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EMOJI: La película

La producción termina siendo un descomedido alegato de la rendición incondicional a las patologías de la digitalización.

EMOJI: La película. Foto: Internet

EMOJI: La película. Foto: Internet

La Razón (Edición Impresa) / Pedro Susz / Crítico de cine

00:00 / 27 de agosto de 2017

El oportunismo resulta ser, de principio a fin, el sello distintivo de este spot en formato de largometraje producido por Sony Animation Studios, una indisimulada apología a los presuntos prodigios de la digitalización y a las adictivas tonterías que ésta propicia en su afán de arrasar en todos los mercados de la mundialización del capitalismo informático, o sea en el planeta entero implantando, esa suerte de consumismo transcultural al que propenden los administradores de redes y plataformas coaligados con los vendedores de dispositivos “inteligentes”, cuyas novedades son en realidad siempre más de lo mismo.

No estamos ante la primera tentativa de armar una historia ambientada en el interior de la tecnología informática de los aparejos en boga. Desde la lejana Tron (Steven Lisberger/1982) hasta Angry Birds (Clay Kaytis, Fergal Reilly) promocionada en 2016 como “la primera película basada en una aplicación”, pasando, entre otras, por Ralph, el demoledor (Rich Moore/2012), La gran aventura Lego (Phil Lord, Chris Miller/2014) e Intensamente (Pete Docter, Ronnie del Carmen/2015), Hollywood viene tentando sacarle punta, muchos dólares para precisar, a la curiosidad por esos interiores.

Se trata en realidad de un pretexto para aprovecharla en la taquilla y reforzar en puro plan de marketing la fascinación galvanizada por el calculado ocultamiento de cuanto ocurre entre bambalinas en el mundo digital. Escamoteo tanto más perverso cuanto esta retórica tiene por blanco a niños y adolescentes en calidad de segmento preferencial del mercado, sabido cómo es que tal viene a ser el camino expedito al ablandamiento de las reticencias de adultos manirrotos o preocupados por la lejanía creciente de esas nuevas generaciones artificiosamente discapacitadas para entretenerse con cualquier otro pasatiempo.

Es verdad que entre los títulos recién mencionados hay algún acierto a medias y muchos bodrios enteros. Sin embargo bate todas las marcas de chapucería este apurado disparate a propósito de los enojosos circulitos amarillos inventados para despojar a las relaciones interpersonales de compromiso emocional cierto, completando de tal suerte la virtualización íntegra de los simulacros de comunicación, de la vida entera sin exagerar, vía las redes.  

En todos los casos el discutible punto de partida consiste en la antropomorfización de los circuitos y sus componentes, facilismo que tampoco es solo consecuencia de la exigua creatividad invertida en las mentadas producciones, dejando a los efectos, digitalizados claro, la tarea casi exclusiva de sostenimiento de sus tramas. Responde por el contrario a una deliberada estrategia de reforzamiento de la interiorización, entre los “nativos digitales” especialmente, de la idea de que eso es parte natural de la existencia. Más aún, que es impensable habitar estas viñas del Señor sin tener constantemente a mano el celular de última.

La historia discurre por dos “realidades” paralelas. En la exterior, por así decirlo, Alex, un tímido adolescente perdidamente enamorado de Addie su compañera de colegio, se halla atrapado en la duda entre “enviar o no enviar” un mensaje destinado a la causa de sus desvelos, acompañado desde luego del emoticón que cree pertinente. Sin embargo en la realidad paralela del interior de su smarthpone, llamada Textópolis, algo anda salido de madre. El problema estriba en que el emoticón elegido pareciera tener un conflicto de personalidad que le impide mantener el gesto para el cual fue diseñado. Gene, quien debiera representar la indiferencia o el desdén marcada con una imperturbable mueca de meh —en español vendría a ser “bah”— deja escapar expresiones de todo género. La anomalía provoca que Smiler, la supervisora “carita sonriente” de la ciudad de los emoticones resuelva borrarlo, aun cuando ya el lío en ciernes obliga a Alex a dirigirse al taller más próximo especializado en reformatear los adminículos operados a dedo para que le compongan el suyo y de ese modo lo pongan a resguardo del inminente papelón con la dama apetecida.

