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Escándalo Americano

Escándalo americano

Escándalo americano

La Razón (Edición Impresa) / Pedro Susz K. - crítico de cine

00:00 / 02 de marzo de 2014

El simulacro, la falsificación, la impostura. Tales son las pautas de comportamiento de los personajes de la última película de David O’Russell, inspirada en un hecho que realmente sucedió, como se cuida de advertir, en el modo del guiño travieso, la leyenda incluida al principio del relato.

“Algo de esto realmente sucedió” avisa el texto en cuestión. El recurso, al contrario del uso habitual, no pretende convertirse en la coartada justificativa de una trama lo suficientemente alocada para ser tomada por una pura fabulación de guionista.

En el fondo, al director le interesa un comino que creamos o no estar enfrente de una trama basada en sucesos de verdad acaecidos en los años 70. La trama recrea las modas y obsesiones de esos años con una deliberada pizca de exceso, suficiente para deslizarla desde el atestado a la casi caricatura de un tiempo y de unas circunstancias que, sin embargo, bien pueden ser vistas como un fresco perfectamente actual.

Vivimos, en efecto, el tiempo del simulacro. Nada es lo que parece. Nadie es quien dice ser. Los medios nos sumergen a diario en una realidad paralela, construida para garantizar la reproducción del poder, sea del signo que fuera. Y para establecer normas de comportamiento y referentes axiológicos que privilegian el tener sobre el ser, convirtiendo al último desodorante en la clave de la felicidad al alcance de cualquier bolsillo, o casi.

Es también el tiempo de la insignificancia, Castoriadis dixit. La presunta exacerbación del individualismo enmascara el bloqueo de la libertad de optar uno mismo de acuerdo a una visión razonada del entorno. Así nos instalamos en el puro sucedáneo, en el simulacro de la elección crítica, que es reemplazada por la imitación condicionada del “se dice”, “se hace”. Estas pautas de opción entre tenues variantes de lo mismo son suministradas por las pantallas frente a las cuales cada noche se apoltronan millones para asomarse a ese sucedáneo de lo real, convenientemente promiscuo para que dé la impresión de tener trascendencia, o lo contrario: el escándalo protagonizado por la estrella en boga y la carnicería siria, los gruñidos de Mourinho y el drama de la República Centroafricana.

Me disculpo por este excurso, forzadamente apocalíptico juzgarán algunos, pero cuando Irving Rosenfeld maniobra de manera laboriosa frente al espejo para acomodarse el peluquín, percibí que Rusell nos introduce sin mayor demora en el ámbito del disimulo y la falsificación.

El episodio inspirador se conoció a fines de los 70 como The Abscam Affair, denominación que mixturaba ab de árabe y scam de fraude. Consistió en el montaje de una trampa por el FBI en complicidad con un estafador de poca monta para inventar un sheik árabe interesado en invertir dos millones de petrodólares y así coger con las manos en la masa a docena y media de políticos implicados en negocios turbios.

Irving, el del peluquín, su esposa, su amante, otro estafador de cuarta, la mujer de éste y un bizarro agente de Inteligencia son los protagonistas de esa anécdota. La película, consecuente con su interés por las apariencias antes que por las evidencias, aparenta un regreso con nostalgia los 70, a Travolta y Fiebre de sábado por la noche, por ejemplo. O al Pacino de Serpico. O, en general, a los usos y costumbres de ese momento de locura alentado por un pasajero boom económico norteamericano.

Sin embargo, la profusión de tacones de alturas inverosímiles, peinados estrafalarios o escotes imposibles desvía muy pronto el tono del tributo a la parodia. Y a un ensayo sobre la necesidad de ser otro que los personajes asumen en clave de enmascaramiento y de la puesta en escena de sus comportamientos simulados para lograrlo.

No obstante su carácter de película coral, en la que, apuntó alguien, cada personaje tiene sus razones, el punto fuerte está en la interpretación de los protagonistas. Todos caminan por la cornisa de la bufonada, pero consiguen permanecer a centímetros del vacío, incluyendo la sorpresiva aparición de Robert de Niro en el rol de un semicalvo y pasado de kilos sicario del capo mafia Meyer Lansky. Más allá de la brevedad de su presencia, ofrece una de sus más sólidas interpretaciones de las últimas dos décadas.

Por lo demás, Russell explicó en varias entrevistas que le preocupó en todo momento vincular un personaje con los otros presentes en cada escena, haciendo que el punto de vista de la cámara se desplace sin previo aviso en una suerte de espasmódico ballet visual improvisado. Así la atmósfera parece estar siempre a punto de un estallido finalmente postergado.

Escándalo americano, equívoca traducción de un título que en el original alude más bien a engaño, no es un trabajo propicio para la valoración unánime de los cronistas. El énfasis en los gestos y en los atuendos bien puede resultar desmedido para quienes hubiesen preferido mayor concentración en la trama o mayor ahondamiento en las trapacerías de políticos y picapleitos afanados en timar incautos con promesas de plata dulce a partir de la tramposa promesa de acceso con poco o ningún esfuerzo a suculentas ganancias fáciles. Tales maniobras son apenas el pretexto, y ello provoca por momentos una sensación de superficialidad o de renuencia a meterse en honduras respecto a estafas que a las víctimas con seguridad no les deben haber parecido nada graciosas.

El mismo hecho de banalizar hasta cierto punto la corrupción pública que la celada montada por el FBI quiso en su momento sacar a luz constituye una opción discutible, sobre todo porque esas no del todo ingenuas maniobras con el dinero ajeno fueron los primeros síntomas de una extendida e irresponsable manipulación de los créditos que terminó en el estallido de la “burbuja financiera” causante de la actual crisis capitalista aún no superada.

Con todo y la validez de estas observaciones, la película de Russell no deja de ser una glamorosa tomadura de pelo a las imposiciones de la moda. A las ridículas vestimentas y ademanes puestos a circular por operaciones comerciales y adoptadas por las masas merced a la machacona publicidad de los medios que las convierten en el obligatorio signo de estar incluido, al día, atento a la voz de mando del “se usa”, “se hace”, en definitiva, “se es”.

Ficha técnica

Título original: American Hustle. Dirección: David O. Russell. Guión: Eric Warren Singer, David O. Russell. Fotografía: Linus Sandgren. Montaje: Alan Baumgarten, Jay Cassidy, Crispin Struthers. Diseño: Judy Becker. Arte: Jesse Rosenthal. Maquillaje: Carla Antonino, Rob Fitz, Jeri La Shay. Efectos: John Ruggieri, Brian Drewes. Música: Danny Elfman. Producción: Matthew Budman, Bradley Cooper, Megan Ellison, Jonathan Gordon. Intérpretes: Christian Bale, Bradley Cooper, Amy Adams, Jeremy Renner, Jennifer Lawrence, Louis C.K., Jack Huston, Michael Peña, Shea Whigham, Alessandro Nivola, Elisabeth Röhm, Paul Herman, Saïd Taghmaoui, Matthew Russell, Thomas Matthews, Adrián Martínez. USA/2013.

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