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Encuentros con el arte y con Roberto Valcárcel

En el Museo de Arte Contemporáneo de Santa Cruz, el artista conduce una aproximación distinta al hecho artístico

valcárcel •   El artista y docente en una fotografía tomada en La Paz. Foto: Andrés Rojas-archivo

Valcárcel • El artista y docente en una fotografía tomada en La Paz. Foto: Andrés Rojas-archivo

La Razón / Jorge Ortuño Luna - periodista

00:00 / 21 de julio de 2013

Se suele escuchar en La Paz que hacen falta espacios de formación en arte para difundir el placer estético y valorar el trabajo de los artistas bolivianos. En Santa Cruz la falta de estos espacios es aún más notoria. De hecho, el nivel de la Bienal de Arte que se organiza en Santa Cruz no iguala al de la Bienal Siart que organiza en La Paz la Fundación Visión Cultural. Sin embargo, en el trayecto se encuentran algunas iniciativas saludables que buscan compensar estas falencias.

Una de ellas se lanzó en el Museo de Arte Contemporáneo de Santa Cruz el 9 de mayo. Se trata de un ciclo de diez charlas titulado Encuentros con el arte, dirigido a todo público, gratuito y en marcha hasta el mes de agosto. El expositor es Roberto Valcárcel, conocido artista, crítico de arte y catedrático, un referente de la escena artística boliviana. Se conoce también que este ciclo está organizado por el Gobierno Municipal, a través de la Dirección de Cultura, Patrimonio y Turismo.

En cada charla, Valcárcel aborda la obra de un artista local, no sin antes armar unos prólogos con diapositivas que resultan muy didácticos. El ciclo se monta aprovechando la exposición permanente del Museo, donde se exhiben obras de Armando Jordán, Tito Kuramoto, Marcelo Callaú, Herminio Pedraza, Sergio Antelo, Valia Carvalho, Raquel Schwartz, Rodrigo Rada, Jorge Padilla y Luis Zilveti.

Al inicio de la sesión, Valcárcel deja muy clara su convicción: “Hay que eliminar la presentación del arte como rito, como una costumbre o algo repetitivo”. Así, el expositor insta a los asistentes a una visión diferente: “El arte puede cambiar algo en tu vida. Si no buscas eso en una obra ¿qué haces aquí?”, interroga con contundencia.

Consecuente con el corpus teórico que viene desarrollando, Valcárcel defiende la posición de que poco importa saber qué quiso decir Van Gogh o cualquier otro artista con sus cuadros. En realidad, a su parecer, lo que debe importar siempre es: ¿qué puede darme la obra a mí, como ser humano y no como especialista? ¿En qué cambia mi percepción de las cosas la interpretación de tal o cual obra? Así Valcárcel resta importancia al papel del autor, se concentra exclusivamente en la obra.

Y va más allá. “El objeto artístico —señala— es un objeto muerto; no se le puede achacar ninguna responsabilidad de lo que pase o no pase”. Lo encara en tanto que signo polisémico desprovisto de responsabilidades. La capacidad de otorgar significados debe venir del receptor de la obra, de aquel que se acerca a ella. En otras palabras, una vez que el cuadro se ha terminado, adquiere vida propia —en este sentido es igual que el libro—. En adelante, poco importa lo que el autor diga que quiso decir. Valcárcel reivindica la completa autonomía de la relación del cuadro o la obra con el espectador.  

Al principio algunos asistentes se mostraron contrarios a la propuesta. Pedían que se le otorgue importancia a las maniobras persuasivas del artista, el cual, usando artificios técnicos, siempre podrá invitar a que se lea una obra de tal o cual manera. Esto es lo que decían. Pero incluso cuando se trata una pintura realista, como la titulada El artista y su modelo de Tito Kuramoto se evidencia la existencia de múltiples lecturas posibles. Esto lo constatamos cuando, al final de cada charla, pasamos a la sala donde se expone el cuadro en cuestión, superando así las limitaciones de las imágenes en diapositivas. Ahí Valcárcel actúa como guía elaborando preguntas del tipo: ¿qué creen que pasó antes en este cuadro? Miradas siempre muchas, aquel día no faltó una señora que creyó ver la intención oculta de un asesinato en esa pintura, mientras comentaba casi horrorizada con una jerga salida de un diván psicoanalítico.

