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J. EDGAR HOOVER

Clint Eastwood traza el retrato del creador del FBI, el hombre más poderoso de los Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial.

Protagonista. Leonardo DiCaprio en el papel de J. Edgar Hoover.

Protagonista. Leonardo DiCaprio en el papel de J. Edgar Hoover.

La Razón / Pedro Susz, crítico de cine

00:00 / 19 de febrero de 2012

La anécdota cobró estado público hace poco, a propósito del estreno del último emprendimiento de Clint Eastwood precisamente. Cierto día a principios de 1968, Martin Luther King recibió una llamada telefónica, antes se creyó que sólo habían sido esquelas anónimas. La voz al otro lado de la línea ni siquiera necesitó identificarse, era conocida, y temida, por todos los norteamericanos. “Amablemente”, su interlocutor recomendó al líder negro que, habiéndose evidenciado sus relaciones con un dirigente del Partido Comunista, sólo le quedaba suicidarse. El final de la historia es conocido, King no atendió la “sugerencia”, el 4 de abril de ese mismo año un francotirador le disparó, de motu propio al decir de la historia oficial, el tiro en la cabeza que terminó con su vida. Cierto o no el chascarrillo pinta a cabalidad al sujeto y a su rol en la Norteamérica del macartismo convertido en larga política de Estado.

Del FBI el cine norteamericano se ocupó en todos los tonos y matices, pero salvo poquísimas excepciones en el modo de la mitificación orlada de arrojo, pues habría sido gracias a la célebre Agencia Central de Inteligencia que los Estados Unidos consiguieron, en buena medida, sortear los riesgos de la Guerra Fría, asumir el liderazgo de la “civilización occidental” y convertirse en la mayor superpotencia de la historia. Sobre los procedimientos empleados para alcanzar tales logros la filmografía ad hoc ha sido en cambio bastante reticente, salvo uno que otro intento de dar cuenta de la deliberada confusión entre fines y medios que fue el modus operandi aplicado de manera sistemática a lo largo de su historial.

Tal historia no puede comprenderse por lo demás sin considerar el papel central jugado en ella durante 47 años por J. Edgar Hoover desde su omnipotente cargo de director, lapso durante el cual consiguió colocar a la agencia en el centro de la vida política norteamericana y, por ende, del mundo entero. El acoso contra los activistas de los derechos civiles, el chantaje emocional a varios presidentes norteamericanos —su desprecio por los políticos cuyas fichas personales guardaba celosamente por si acaso era cosa sabida—, sus trapisondas con los jefes de la mafia, sus gelatinosas relaciones con varios millonarios impresentables no obstante haber sido más o menos conocidas por la opinión pública nunca menguaron ese poder, puesto que resultaban en definitiva funcionales al mantenimiento y la reproducción del expansionismo geopolítico norteamericano.

Menos divulgadas, pero no ausentes de los corrillos, las inclinaciones homosexuales de Hoover y su debilidad por el travestismo quedaron en el plano de los rumores y de las anécdotas menores, atribuidas a menudo a maniobras de sus enemigos que, por cierto, eran legión.

Mostrando mantener intactas todas las cualidades que le permiten a estas alturas ser uno de los pocos grandes maestros del cine en actividad, Eastwood teje este seco, severo, “biopic” —biografía filmada— atento a la ambigüedad moral del personaje —propia de toda una época por lo demás—, desvestido de afeites y sensacionalismos. Es el retrato sombrío y laberíntico de un sujeto gris y paranoico, que no se ensaña con su inclinación fetichista, sin dejar tampoco de aludirla en sordina a través de la amistad con Clyde Tolson, como parte de una radiografía que consigue preservar la dimensión humana de Hoover, en lugar de reducir esa figura a la de un monstruo caricaturesco, responsable él solo de los excesos que hicieron trizas, en declaraciones del guionista de la película, el sueño americano.

Al narrar esa declinación desde una visión concentrada sobre el periplo del torvo personaje, cuyo interés reside en la indeterminación ética de su rol, Eastwood pasa revista, sin concesiones, a medio siglo de historia norteamericana desde los entresijos del poder. Es como una obra de cámara, deliberadamente contenida, cansina, incluso en las secuencias dedicadas a contar la muerte violenta, en el modo de los ajustes de cuentas de la Cosa Nostra, de varios aviesos interlocutores del protagonista, cuando bien podía prestarse para una opereta grotesca.

De inicio Hoover aparece dictándole sus memorias a un asistente y luego seguirá monologando a lo largo de un relato pausado, melancólico, sostenido por la palabra, con muy poca acción. En tal composición de su propia historia el personaje fabula, y de mostrarlo sin necesidad de gritarle lo obvio en el oído al espectador, se encarga luego la trama, recuperando así una de las recurrencias temáticas de la filmografía de Eastwood: la colisión entre leyenda y verdad —o entre imagen   pública y privada, si se prefiere—, discordancia donde a menudo naufragan los sueños y las posibilidades de ser un héroe. Apenas si las escenas siguientes precisan el perfil: el personaje dista mucho de estar en sus cabales.

En este sentido J. Edgar relata un fiasco, el del personaje en su delirio automitificador como semidiós. Que en semejante comportamiento hubiese influido de manera determinante la actitud autoritaria de una madre absorbente (virtuosa, abrumadora personificación de Judi Dench), la cual preferiría ver a su hijo muerto antes que homosexual, es un extremo librado al juicio del espectador.

Como nos tiene acostumbrados Eastwood, su controlado manejo de los resortes narrativos, sorteando los excesos formales, le permite armar un relato donde todo da la apariencia de fluir naturalmente a pesar de responder a una calculada dosificación de recursos que, en la oportunidad, se apoya sobre todo en un preciso montaje, enriquecido por la certera fotografía de tonos desaturados y abundantes contraluces, así como por una banda sonora funcional pero cuidadosamente armada para aportar a la atmósfera sin buscar protagonismos prescindibles. Sólo resulta observable el maquillaje de DiCaprio en edad provecta, cuando el personaje, beneficiado hasta entonces por una portentosa composición física y vocal del actor, queda reducido a la figura de un anciano caricaturesco e inverosímil.

En última instancia pudiera cuestionarse a Eastwood una suerte de indecisión: el suyo ¿es el retrato de un patriota febril o de un canalla perturbado? Pero en este punto cabe también presumir que una toma de partido más explícita hubiese redundado probablemente en la presentación de un estereotipo, cuando el director se esfuerza justamente por evitarlo, para dejarnos en presencia de un tipo como cualquiera, humano, demasiado humano si cabe.

Ficha técnica

Título original: J. Edgar. Dirección: Clint Eastwood. Guión: Dustin Lance Black. Fotografía: Tom Stern. Montaje: Joel Cox, Gary Roach. Diseño: James J. Murakami. Arte: Greg Berry, Patrick M. Sullivan Jr. Maquillaje: Alessandro Bertolazzi Sian Grigg, Duncan Jarman. Efectos: Steve Riley, Leon Smikle, Shauna Bryn. Música: Clint Eastwood. Producción: Clint Eastwood, Brian Grazer, Ron Howard, Robert Lorenz. Intérpretes: Leonardo DiCaprio, Josh Hamilton, Geoff Pierson, Cheryl Lawson, Kaitlyn Dever, Brady Matthews, Gunner Wright, David A. Cooper, Ed Westwick, Naomi Watts, Kelly Lester, Jack Donner, Judi Dench y Dylan Burns. Bridges. USA/2011.

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