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Encuentro en el teatro

El Fitaz ofrece las mejores obras nacionales y una  interesante participación extranjera

La Razón (Edición Impresa) / José Emperador

00:00 / 11 de abril de 2016

La gente del teatro agota su repertorio de adjetivos cuando alaba el trabajo de Maritza Wilde al frente del Festival Internacional de Teatro de La Paz (Fitaz), que la actriz, directora y gestora fundó en 1999 y que, aún dirigido por ella, ofrece su décima edición entre el 14 y el 24 de abril. Desde que se celebró la última hace dos años, Wilde y su equipo han acumulado muchas horas de trabajo y desvelos para presentar 34 obras de nueve países aparte de Bolivia, y talleres, charlas, representaciones para niños y otras actividades paralelas. “Lo alucinante es que se siga haciendo y que ya sea una institución.

Es muy difícil, Maritza lo hace con prácticamente todo en contra y a pulmón y aun así lo consigue, es como un milagro”, dice la dramaturga y actriz Camila Urioste, en una frase que se parece mucho a las que usan sus compañeros teatristas cuando hablan del Fitaz y de Wilde.

“Lo veía como un trabajo muy fuerte al planteármelo por primera vez, pero cuando se te mete el bicho…”, recuerda Wilde sobre los inicios del festival. Con el paso de los años el desafío sigue siendo igual o mayor porque el apoyo de la Alcaldía de La Paz se mantiene, pero los demás fluctúan mucho, en cada edición hay que comenzar otra vez las gestiones de auspicios y así es difícil la estabilidad. En ese aspecto el festival se parece al teatro mismo, porque cada vez que se inicia una nueva función nadie sabe bien qué es lo que va a pasar.

Las funciones del Fitaz van a mostrar obras de Argentina, Brasil, España, Francia, Italia, México, Paraguay, Perú y Uruguay, pero lo fuerte de la programación recaerá sobre los 26 grupos nacionales que llegan de Santa Cruz, Sucre, Cochabamba y La Paz. Porque el festival es internacional y supone una oportunidad para ver interesantes obras que por otros cauces difícilmente llegarían al país, pero también —y tal vez sobre todo— se ha convertido en la mejor muestra del teatro que se hace aquí. Diego Aramburo, de la compañía Kinkteatr, de Cochabamba, cree que “la producción teatral en Bolivia está aumentando en cantidad y calidad”. Kinkteatr presenta Morales, una obra que junto a Momo, de Octáfono, son “interesantes y están entrando con potencia, son propuestas muy novedosas” según Percy Jiménez, de Textos que migran, una compañía paceña que participa con su obra Tamayo, en una versión mejorada respecto a la que se estrenó hace un año en La Paz.

Los estrenos van a ser El conserje y El amante, de la nueva compañía Cinco palmas. Otras obras solo se han representado una o dos veces, como Momo o Delirio de Lara, un homenaje a la vida del pintor Raúl Lara por la compañía Mondaca Teatro. Las demás obras ya se han visto, lo que “no debería llamar la atención, porque es algo normal en la mayoría de los festivales, que en principio no son el lugar para estrenar”, según la directora de Octáfono, Wara Cajías. Todo depende del criterio de quien selecciona —en este caso Wilde— que parece haber apostado por lo que Jiménez califica de “obras maduras”. De todas formas, la falta de estrenos también puede tener una razón de ser en que la producción nacional, a pesar de que aumente, como afirma Aramburo, sigue siendo baja: una acotación que él mismo añade. O tal vez sea un síntoma de que “la maquinita de producción teatral se ha quedado sin gasolina”, como sospecha Jiménez.

Claudia Andrade, de Moncada Teatro, es de esta opinión y considera que producir nuevas obras “se pone más difícil cada vez, sobre todo porque falta sensibilidad en las instituciones públicas y privadas… soñar en grande es ya casi imposible, es un gran problema”. “Es una paradoja: no hay apoyo pero se hace más y mejor”, sentencia Aramburo. “Es verdad que hay poca producción, y esto se plantea siempre antes de que empiecen los festivales, pero cuando terminan se olvida hasta el año siguiente, así nunca pasa nada”, asegura Cajías, quien —como el resto de los teatristas— considera que no hay solución hasta que el Estado se interese más por la cultura, apruebe una legislación, invierta más y facilite que los privados también lo hagan.