Esto último entraña un riesgo para toda Textópolis. Peor aun cuando Gene, una suerte de patito feo, resuelve fugar en compañía de dos cómplices: la manito Hi-5 (“choque esos cinco), caída en desgracia al haber sido dado de baja por obsolescencia, y Jailbreak una hacker, quien les propone llegar a la “nube”, vía Dropbox, para desde allí sabotear el plan de Smiler. A lo largo del periplo —que intenta sin puntería replicar la vieja historia del autodescubrimiento de un personaje marginado—, perseguidos por un ejército de bots antivirus, atraviesan la pantalla del celular viviendo diversas aventuras (app-venturas reza el afiche) en You Tube, Just Dance, Instagram, Spotify y Candy Crush, desembozado catálogo promocional de aplicaciones, que en el caso de la última de las mencionadas se convierte directamente, por medio de la detallada explicación de sus reglas, en un sub-spot dentro del mega aviso que, anotábamos, es la película misma.

Creados en 1999 por Shigetaka Kurita para la japonesa NTT Docomo, los emoticones, los emojis, fueron recibidos desde un principio como la manifestación más patente de la estupidez que se apropiaba poco a poco de las redes, desdiciendo las promesas iniciales de ensanche de la diversidad y democratización de la comunicación. Los reparos no impidieron empero su pronto acogimiento universal en este tiempo en el que cualquier crítica a internet se juzga una trasnochada, reaccionaria, manifestación de nostalgia de los “analfabetos digitales”, inhábiles para adaptarse a los vertiginosos cambios tecnológicos. Escamoteando que hay cambios para mejor, así como los hay en dirección opuesta.

La flaqueza patente del descerebrado guión escrito a seis manos, no halla en la oportunidad compensación, tal cual aconteció con algunos de los títulos precedentes, en la puesta en imagen trabajada con un estilo de animación desprolijo y perezoso, redundante en diálogos y acciones, empeorado por una banda sonora estridente, por la chatura de los “personajes” así como debido al fallido uso del humor, que tampoco ayuda a levantar el interés de un relato irremisiblemente tedioso e insufrible.

A guisa de unas gotas de lavandina sobre la conciencia culposa de los responsables del engendro asoman aquí y allá apuntes al pasar acerca del exhibicionismo, el ensimismamiento y el crepúsculo de la comunicación cara a cara propios de la época del digital rey, aun cuando aquellos se cuidan mucho de insistir en tales señalamientos, no vaya a ser que alguien se sienta tentado por la peregrina idea de pensar, o de ejercer su facultad crítica sobre el asunto. Es porfiado en cambio el apunte resumible en la idea de que escribir ya no resulta cool y su complemento: leer equivale a perder tiempo y esfuerzo cuando es tanto más cómodo y simpático ilustrarlo todo.

Así planteado el enfoque, Emoji termina siendo un descomedido alegato propiciatorio de la rendición incondicional a las patologías de la digitalización, entre ellas el surgimiento de una generación de “huérfanos digitales”, curiosamente —¿o no?— los principales destinatarios de un emprendimiento por todo lo apuntado sencillamente impresentable.

Ficha técnica

Título original: The Emoji Movie 

Dirección: Tony Leondis

Guion: Tony Leondis, Eric Siegel, Mike White

Historia: Tony Leondis, Eric Siegel Montaje: William J. Caparella.

Diseño: Carlos Zaragoza

Arte: Didier Ah-Koon,  Keith Baxter  Efectos: Laide Agunbiade,  Lynn Basas,  Chad Belteau,  Paige Berezay,  Romain Besnard, Chantell Brown.

Música: Patrick Doyle Producción: Theresa Bentz, John Kreidman, Michelle Raimo, Ben Waisbren. Voces: FT.J. Miller,  James Corden, Anna Faris,  Maya Rudolph,  Steven Wright Jennifer Coolidge,  Patrick Stewart, Christina Aguilera, Sofía Vergara, Rachael Ray, Sean Hayes, Jake T. Austin. USA/2017.

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