Pero lo más curioso ocurrió el jueves 11 de julio. En la ocasión, Valcárcel presentó un dibujo del artista visual Douglas Rodrigo Rada. La intención de Valcárcel era continuar la hermenéutica de los encuentros, generar las condiciones para que registremos lo que la obra provoca en nosotros. Pero aquella noche no contábamos con que el mismo Rada estaba presente. El aludido tuvo la infelicidad de sucumbir ante los afanes de su ego e interrumpió la exposición para defender la interpretación de lo que había querido decir. Habló tanto —recordándonos además que su obra había ganado un premio— que poco espacio nos quedó a los asistentes para dialogar con la obra. Aquella intervención ostentosa, que fue bien reconducida por Valcárcel, evaporó mayores ánimos entre los presentes para seguir desmenuzando la obra.

Pero, contra lo que se podría pensar, el suceso de escuchar a un individuo haciendo de juez y parte fue positivo, pues terminó de alimentar la premisa teórica de Valcárcel, que reza: ¡Qué importa lo que haya querido decir el artista o lo que él piense de su cuadro! Lo que importa es si tal o cual obra puede transformar algo en mi propia vida, en mi visión, si puede darme algo. No en vano, el mismo Gilles Deleuze solía decir que no tenía ninguna necesidad de conocer en persona a los que lo leían, pues “él podría decepcionarse de ellos, y ellos más aún de él”. Ya era suficiente con las simbiosis impersonales que se daban a nivel de las ideas, a través de relaciones imperceptibles. Ante todo, los encuentros no son con personas sino con líneas, conceptos, musiquillas, sonidos…

Todavía existe algo que no termina de cuadrar en la propuesta de Valcárcel, pero no es asunto de discusión. Tiene que ver con una diferencia de enfoques. Según su concepto de lectura (reactivo), el problema es “qué puede darme la obra para mi vida”; es decir, cómo cada quien reacciona a lo que ofrece la obra. En cambio, nosotros partimos de otro concepto de lectura (activo), donde el problema es “qué y cómo me apropio de la obra en favor de mi propio trabajo (o de mi vida)”. En todo caso, ambas visiones rechazan el concepto de lectura en tanto que acto de descifrar un significado preexistente.

Esta diferencia de enfoques hace toda la diferencia porque, mientras Valcárcel parece reivindicar una teoría muy anárquica del arte, en el fondo todavía respeta demasiado las condiciones tradicionales del arte desde la Modernidad. Según estas condiciones, arte es aquello que se expone en un espacio legitimador, un objeto colgado en la pared de un museo o una galería, y donde la gente debe ir a admirarlo reconociéndolo como arte por el hecho básico de estar expuesto. Entonces ¿por qué el respeto por las instituciones legitimadoras del sistema de arte, si de lo que se trata es de eliminar a los intermediarios entre la obra y el espectador?  

Esta observación, esbozada a modo de apunte, no le resta brillo a la importancia de este espacio que se ha abierto gracias al talento y la vocación de profesor de Roberto Valcárcel. A él no le interesan mucho estas observaciones. Está convencido de que, más allá de los criterios formales como la métrica, la armonía, la composición, etcétera, lo que le da valor a una pintura o una escultura es algo muy personal, que el posar tu mirada en él te sirva para cambiar algo en tu vida, nuevas sensaciones, nuevas formas de leer la realidad. No lo plantea como un descubrimiento suyo, simplemente hace hincapié en que se trata de una postura con la que se siente más cercano. La invitación está hecha.

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