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Edmundo Paz Soldán

La geografía redundante

Una reseña que marca los alcances pero también las limitaciones de ‘Norte’, la más reciente novela de Edmundo Paz Soldán

Una reseña que marca los alcances pero también las limitaciones de ‘Norte’, la más reciente novela de Edmundo Paz Soldán

La Razón / Geney Beltrán Félix

00:00 / 22 de enero de 2012

Nadie ha de llamarse sorprendido porque un autor boliviano, ejerciendo el derecho panamericanista ganado por José Martí para los autores del sur del río Bravo, se apropie de Estados Unidos como territorio de su fabulación. Si bien Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, 1967) ha publicado ficciones de la realidad de su país, como en Río fugitivo  (1998) o Palacio quemado (2006), el interés del tema del latino en El Imperio se encuentra ya en cuentos de su libro Amores imperfectos (1997), amén de en la compilación Se habla español (2000), de la que fue coeditor. Norte, sin embargo, propone desde el título un carácter programático: parafraseando a Cabrera Infante al hablar de Cuba, los personajes migrantes de Paz Soldán no tendrían historia, sino geografía.

Esta novela alterna capítulos de tres relatos de hispanos en Estados Unidos, separados por el tiempo mas unidos por la frontera. Martín Ramírez es internado en un hospital psiquiátrico de California en 1931. Jesús González comete en 1984 un feminicidio por el que huye de su ciudad en el estado de Chihuahua; con los años conoce el crimen y la prisión en suelo estadounidense. La joven boliviana Michelle, en 2008, vive una difícil pasión con Fabián, su maestro argentino asediado por las adicciones y la presión de su puesto académico en una universidad de Texas.

Martín y Jesús son mexicanos y pobres. El primero, un paciente psicótico, esconde un gran talento para la pintura; el segundo se convierte en un psicópata, un artista de la brutalidad. En ambos, el cruce de la frontera provoca una transformación radical: hacia la locura creativa o la violencia más despiadada. Fabián, a quien distingo como el verdadero protagonista de la tercera línea, nos es presentado desde la óptica de Michelle, y su progresiva caída personal vendría luego de su fallida empresa: escribir El Gran Estudio sobre la literatura hispanoamericana. Comparte con Martín y Jesús el destino del migrante, si bien no indocumentado, a quien la realidad estadounidense termina por trastornar. Incluso Michelle, que toma el camino creativo con el proyecto de un cómic y cuya derivación sentimental es dependiente por entero de Fabián, asume el fracaso como destino. He ahí mi primer reparo: Norte no deja respirar a sus creaciones hacia un devenir propio. Con la excepción del Ranger Fernández, un personaje secundario —quien a lo peor que llega es a la soledad afectiva producto de su sequedad emocional—, los protagonistas se supeditarían a demostrar una idea: cómo los migrantes hispanos han venido cambiando la sociedad que los recibe no sin verse ulteriormente derrotados.

Si ya el título apuntalaba el peso de lo geográfico, la novela en sí tampoco se permite la imprecisión, la incertidumbre ni la elipsis; abunda en los elementos del decorado y explica siempre, o casi todo. La veo escrita no desde la imaginación sino gracias a la documentación. Acomoda aquí y allá cápsulas informativas sobre la frontera vista, pienso, desde el periodismo o la sociología, aunque la pertinencia dramática para esos apuntes sea, muy a menudo, nula. Un ejemplo:

“Otro fin de semana fuimos a visitar a unos amigos a El Paso (nos sorprendieron las oleadas de mexicanos que llegaban de Juárez y buscaban quedarse, tratando de escapar de la guerra entre los cárteles y de los intentos desesperados del gobierno por controlarla)” (III, 1).

Como sucede en Sueños digitales  (2000), en la que el narrador de Paz Soldán abusa en referencias a la tecnología y el mundo digital, Norte busca lo verosímil mediante la acumulación de lo conocido, y así su ficción se vuelve redundante: para que no queden dudas de que estamos en Arabia, vemos desfiles y desfiles de camellos.

La sobreexplicación, un signo paternalista —que el lector no se quede con la menor duda de dónde y por qué ocurren los hechos—, también afecta el desarrollo de los relatos.

Después de su estancia en una cárcel de Florida (II, 7), Jesús sale convertido a su misión de ángel vengativo enviado por El Innombrable, un ser superior, y ese estado mental ya no sufrirá variación; sin embargo, la estructura no considera el recurso de la elipsis sino que prosigue al mismo ritmo con las andanzas del joven de un lado y otro de la frontera.

Puesto que el personaje ya no conoce más evolución, el recuento de sus asesinatos manifiesta una reiteración mecánica que anula el interés por Jesús mismo y lo centra en la crueldad con sus víctimas o la investigación policial. No es este un reparo moralino, sino de construcción dramática: Jesús deviene la predecible herramienta —más que de ese ser superior que le habla— de una voz narrativa cuyo propósito consistiría en dar un panorama sobre la violencia fronteriza, a través de un personaje extremo, casi un símbolo del Mal con mayúscula.

La trama de Fabián y Michelle también cae en un aletargamiento dramático: merced a gritos, abusos y un aborto, su historia discurre por las etapas predecibles de una relación destructiva —en este caso, entre un adicto paranoico y una joven emocionalmente débil—, dejando una sensación de déjà vu.

Norte habla de migrantes hispanos, pero el género novelístico en sí no migra. Aunque incluye regionalismos y mezcla inglés y español en los diálogos, esos registros no pasan del color local, como quien busca verosimilitud antropológica para entorno y personajes, y nunca ponen en jaque la naturaleza verbal de las mismas voces narrativas ni ambicionan la creación de un efecto de extrañamiento que convierta esa frontera tan documentada en un espacio imaginario, como sí sucede en Bolaño o Yuri Herrera. Las historias de Martín y Jesús se presentan en tercera persona, pero esta prosa periodística, no infrecuentemente cacofónica y prolija, difiere casi nada de la dicción de Michelle, la narradora del tercer relato —parecido a lo que sucede, por ejemplo, en El delirio de Turing  (2002), en la que la alternancia de voces en segunda y tercera persona no consigue un relieve particular para una u otra línea narrativa—. Es como si Norte cruzara, en efecto, una y otra vez la frontera pero contara con pasaporte; su prosa es finalmente inmutable ante la violenta dinámica de la migración. La escenografía redundante obstruye algo más pertinente para la ficción: personajes e historias que, mediante un lenguaje en sí mismo inestable, fronterizo en una acepción no sólo geográfica sino literaria, rehúyan de lo ya conocido y entreguen no una tesis política sobre la migración sino una percepción incontrovertible de la experiencia hispana en El Imperio.

(Publicado en Letras Libres, México)

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