Si montar una obra resulta muy complicado, organizar un evento como el Fitaz lo es mucho más. Pero esos problemas se olvidan cada año el día que comienza. “El público asiste, los artistas se unen y participan… eso no cambia y es su éxito”, asegura Urioste, que se considera “hija del Fitaz” porque en él vio obras que le inspiraron a hacer teatro y porque, como muchos otros, se ha formado en sus talleres. Y sobre todo, será el público el que disfrute si sigue el consejo de Cajías: “Hay que aprovechar, solo son 10 días y hay que ver de todo: Rec de Fernando Arze, Mar del Teatro de los Andes, Princesas de Masticadero, Morales, las producciones infantiles… Este año la programación es muy interesante”.

Una fiesta que mantiene su identidad con pasión y coraje

La energía creadora del Fitaz alimenta los sueños de los teatristas y los espectadores

Eduardo Calla - director teatral y dramaturgo

Han pasado 17 años desde el primer Fitaz. Fui espectador, y participante. Desde la primera edición, tuve la suerte de estar sentado en la platea, y estremecerme con algunas de las icónicas obras que se presentaron en él. Fui contagiado de energía creadora, generadora. Soñé desde la butaca con ser parte de esas filas, de esa grilla. Y así, cómo es la vida, con el tiempo y el trabajo, casi todas las obras que escribí, dirigí y produje se presentaron en su marco.

El Fitaz nació del impulso de crear una plataforma para el teatro nacional y de ser vitrina de buen teatro de afuera. Se gestó en medio del crecimiento de otros similares en la región. Y a diferencia de varios de ellos, aún permanece en pie.

Procuró hacer de la fiesta del teatro en La Paz una marca, elevar a la ciudad por unos días a un rango de capital internacional del teatro, teniendo que lidiar con la expectativa propia del espectador que fue formándose junto con él, y con todas las dificultades inherentes a una empresa tan grande. Se sostuvo en sus principios y procedimientos, contra un sinnúmero de embates. Se gestionó desde la independencia, sin ceder su identidad ante presiones ajenas a lo artístico, ni su patrimonio simbólico a cambio de apoyo. Uno puede estar de acuerdo o no con la selección de obras, pero en definitiva sabemos que no responde a otros intereses que no sean los curatoriales, propios de la dirección del Festival.

Como todo buen ente artístico, lidió con el éxito, con los errores y los fracasos. Se enfrenta en cada edición a la dificultad de la subsistencia, a la volatilidad de los públicos y de los apoyos. Mantiene su forma, defiende su personalidad, no negocia su ambición. Y de un modo u otro, trasciende. El Fitaz es Maritza Wilde. Es su pasión, mirada y coraje. Es su fiesta teatral que se dedica nuevamente a los paceños. Seguramente se puede observar o criticar muchas de sus decisiones, y se pueden concebir muchas otras formas de crear y sostener un festival internacional, pero pocas personas en el mundo pueden decir que lograron sostenerlo durante 17 años, alcanzando al público y marcando a varias generaciones. Es un sueño motor de muchos otros sueños, al que gran cantidad de creadores deben gran parte de su crecimiento. Yo, entre ellos.

Maritza es directa, sin filtro, intuitiva y luchadora. Así entonces es y debe ser el Fitaz. Debe ser una plataforma en la que se reivindique la profesión del teatrista en nuestro país. En la que se resitúe la lucha, se defienda la creación libre y corrosiva para el status quo, la independencia, la creación. Si sostiene esos principios, seguirá siendo una fiesta del teatro, la mayor de nuestra ciudad.

Este año, después de varias ediciones, nuevamente disfrutaré el Fitaz desde la platea. Seguramente me estremeceré, aplaudiré con ganas, renegaré, pensaré que pudo ser mejor, aprenderé y seguramente sentiré la necesidad de seguir siendo participante activo del teatro. Militante. Si el Fitaz mantiene su identidad, seguramente me llenará nuevamente de energía creadora, generadora.

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