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‘El Compadre’ , generosa ópera

Esta semana cayó el telón de la temporada de ‘El Compadre’’, la ópera de Nicolás Suárez

Palenque La obra de Suárez y Córdova se basa en la vida de Palenque.

Palenque La obra de Suárez y Córdova se basa en la vida de Palenque. Foto: Fundación Orquesta Sinfónica

La Razón / Pablo Mendieta

02:00 / 04 de diciembre de 2011

Cuando a Harold Price le ofrecieron llevar a los escenarios la ópera Evita, el productor, no sólo que no dudó en aceptar la aventura sino que, a partir del libreto, pudo rápidamente formarse  una imagen visual de la puesta en escena y enarboló una frase histórica : “Ninguna ópera que empieza con un funeral puede ser mala”. La frase cobra vigencia en El Compadre, ópera compuesta en música por Nicolás Suárez Eyzaguirre y en texto por Verónica Córdova.

En efecto, el intenso preludio, rico en pluralidad de motivos musicales   transporta sutilmente al público a lo que luego de abrirse el telón se dibuja ante la vista: el funeral del compadre Palenque, paradigma del caudillo populista mediático. Esa escenificación llorosa y sagrada conduce a una vibrante música en concepción clásica fusionada a ritmos folklóricos (bailecitos, tinkus, cuecas) y también danzones y tango, expuestos a través de una polifacética Orquesta Sinfónica Nacional dirigida por Willy Pozadas, así como de grupos nativos e instrumentistas virtuosos. La música se robustece por un penetrante libreto de Córdova. Todo esto, en suma, deja indeleble la sentencia de Price, pues escuchamos y vimos una ópera nacional superlativa (inaugurada por un funeral), que tradujo escrupulosamente la veleidosa existencia del compadre.

Así, desfiló ante el público una legión de artistas: un Ricardo Estrada (Natalio), barítono nacional de quien ya no hay que abundar en comentarios pues su talento es sobradamente reconocido, no sólo por su canto sino también, y esta vez particularmente, por su innata capacidad escénica; o una Allison Stanford (Flor), soprano de voz y timbre tersos y elegancia en la emisión; o una sorprendente Paola Alcócer (Guillermina), mezzosoprano de voz fresca, dúctil y notable afinación; o un tenor como Pablo Henrich, que agradó con sus dotes de buen cantante y de lucimiento escénico, cuyo     desenvolvimiento sedujo al público al encarnar el espinoso rol de El compadre. A ellos se sumó Giovanno Salas (Honorato), bajo de profunda resonancia y fuerza expresiva en su voz, y la contralto Teresa Morales, de clara emisión vocal y acertada respuesta dramática a su papel de mujer del pueblo.

Hay que poner el acento en la impecable tarea de régisseur de Norma Quintana, que tuvo la virtud de unir apropiadamente las partes, es decir la música con el teatro, la plástica y la literatura; en el excelente y vistoso diseño de vestuario de Pilar Campuzano, cuyo acabado alcanzó su cumbre en el atuendo del personaje que encarnaba a la muerte; y en la profesional dirección histriónica a cargo de Percy Jiménez. Si bien el diseño de iluminación obtuvo efectos acertados, éstos, infelizmente, fueron esporádicos, y no se pudo lograr ni conferir enteramente un carácter expresivo a los objetos y al espacio.

 Merecidos aplausos para todos ellos que entregaron su arte y oficio a una noble causa: la puesta en escena de una generosa ópera nacional.

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