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‘Empecé a tener conciencia de mi identidad...’

‘Empecé a tener conciencia de mi identidad...’

‘Empecé a tener conciencia de mi identidad...’

La Razón / Rosario Aquiín Chávez

00:00 / 18 de noviembre de 2012

Yo nací en un pueblito de la Amazonía boliviana llamado Riberalta, ubicado al noroeste del país, en el departamento del Beni, a pocos kilómetros de la frontera con Brasil. Desciendo por parte de mi madre de dos familias cruceñas, una de origen alemán, mi abuela y mi abuelo de origen español. Por el lado de mi padre, mi abuela era descendiente de españoles y mi abuelo era árabe libanés. La familia de mi madre es de Riberalta, la familia de mi padre es de Trinidad, la capital del departamento del Beni.

Riberalta, es un pueblo que se caracteriza por ser un crisol de nacionalidades extranjeras, ya que desde 1833 las tierras de la Amazonía fueron dispuestas por el Estado para su adjudicación y colonización por parte de extranjeros japoneses, belgas, suizos, españoles, israelitas, árabes, alemanes, etc. interesados en cultivar la tierra y combatir a los “salvajes”.

La familia de mi madre, era de clase media alta, debido a que mi abuelo era descendiente del conquistador Ñuflo de Chávez y a su vez era líder político y empresario. Durante muchos años, mi abuelo ocupó cargos de importancia en el pueblo (contralor, prefecto). Los padres de mi abuela, eran industriales del azúcar en Santa Cruz (eran dueños de un ingenio azucarero).

La familia de mi padre era de clase media baja, porque mi abuelo se vino de Líbano escapando de la Segunda Guerra Mundial, se dedicó a la crianza de ganado vacuno, pero como era apostador y le gustaba el alcohol, le fue muy mal. Mi abuela, por su parte, al ser abandonada por mi abuelo, tuvo que criar sola a sus dos hijos, logrando lo necesario para sobrevivir.

Mi padre no quiso estudiar, por lo que tuvo que ganarse la vida con lo que siempre fue su pasión: la ganadería. Fue durante muchos años de su vida capataz de las haciendas ganaderas de varias familias extranjeras ricas del lugar.

Mis padres se divorciaron, cuando yo tenía ocho años, me crié la mitad de mi vida con mi abuela materna y la otra mitad con mi abuela paterna, porque mis padres decidieron rehacer sus vidas.

Es precisamente en estas visitas que hacía a mi padre cuando empecé a tener conciencia de mi identidad de clase y de raza, obviamente, era una conciencia intuitiva, porque yo apenas tenía 14 años y no tenía idea de que se trataba de una clasificación jerárquica en razón de clase y de raza. Lo primero que empecé a ver era que a pesar de que mis familias ambas eran de raza blanca y ambas eran descendientes de extranjeros, lo blanco no tenía el mismo valor. La familia de mi madre despreciaba a mi padre porque era pobre. Y siempre criticaba a mi madre por haberse casado con un hombre que no pertenecía a la misma condición social que ella. Por otro lado, me di cuenta de que el patrón para el cual trabajaba mi padre tampoco lo apreciaba, y que mi padre era víctima de violencia y de maltratos permanentes.

En mis visitas al campo donde vivía mi padre, también observé que habían otras personas que no eran blancas, llamadas “chamas” (indígenas), que ayudaban a mi padre y que estaban en condiciones mil veces peores que la de mi padre. Tanto a mi padre, como a ellos, el patrón no les pagaba en dinero sino que les daba “víveres” o “habilito” en especie para que sobrevivan y siempre estaban endeudados y dependientes del dueño de la hacienda, era una vida miserable y en condiciones de servidumbre y esclavitud. Aún hoy, hay grupos étnicos en mi tierra que viven en condiciones de servidumbre y esclavitud, los patrones son dueños de la gente, de sus tierras y de sus recursos debido a las “deudas eternas” que se heredan entre los indígenas de generación en generación.

