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Entusiasmo animal

Octáfono presenta la obra de radio teatro escénico ‘Rebelión en la granja’, basada en la novela de Orwell, con dos representaciones que probablemente sean las últimas de la compañía.

Ingenio. Desde la derecha, Dal Pero, Toledo, Cajías y Rosado posan con las máscaras que visten en la obra.

Ingenio. Desde la derecha, Dal Pero, Toledo, Cajías y Rosado posan con las máscaras que visten en la obra.

La Razón (Edición Impresa) / José Emperador / La Paz

00:00 / 23 de julio de 2017

Los animales que protagonizan Rebelión en la granja son contemporáneos a los animales de los años dorados de Disney. Y opuestos a ellos. Frente a los colores y las formas agradables, la felicidad de falsete y el mensaje acomodaticio que ofrecen los dibujos norteamericanos, los personajes de la novela que el británico George Orwell publicó en 1943 protagonizan una sátira despiadada y dolorosa que, aun con toques de humor, refleja buena parte de lo peor del ser humano y de su producto más refinado: la política. Muchos han visto en esta obra —como en 1984, del mismo autor— una profecía cumplida. Entre ellos la compañía Octáfono, que presentará el sábado 22 y el domingo 23 en el Teatro Municipal una versión de Rebelión en la granja adaptada a la historia boliviana y en radio teatro escénico. Dos funciones especiales porque probablemente sean las últimas de la compañía, pues su ideóloga, directora , escritora y productora, Wara Cajías, se va a vivir y trabajar al extranjero.

Octáfono lleva cinco años de trabajo para crear obras en un formato tan propio que, según dice Cajías, “todavía no está en el diccionario de las artes”: el radio teatro escénico. Con La ratonera comenzaron haciendo radio teatro en vivo, que ya era una forma de ir más allá de la lectura dramatizada de un texto porque implicaba un exigente trabajo actoral. Continuaron con Drácula y Momo, desprendiéndose de, o reduciendo al mínimo, otros elementos típicos del teatro como la escenografía, el vestuario o los efectos de luces y creando un espectáculo que recurre casi exclusivamente al talento del actor que, además, tiene mucho de músico.

Se trata de un alarde de creatividad muy relacionado con el principio universal de que el hambre agudiza el ingenio. “Cuando empezamos con Octáfono reduje los costos de producción, como en escenografía y en escenario, que normalmente se come hasta el 80 del presupuesto y solo el 20 queda para intérpretes y creadores. La meta era crear un modelo de gestión para que al menos el 60 por ciento pudiera ir a los que lo trabajan, y lo hemos logrado”, dice Cajías. Así la compañía se sostiene ella misma y consigue sobrevivir en un ambiente de sequía casi permanente.

En Europa funciona toda una industria de la cultura y las obras se mantienen en cartelera durante años, con hasta 400 representaciones. En Bolivia, en cambio, faltan los espacios escénicos y el apoyo de las administraciones, las empresas privadas y del público. No se sabe muy bien cuál de estas razones es la causa y cuál, la consecuencia, pero el hecho es que entre todas dificultan crear una sector cultural solvente. Así resulta muy difícil mantener una obra de teatro, de danza o de cualquier arte escénica de gira y produciendo ingresos. La directora pone el ejemplo de Octáfono: “Drácula la hemos pasado 24 veces, La ratonera 18 y Momo, 12. Considerando lo que hay hemos tenido muchas funciones”.

Los esfuerzos individuales se deben calificar de encomiables y aportan mucho, desde luego, pero queda claro que no bastan. “Cada 14 meses hago una producción, y eso es poco para un director o una escritora. Soy artista, tengo que producir más y encuentro muchas dificultades aquí. Por eso vuelvo a emigrar. Rebelión en la granja es mi despedida, aunque tal vez pueda venir una vez al año a montar una obra, ya veremos”. En septiembre Cajías se trasladará de vuelta a Alemania, donde comenzó su carrera, pasando antes unos meses por España para hacer una maestría en artes del espectáculo en Sevilla. Antes de irse presenta esta adaptación de la obra de Orwell, con la que el radio teatro escénico de Octáfono da otro paso en el más difícil todavía.

Las cinco personas que se suben al escenario interpretan a 22 animales con comportamientos muy humanos. Bernardo Rosado, Glenda Rodríguez, María Teresa Dal Pero, Mauricio Toledo y Sachiko Sakuma forman un elenco de músicos que hacen de actores y de actores que hacen de músicos, intercambiando habilidades hasta alcanzar un equilibrio.

Así enfrentan lo que Dal Pero califica de “gran desafío”: dar vida a los varios personajes que cada uno le toca mientras interpretan la música y los efectos sonoros, que no salen de una computadora sino de sus propias voces y de cacharros de lo más común, entre ellos sartenes y ollas. Aunque también utilizan algunos instrumentos. Los de toda la vida, como charangos, bombos y un piano, y otros bastante raros: unas campanas traídas del Tirol —en los Alpes que comparten Austria e Italia— una tuba de plástico y el tubulúm o tubófono, un engendro a base de tubos de PVC que no pertenece ni a la familia de viento ni a la de percusión, que construyó Rosado y que cuando Toledo lo toca con unas chancletas suena más que correctamente.

Contraste. Mediante estos instrumentos “la música ayuda mucho a que se entienda en argumento, nos permite transitar por la obra y nos sitúa en pasajes históricos bolivianos, en épocas diferentes”, explica Sakuma. La componen varias canciones que ha escrito Cajías y que suenan en diferentes versiones a base de irse transformando según el momento dramático. El tecno pop evoca la tecnología y el progreso. Las melodías ochenteras de balada amorosa y tranquila suenan para ilustrar la llegada de la democracia tras las dictaduras. El espíritu fuerte y de pelea del tinku representa la rebelión. A los perversos chanchos se les acompaña con un bailecito, una música agradable y hermosa que contrasta con unos textos que describen el poder despiadado, que no busca otro bien que el suyo mismo ni tiene más proyecto que el de hacerse eterno.

Los textos se basan en lo que escribió Orwell y por eso parten del mismo mensaje de denuncia de quienes se roban la confianza del pueblo para convertir los sueños de libertad en pesadillas de opresión. Pero todo salpicado de guiños al pasado de Bolivia que el espectador podrá captar solo si está atento, porque se muestran con mucha sutileza, sugiriendo más que diciendo.

Los personajes, los animales que se ilusionan cuando derrocan al humano que gobierna la granja, ponen todo de su parte y luego se hunden en el desengaño, también refuerzan el trazo boliviano de la adaptación de Octáfono. La yegua que aparece en la novela en la obra es una llama; en el escenario no hay un caballo de tiro sino un buey, e incluso aparece un pollito punk que acerca la acción al siglo XXI y al ambiente urbano.

Así, Rebelión en la granja se esfuerza en respetar la idea original de Orwell aunque no se queda estancada en ella y le da una vuelta para acercarla aún más al espectador. Dal Pero aclara que “tras el tema central, tan conocido, en lo que nos centramos realmente es en la responsabilidad personal, en qué hacemos cada cual para enfrentar lo que sucede”. Cajías lo interpreta igual pero al revés: “es más darse cuenta de lo que no hacemos, de cómo cerramos la boca, de que caemos en la comodidad del noimportismo”. Porque esta obra de radio teatro escénico transmite un mensaje de lucha contra la adversidad que tal vez tome más fuerza al llegar en la voz de una gente que sabe bien de lo que habla porque está acostumbrada a dar la cara por una causa, el teatro, que muchos con menos entusiasmo considerarían casi perdida.

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