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Enrique Vila - matas ‘La realidad se está convirtiendo en una aventura interesante’

El autor español ha comenzado una nueva etapa, ya no se siente un escritor maldito

El País / Jesús Ruiz Mantilla

00:00 / 24 de junio de 2012

Un día, a la fuerza, Enrique Vila-Matas comprendió quizá que su estela de maldito le apretaba las costuras. Sufrió un colapso debido a la mala vida, deliró —no literariamente, sino literalmente— y tuvo suerte de seguir en este mundo. Uno va en busca de ese nuevo Vila-Matas, obsesionado con las fronteras vitales y creativas, empeñado en labrarse una ficción en puja con el espejo real donde se mira y aparece él mismo. Hoy encontramos a un hombre interesado más por la realidad e incluso por la felicidad, que no moja la ansiedad en alcohol y que sólo la baña en tinta. Crítico con la posmodernidad siendo posmoderno, juguetón, risueño y relajado al sentirse ya sin el peso de su propia leyenda, el autor de Aire de Dylan se empeña en alcanzar la autenticidad. ¿Y quién fue antes? ¿Quién era antes? ¿Una farsa? ¿Un meditado invento?

— En una conferencia que dio usted recientemente en la Biblioteca Nacional hablaba de la ligereza. ¿Qué es eso?

— Hacer del lenguaje un elemento sin peso que flota sobre las cosas como una nube. Se cuenta la anécdota del poeta Cavalcanti, que va por un cementerio de Florencia y se le acercan unos juerguistas que le dijeron: “Se le ve poco a usted de noche”. Y el respondió: “Ni de día”, y dio un salto sobre una tumba para pasarse al cementerio de al lado. Esto es interesante, sobre todo cuando te acosan.

— ¿Escabullirse?

— No, plantearse mirar al mundo con otra lógica, con imágenes de levedad, de ingravidez porque, como demuestra la ciencia, el mundo se apoya sobre entidades sutilísimas, como los mensajes del ADN, los impulsos de las neuronas, los quarks y los bytes que sustituyen a las máquinas de hierro. Estamos en manos de lo leve y no lo pesado. Esto hay que aplicarlo a la prosa y a la literatura y definirse. Me gusta recordárselo con perspectiva a quienes dijeron, cuando apareció la Historia abreviada de la Literatura portátil, que era light. Ha perdurado más que otras cosas pesadas. También lo decía Torrente Ballester, que la literatura española no estaba preparada para entender la ligereza de obras como el Quijote, por ejemplo, porque era una novela llena de humor.

— ¿Le gusta autoparodiarse? En esto, usted mismo es consciente de que ha cambiado. Antes quería ser un escritor maldito. ¿Y ahora?

— Bueno, yo nunca dije que quisiera serlo, pero de alguna manera me fui convirtiendo en ello, forma parte de los cambios que se producen en la vida de uno y también en la literatura, sigo siendo el mismo de la Historia abreviada, pero con los cambios que he sufrido y que me han producido mis lecturas, que han variado, como en todos. Hay quien dice también que no he cambiado, que en realidad sigo siendo el mismo, pero de forma más templada.

— ¿Qué le provocaba saltar de manera virulenta?

— Tampoco era tan agresivo, sólo de vez en cuando. ¿Parezco agresivo?

— Dicen, pero me cuesta creerlo.

— Los insultos no pasaban de decirle a alguien tonto; en serio, que yo sepa no pasaban de ahí. Quizá equivocadamente, tratando de mostrarme verdadero en todos los sentidos, con mi capacidad de seducción y al tiempo presentando mis defectos. Es una locura haberlo intentado, se consigue mejor escribiendo. Ahí estaba el lado oscuro también, ahora lo vuelco en mi escritura dentro de la etapa en la que actualmente me encuentro, que yo creo que es la tercera. Sigo con la indagación sobre mí mismo, pero con más profundidad que en las etapas anteriores.

— ¿El angustiado, el torturado, el que no se mostraba feliz? ¿Lo es ahora?

— Bueno, no me lo he planteado, no es algo que me interese especialmente. Dudo mucho que la palabra corresponda a su significado. Trato de estar bien, sentirme bien. Busco que las cosas me vayan bien, siempre ha sido así, pero ahora más. El otro día alguien me lo dijo, que las cosas me iban bien.

— ¿Demasiado bien?

— Yo le respondí que se trataba de esto, porque lo sentí casi como una acusación. Claro, yo me muevo para que todo vaya bien, consciente de que en algún momento se romperá esa dinámica, pero mientras pueda…

— Existe gente que desprecia la felicidad, como si fuera cosa de tontos, cuando en realidad es lo contrario.

