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Emilia en la distancia

Textos que Migran presentó una versión de la  obra de Lessing con dos directores

Emilia • La actriz Natalia Peña en el papel de Emilia Galotti.  Foto: Textos que Migran

Emilia • La actriz Natalia Peña en el papel de Emilia Galotti. Foto: Textos que Migran

La Razón / Mabel Franco - periodista

00:00 / 25 de agosto de 2013

El director boliviano Percy Jiménez y su colega alemán Tilman Raabke hicieron amistad antes aun de pensar en montar juntos Emilia Galotti, la obra del dramaturgo germano G. E. Lessing.

Uno se dejó conquistar por el teatro del otro; hubo una mediación del Goethe Institut para facilitar un trabajo conjunto y así, muy a tono con el sentido de Textos que Migran —el proyecto de Jiménez—, ambos decidieron que la historia de amor, poder e injusticia creada por Lessing en el siglo XVIII para apuntar contra la sociedad que le tocó atestiguar, tenía los elementos para migrar.

El resultado es una obra de dos horas y 20 minutos, tiempo suficiente para que el espectador se formule ya en la sala todo tipo de preguntas, no necesariamente acerca de la tragedia del amor entrampado por el poder cínico, sino sobre la elección de los codirectores para darle forma aquí y ahora.

El gran cuestionamiento tiene que ver, justamente, con el tiempo y el lugar en el que aterrizan la joven Emilia (Natalia Peña), su sumisa madre (Mariana Vargas), su distante padre (Pedro Grossman) y su novio el conde Appiani (Diego Revollo) —no todos muy bien avenidos con el poder del enamoradizo príncipe (Andrés Rojas)—, la amante despechada del príncipe, la condesa Orcina (Soledad Ardaya), y el manipulador marqués Marinelli (Cristian Mercado), una especie de Yago, quien en verdad maneja los hilos de la tragedia.

No es que las ropas modernas no puedan dialogar con títulos nobiliarios. No es que esté vedado inventarse otras realidades. Pero, como está planteada la Emilia de Jiménez y Raabke, su historia aparece tan distante, tan perdida en algún no-tiempo, no-lugar, que la razón tanto como la emoción se fatigan en el afán de conectar con las implicaciones morales, éticas o sociales de la obra.

Es en lo estético, en cambio, que surge el interés, aunque para los fines de una obra teatral esto no sea suficiente. Se presenta como desafiante el tono uniforme impuesto a la narración, la contención de los actores, el espacio vacío y oscuro detrás de una gran mesa que lo es todo: el despacho palaciego, el hogar de los Galotti, la casa de retiro del príncipe, la sociedad misma victimando a la más débil (un cuadro poderoso y bello el del final). Es vital, en todo ello, la labor de Cristian Mercado, Mariana Vargas, Soledad Ardaya y Pedro Grossman; son ellos los que hacen del fluir monótono de las palabras, de las miradas, un notable instrumento de disección. Oficio, se le llama. No es el caso de Natalia Peña y Andrés Rojas, debutantes en estas lides, que si bien cumplen su trabajo y se integran al conjunto, dejan entrever demasiado las marcaciones de la dirección.

La obra presentada en el Teatro Municipal devela un encuentro de miradas, de formas de trabajar, de concebir el teatro; parte y contraparte de similar peso: ¡Si tan sólo Emilia fuese más contemporánea nuestra!

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