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El Ekeko y la Alasita

Una visión anacrónica, pero por ello mismo de cierto encanto, de la Alasita, escrita hacia más de 60 años. La Paz era otra. La visión del Ekeko, también

Alasita. Hacia 1914 la feria se instalaba en El Prado, llamado entonces La Alameda; después fue trasladada a la plaza Murillo, como se observa en las dos fotos del Archivo Cordero.

Alasita. Hacia 1914 la feria se instalaba en El Prado, llamado entonces La Alameda; después fue trasladada a la plaza Murillo, como se observa en las dos fotos del Archivo Cordero.

La Razón / Víctor Santa Cruz

00:00 / 22 de enero de 2012

Su origen es netamente aymara. Pero el Ekeko llegó a adquirir tal importancia, unas veces como curiosidad, otras, las más, por su poder sugestivo sobre el alma del pueblo, que su fiesta, la Alasita, asumió los caracteres de una gran feria. Hoy, más que el indio, celebran al festivo diosecillo aymara, las clases mestizas de La Paz.

“El Ekeko es la representación de un hombre pequeño de gran cabeza, vientre abultado, piernas muy cortas y de brazos largos y abiertos” (Gustavo Adolfo Otero). La descripción es incompleta. Se ha reducido a las dimensiones somáticas. Y falta lo sustancial: la psicología que se halla traducida en los rasgos del semblante. Sobre éste campea la más socarrona de las sonrisas. La ancha boca, descomunalmente desplegada, no llega, sin embargo, a esbozar el gesto grotesco. Antes bien, invita a reír, a burlarse del mundo y contagia un optimismo del hombre sano y satisfecho.

Dicen que fue el primitivo juguete de los niños indígenas, no ciertamente el único; pero sí el más socorrido. Y había obreros especializados en la fábrica de las tales estatuillas y cada vez se las hacen más y más rechonchas y pachorrudas.

Cuando vinieron al Alto Perú las primeras huestes del conquistado Pizarro, el Ekeko estaba boyando en el mundo de los juguetes infantiles. Empero, un buen día súpose que no estaba permitido fabricar más figuras que tuvieran forma humana. Era una orden del virrey Toledo, prohibiendo a los naturales del Perú labrar esculturas que tuvieran forma de hombres o animales, con el propósito de abolir cualquier tendencia hacia los cultos paganos. Como consecuencia, el juguete fue proscrito. De él sólo quedó el recuerdo.

Pasaron varias generaciones. Las madres contaban alguna vez a sus hijos que maimaranaca (años atrás), los niños solían jugar con un bello muñeco, pero, cuando vinieron los hombres blancos, fueron despojados de él. Y lo describían valorándolo de esta manera: la cara risueña, para alegrar a los niños; la barriga grande, porque era muy glotón; las piernas cortas, para evitar que se escapara, y los brazos largos y bien abiertos para vestirlo fácilmente.

En la imaginación de los pequeños indígenas el Ekeko creció mucho y fue, gradualmente, convirtiéndose en leyenda. Su figura ventruda, imagen de tiempos bonancibles, cobró los relieves del mito. Y sin mucho andar, convirtióse en un dios. He ahí un extraño fenómeno: un prosaico juguete evolucionando, gracias al trabajo espiritual del indio, hasta la jerarquía de una divinidad.

Así llegamos a los últimos años de la Colonia. Los indios sólo conocen por vagas referencias la remota existencia del Ekeko. Pero se aprendió a pensar mucho en él. Y cómo no, si en sus tiempos todos eran felices y vivían en la abundancia. Eran tiempos de la buena suerte y de la riqueza. Véase cómo, de manera tan sencilla y lógica el Ekeko fue convirtiéndose en el dios de la fortuna. Lo reconocieron, no precisamente los indios, sino los criollos, que sufrían privaciones de toda laya. En lo íntimo se anhelaba su regreso.

Fue espectacular su reaparición. Tupac Catari había levantado sus huestes contra el poder de los españoles. Y los mestizos, que en el fondo eran partidarios del caudillo rebelde, vieron la ocasión de resucitar, a manera de sátira, al legendario Ekeko de los aymaras, después de dos siglos de proscripción. ¿Por qué a manera de sátira? Lo saben ya todos. Don Sebastián de Segurola y Machain, caballero de Calatrava, gobernador político militar de La Paz, durante aquel asedio, mostraba una semejanza bastante apreciable con el muñeco de marras: retaco,  de mofletes llenos y sonrosados, extremidades breves, etc. Así se explica la intención de los mestizos paceños.

Y un día de esos, cuando la ciudad de La Paz estaba cercada aún, aparecieron en el mercado las diminutas figuras de yeso, rememoración del legendario juguete y de la diminuta figura del señor Gobernador.

La gente del pueblo acogió con beneplácito al Ekeko, consagrándole un día de cada año: el de Alasita. En esta fiesta acostumbrase expender sólo Ekekos. A millares.

Luego aparecieron otras baratijas, especialmente juguetes, en torno a aquél. Gorros tejidos a la usanza aymara, para el juguete convertido en dios mitológico; “mangas” como usaban los indios de los Yungas; chalecos diminutos; ojotas estilizadas para cubrir sus pies, y luego, como era un dios viajero, que recién había llegado de su proscripción de tres siglos, alforjas bien repletas de provisiones. Alforjas en las que traía sus presentes para que en la casa donde se le acogiera no faltasen los víveres.

La competencia hizo crecer el aprovisionamiento del Ekeko. Ya no bastaron las diminutas alforjas, y fue preciso fabricarle asnos y mulas. También de yeso, para que llevaran las pequeñas cargas de coca, de chuño y papas. Después, vino la invasión de lo exótico. Las alforjas se llenaron de productos de otros países. La juguetería, que en los primeros años de Alasita era del todo vernácula, resultó acompañada de juguetes de importación, que disminuyeron el prestigio folklórico de la feria.

En los últimos años, se ha producido una favorable reacción, pues las autoridades edilicias, al mismo tiempo de estimular la Alasita, creando premios para los mejores trabajos, prohibieron la venta de objetos de manufactura extranjera. De esta manera, la tradicional feria popular retomó las características de comienzos del siglo pasado, cuando se encontraba en su apogeo, después de la vuelta del Ekeko.

En esos primeros tiempos, se realizaba en la plaza San Francisco, en cuyo mercado se exhibió por primera vez la figura del ídolo. Ahí permaneció hasta poco después de la intendencia, cuando las autoridades, para darle mayor prestigio, ordenaron su traslado a la Plaza de Armas.

Hacia el año 1914 se fue a la Alameda (avenida 16 de Julio), para volver, poco después a la plaza Murillo. Luego la llevaron a San Pedro.

(Publicado en 1948 en el libro conmemorativo ‘La Paz en su IV Centenario 1548-1948’, tomo III).

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