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Duras no se acaba nunca

En el centenario de su nacimiento, una muestra recuerda a la autora de ‘El amante’

Duras • La escritora y cineasta nació en Saigón, excolonia francesa. Foto: Robert Doisneau

Duras • La escritora y cineasta nació en Saigón, excolonia francesa. Foto: Robert Doisneau

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Abascal Peiró - EFE

00:00 / 23 de noviembre de 2014

Si Gil de Biedma quería ser poema y no poeta, Marguerite Duras (1914-1996) encarnó la escritura antes que a una escritora. Profeta de una modernidad silenciosa, la autora que ganó el Goncourt con El amante nunca dejó de escribir, de reescribir y reescribirse.

“Pertenece a una generación de autores que cuestionó completamente las estructuras narrativas y reconfiguró la novela moderna francesa, deconstruyendo las temáticas y su linealidad clásica”, argumenta Jérôme Bessière, director del departamento Imaginer del Centro Pompidou y corresponsable de la exposición la muestra Duras Song que estos días, y en el marco del centenario de su nacimiento, alberga la parisiense Biblioteca del Centro Pompidou.

La muestra se desdobla para, de un lado, rastrear el compromiso ideológico de la autora, “siempre a la izquierda”, y, por otro, recoger su relación “íntima” con la palabra escrita y, sobre todo, filmada.

“Sin su obra, el cine actual sería otro”, confirma Bessière. Un ciclo paralelo recupera su filmografía, 19 películas que, tras el guión que firmó para Alain Resnais en Hiroshima mon amour, sirvieron de terreno de pruebas a una “ruptura” ajena a la pirotecnia de Godard y la alineación oficial de la Nouvelle Vague. Y Duras no lo sabía, o nunca presumió de ello, pero contribuyó a la fundación del cine contemporáneo: cuando la voz se divorció de las imágenes para “emancipar” a las películas de la narración.

Duras nació en “una patria de agua”, el Saigón de la Indochina francesa. “Fue una familia de colonos humildes”, relata Bessière, con una infancia marcada por la pérdida de Paul, su hermano menor, y la prematura muerte del padre.

Junto a Dionys Mascolo, el corrector de Gallimard que enamoró a la escritora, integraron las redes de la Resistencia a las órdenes de “Morland”, alias del que luego —y con el apoyo abierto de la autora— sería presidente francés, François Mitterrand.

“Duras fue alguien muy presente en el debate político de su siglo, de la resistencia a la militancia comunista o el combate feminista”, señala Bessière, quien sitúa su izquierdismo a la sombra de su amigo, el pensador Edgar Morin, quien hablaba de un comunismo de pensamiento antes que de partidos. Próxima de los movimientos estudiantiles y amiga de escritores jóvenes y no tan jóvenes, para Duras robar un libro era legal, como robar una hogaza de pan.

Y al contrario que su obra, ella envejeció sin dejar de escribir desde su icónico cuello de cisne, plegada sobre sí misma, devastada por el alcohol y ante la lánguida mirada de Yann Andréa, el lector con el que se carteó durante años para convertirle en su último amante. Fue el propio Andréa, fallecido en julio, quien se encargó en 1995 de cohesionar su último texto, C'est tout (Esto es todo). Pero no lo fue, no todo, porque Marguerite Duras no se acaba nunca.

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