? (La novela El profesor de literatura ha sido publicada en España por la editorial Caballo de Troya, y en Bolivia por la editorial El Cuervo con el título ¡Click!)

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