En cuanto a mí, yo sentía que el trato social que recibía variaba mucho, sea que me encontrase en Riberalta con la familia de mi madre o que me encontrase en Trinidad con la de mi padre. Cuando estaba con mi abuela materna era una adolescente privilegiada, estudiaba en los mejores colegios del pueblo, tenía ingreso a los lugares reservados a las familias poderosas del lugar y sólo se me permitía relacionarme con los hijos e hijas de las familias “decentes” como decía mi abuela, no podía establecer amistad con la gente indígena que, por cierto, vivía en lo que en Riberalta se conoce como “El barranco”, que son las tierras de lecho del río Beni que pasa a orillas del pueblo (mi pueblo es uno de los pueblos más racistas, machistas y homofóbicos de Bolivia).

Cuando estaba con mi padre, automáticamente perdía todos esos privilegios. Y lo primero que ocurría era que ya no estudiaba en colegios privados, sino en colegios públicos, allí interactuaba con otras realidades dramáticas, similares a la de mi padre. En el colegio público empecé a darme cuenta de que los blancos éramos pocos y que, sin embargo, gozábamos de algunos privilegios. Yo siempre fui muy estudiosa, era la mejor alumna de los colegios en los que estudiaba, también descubrí que eso, unido al hecho que era blanca, me hacía más privilegiada y poderosa. Entendí pronto, que el “conocimiento es poder”, y ese descubrimiento me ayudó a sobrevivir.

A mis 18 años, ya tenía claro que la única manera de no repetir el destino de mi padre, era estudiar y migré a La Paz, donde vivo hace 27 años. En esta ciudad, mi problema no fue de raza ni de clase, sino de género y de sexualidad. Me sentía discriminada por ser “mujer beniana”. Cuando llegué a La Paz, en 1982, la mujer beniana era estigmatizada como “bonita, vacía y prostituta”, entonces tuve que enfrentar en la universidad mucho acoso por parte de los docentes y amenazas respecto de quitarme la beca que había obtenido gracias a mis buenas calificaciones de colegiala.

En La Paz, también aprendí, que no era lo mismo ser oriunda de una ciudad capital, que haber llegado de una provincia; en esa época había mucho desprecio hacia los provincianos que llegaban de fuera de la ciudad de La Paz y un culto grotesco hacia todo lo que venía de Europa o Estados Unidos. Pero lo que más me impactó en el altiplano fue la condición en la que vivía la mayoría de la población indígena aymara y quechua. Fue en esta ciudad donde empecé a entender que ser hombre y ser mujer eran dos cosas muy distintas, y en esa distinción las mujeres cargábamos con la peor parte. A partir de ahí, nació el primer brote de lo que luego sería mi militancia feminista.

En esta ciudad me casé, tuve mi primer hijo y formé una familia, conservadora y tradicional, tal como me habían enseñado mis abuelas.Sin embargo, después de ocho años de matrimonio, el amor se acabó y vino el divorcio y con el divorcio la frustración y la ansiedad de lo inconcluso. En ese momento de crisis y de rupturas existenciales apareció la que luego sería la primera compañera mujer de mi vida, y con ella, descubrí mi ser lesbiano, que hasta ese momento estaba ausente en mí. Con esa experiencia hermosa y a la vez aterradora en una sociedad como ésta, empecé  a tejer mi nueva identidad sexual, y frente a ella comienzan a revelarse los primeros signos de la homofobia y la discriminación social. Yo ya estaba terminando mi segunda maestría en Filosofía y Ciencia Política y gracias a la formación adquirida hasta ese momento, aparece en mí, un nuevo horizonte de posibilidad: el activismo trans, lésbico, gay y bisexual (TLGB) y Queer.

En estas andanzas de vida, conocí a María Lugones, y gracias a ella, y a otros pensadores contemporáneos, comenzó la radicalización de mis posturas políticas, ideológicas y de lucha social. Ahí me encontró este concurso, ahora más convencida que nunca, de que después de todo este recorrido, ya no hay retorno que no sea para tomar el impulso final.

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