— Quizá yo busco más el entusiasmo, o la pasión, son cosas que quedan mal vistas en el entorno literario, cuando en realidad sin ellas se pueden hacer pocas cosas.

— Y menos en literatura.

— El optimismo tampoco gusta, pero es una cosa de aquí, europea. Yo creo que se trata de buscar el buen rollo, buscar pequeñas satisfacciones cotidianas. En los últimos años he pasado por momentos interesantes que, probablemente, si se hubiesen producido en la época en la que bebía y tendía a mitificarlo todo y a exagerarlo me habría parecido que estaba en el paraíso. He logrado ahora mesurar los buenos momentos sin ningún tipo de droga que me despiste de la normalidad, de la realidad. En ese sentido he ido acumulando experiencias muy interesantes sin que pasen de ser modestas, digamos, aunque las haya disfrutado con mayor plenitud que en otras ocasiones.

— ¿La bebida, en usted, angustiaba y distorsionaba la vida hasta puntos sobredimensionados?

— Hasta el punto de creerme genial a veces por decir algo que no eran más que estupideces. Exageras. A mí me encanta lo que me dijo el otro día Juan Marsé. Él es muy preciso. Me dijo: “Creo que te vas acercando cautelosamente a la realidad”. Aquí es fundamental el “cautelosamente”. Está perfectamente expresado, es más, creo que mi vida se dirige ahora a representar el papel que me ha marcado él en este sentido.

— ¿Cautelosamente real?

— Es cierto, me asombra ahora la realidad, a medida que me acerco a ella. Me asombran cosas como algo que escribí en un artículo un día que iba caminando por la calle y una mujer que hablaba por teléfono móvil se desplomó. Se presentó un hecho que interfería en la vida. Recuerdo que escribí: ¿De modo que esta es la famosa realidad? La realidad se está convirtiendo en una aventura interesante para mí.

— ¿A lo mejor porque se está despojando de su personaje y es usted más persona?

— Voy aproximándome a ello.

— ¿Y eso sin contar que la búsqueda de una historia universal del fracaso por parte del protagonista de su última novela le siga atrayendo como tema?

— Él quiere fracasar y no fracasa. Esta idea ha interesado mucho, creo que la idea predominante del fracaso es social, pero existe uno más importante, el personal, la relación que uno tiene con su realidad, su mundo, su verdad, que no debe ser nunca traicionada. Mucha gente fracasa al traicionarse, eso es lo importante. Tus propios fracasos los conoces tú, cuando una novela no responde a la idea o al reto que tú te marcaste sobre ella. Ése es el fracaso que importa, no el que tengamos ante los demás. Yo creo en lo que Juan Benet definía como prestigio propio. Pero también creo que nunca existe el fracaso total, como tampoco existe el éxito total.

El éxito muchas veces conduce al infierno, como demuestran muchos casos en la historia de la humanidad.

— También la autoexigencia puede ser infernal.

— Sí, pero hace muy entretenida la vida. Aquí es muy importante también divertirse. En las memorias de Baroja aparece un señor a quien una vez le preguntaron: “¿Usted es Martínez?”. Y dijo: “No, me llamo Pérez, pero da igual porque lo importante es divertirse”. Acercarse cautelosamente a la realidad es algo que entretiene… Se llega al arte a veces para pasar el tiempo. Muchos de los grandes se han dedicado a crear para eso, para pasar el tiempo… Bien. Como dicen los portugueses: “Façer horas”. Hay gente que no admite esto. Se muestran como profetas, como grandes dogmáticos, eso les da una categoría, pero es todo una gran hipocresía.

— A ver si va a ser cierta esa impresión que yo tenía con respecto a usted ahora. Parece usted una farsa de sí mismo. Alguien mucho más original que la copia de antes. Abierto, educado, insisto, con perdón, feliz, ligero, menos obsesionado con la literatura como tótem…

— No deseo tener que excusarme de nada, ni arrepentirme, estoy más allá de tener que dar explicaciones.

— Parece hasta más humilde. ¿Lo es?

— No creo que lo haya sido nunca. Eso sí, soy muy vanidoso. Bueno, dejemos este tema porque habrá quien diga… Soy tímido. Digamos que dejé el viaje interior y ahora estoy en el exterior.

— ¿Se cansó usted de sí mismo?

— El viaje anterior es muy pueril. La prueba son los que hacía al extranjero, de joven. Vas a lugares maravillosos, pero no ves nada, ni contemplas, porque, en realidad, el viaje es para mirarte a ti mismo. Ahora uno llega a un lugar, examina, estudia y ve.

— Usted ha creado un propio canon estético, literario, contracorriente, ¿fue a propósito?

— Sí y existe en él una jerarquía, aunque puedan estar equivocadas. Para mí, los Rolling Stones serán más que Madonna. ¿Por qué? Porque arriesgan y hacen algo que no se había hecho antes. Crean un mundo propio, y los demás salen de ahí sin aportar nada.

— ¿Los imitadores de ese canon, no cree que dañan demasiado el original?

— Quizá sea culpa mía. Muchos se creen que con unas citas literarias está todo arreglado, pero no se trata de esto. Son equívocos que se producen. Pero yo me transformo continuamente, cambio, por eso es difícil acercarse a mí, me cuesta a mí acercarme a mí mismo.

— Eso sí que es posmoderno, oiga.

— Una vez, en una ciudad española lo oí por primera vez: Sal y trata de no ser posmoderno, por favor. Fue la primera vez que escuché esa palabra aplicada a mí mismo.

— Todo le sonríe, ¿hay algo que vaya mal?

— Bueno, lo de siempre: el ansia, la angustia, el núcleo duro de la conciencia, es lo que trato de exponer en mis novelas.

— ¿Y esa ansia la atemperaba antes con ayuda del alcohol y ahora no puede?

— Bueno, ahora me acerco al ansia con mucha tranquilidad, con nuevas formas de indagación literaria. Es la ventaja de los escritores, hasta la mayor desgracia la explotan. Como Pessoa: el poeta es un fingidor. Todo lo que me ha ocurrido, hasta el colapso que tuve hace años, lo he escrito como si fuera otra persona. Es una deformación interesante.

— Pero de ese colapso ni era usted consciente.

– No, lo atribuí a una resaca y a que había viajado a Argentina, esa mezcla me llevaba hacia delante, aunque me notaba más raro de lo normal. Me comportaba de manera excéntrica, podía cambiar tres veces de hotel al día, me parecía una gran aventura, aunque en Argentina ya no me podía ni mover.

— Pero se volvió loco entonces.

— Sí, me entró un delirio, un delirio interesante de todos modos. El viaje sin moverse del sitio. Pero me pasa en Barcelona, no salgo y la gente me pregunta, antes igual, podía dar información de cuatro o cinco discotecas, sin más, y ya muchos se creían que dominaba la noche barcelonesa. Pero eso está relacionado con la juventud, hay un momento en que la ciudad se vuelve toda tuya, después se convierte en algo extraño, a medida que envejeces.

— No le incomoda hablar de sus delirios, pero sí de su infancia. ¿Fue niño?

— Precisamente ahora, mis amigos de la orden del Finnegan’s hemos quedado en escribir de la infancia. Nos reunimos los 16 de junio en Dublín para homenajear a Joyce. Hemos quedado en escribir conjuntamente un libro sobre ello.

— ¿En un escritor que ha sido maldito cabe un niño maldito, o fue usted feliz?

— Sí, no hubo complicaciones, ni conflictos.

— ¿Cómo era?

— He pensado en la primera frase de lo que escribiré y es: “No tengo recuerdos de la infancia”. A partir de ahí voy a empezar a tenerlos, estoy seguro.

— Alguno habrá. El colegio, por ejemplo.

— Era el de los hermanos maristas, en el paseo de San Juan, un territorio mítico para mí… No sé, pregúntame algo.

— ¿Conflictos con los curas?

— No, no, no. Eran unos curas que después se salían de la orden. Las clases de religión eran pésimas, muy bajas de tono, bajo mi perspectiva de niño de 11 o 12 años. Los niños tienen una mirada crítica, se dan cuenta.

— Son niños, pero no son tontos.

— Claro, lo mismo que sabían si los profesores eran buenos o no. Llevaban como un drama que su fundador no hubiese llegado a santo, que se hubiese quedado en beato, y a nosotros eso nos parecía como de segunda. Luego fui a los jesuitas de la calle de Caspe y ahí sí había rigor, ahí iba en serio, a las ocho de la mañana, misa diaria.

— ¿Familia acomodada?

— Bueno, burguesía media, tuvimos problemas económicos, mi padre se hizo a sí mismo, tiene 90 años, se dedicó a la construcción y fue concejal de Unió Democrática.

— ¿Y su madre? ¿Le marcó como escritor maldito?

— Una madre y un padre maravillosos, asombrosos. Miran todo lo que hago. Me debieron de ver un poco extravagante, pero no lo sé. Quería dedicarme a la escritura y eso no rendía económicamente. No había el menor porvenir, por eso estudié Derecho.

— ¿Hermanos?

— Sí, tres; soy el mayor y eso me ha convertido en un ser muy responsable a la larga. Hizo recaer en mí una presencia cuando el padre estaba ausente. Se me inculcó un espíritu de lucha y de trabajo en el que siempre me he movido, a pesar de todos mis devaneos.

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