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Escobar: El paraíso perdido

La ópera prima del italiano Andrea Di Stefano se decanta, como tantas producciones, por la ‘viral’ imagen de Pablo Escobar Gaviria

Pablo Escobar. Foto: anim-arte.com

Pablo Escobar. Foto: anim-arte.com

La Razón (Edición Impresa) / Pedro Susz K. - crítico de cine

00:00 / 12 de abril de 2015

De Calígula a Escobar, pasando por Mussolini, Barba Azul, Papa Doc y una nutrida galería de especímenes semejantes, algo en el oscuro laberinto de nuestra psiquis nos torna propensos a sentir una extraña fascinación por aquellas figuras que expresan lo peor de la condición humana, sin dejar empero de mostrar algunos destellos de lo otro, de eso dizque nos diferencia de las bestias, aunque cabe dudar. Es, anotaba Hannah Arendt, la “banalidad del mal”.

Tal vez se deba a una suerte de presentimiento sublimado, no racionalizado: dependiendo de las circunstancias, cualquier sujeto, basta que cuente con el poder necesario, puede acabar obrando con la misma brutalidad de aquellas figuras de las cuales el cine, mediante el procedimiento de espectacularizarla y de banalizarla, consigue obtener de tanto en tanto jugosos dividendos.

Era inevitable que la figura de Pablo Escobar Gaviria despertara el apetito de productores y realizadores al acecho de personajes útiles para activar en el espectador el morbo, mezcla de espanto y admiración. Ahí están entonces las seriales televisivas, los documentales para pantalla chica y la ópera prima del actor italiano Andrea Di Stefano, compitiendo por las audiencias, cuya curiosidad ha sido convenientemente alimentada por la reciente publicación de las memorias del hijo de Pablo y pocos meses más tarde de las de la viuda del hombre que en el crepúsculo del siglo pasado se convirtió en símbolo del negocio del narcotráfico.

Enfrentado a los múltiples y enrevesados desafíos de cualquier emprendimiento de índole semejante, especialmente a la necesidad de encontrar un adecuado equilibrio entre la crónica y la ficción, Di Stefano buscando la huidiza “objetividad”, elige introducir una tercera mirada desplazando el protagonismo de su relato mediante el siempre riesgoso recurso a un personaje lateral a través de cuyas vivencias se pretende allanar el camino hacia el encuentro del factótum de la trama.

Para el caso el testigo presencial es Nick, joven surfista canadiense al cual el destino conduce al entorno familiar de Escobar. Nick y su hermano se buscan la vida en una playa colombiana enseñando a los jóvenes a surfear. Allí conoce, por casualidad, a María, una atractiva joven afanada en tareas asistenciales para los habitantes pobres de lugares aledaños a la playa en cuestión. María resulta ser la sobrina del capo del Cartel de Medellín y así pronto Nick acaba convirtiéndose en hombre de máxima confianza de Pablo y en prisionero de un círculo infernal del cual ya no consigue zafar, un poco por miedo, otro tanto por amor.

Que un muchacho bastante ingenuo y desconocido se convierta de la noche a la mañana en la mano derecha del rudo mafioso es un recurso dramático lindante con el absurdo. No es esa empero la única licencia observable de un guión afectado por del típico síndrome exotista.

Para Nick, Colombia es El Dorado, un lejano paraíso semisalvaje, preñado de oportunidades donde convertir su hobby en una fuente de ingresos mientras la pasa bomba rodeado de apetecibles beldades al alcance de la mano. En ese entorno, el narcotráfico, sus vínculos con la política local, los sórdidos entretelones de la guerra entre carteles son molestas perturbaciones de nativos incomprensiblemente afanados en estropear semejante edén. De paso, para el espectador del primer mundo, vía identificación con el protagonista, se trata de una visión sedante: semejantes barbaridades solo acontecen en países remotos donde las bellezas de la naturaleza, fotografiadas en el modo de tórridas postales turísticas, contrastan con el primitivismo de instituciones y comportamientos todavía en buena medida lejos del deber ser de la civilización y sus manuales de urbanidad.

El mayor acierto de Di Stefano consiste en haber elegido al actor portorriqueño Benicio del Toro para meterse en la piel de un Escobar temible, capaz de transitar sin solución de continuidad de una tierna escena con sus hijos a otra en la cual moviliza a su ejército de sicarios, siempre obedientes a las órdenes de El Patrón, para asesinar a incontables “antagonistas”. Si bien Del Toro (Escobar) aparece en pantalla muchos menos tiempo que Nick (Josh Hutcherson), la fuerza de su interpretación —basta a menudo una mirada para dar cuenta de la ferocidad del personaje— opaca irremisiblemente el esforzado trabajo de Hutcherson.

En ningún momento la trama busca ahondar en los asuntos de fondo ni entrar en detalles sobre los antecedentes históricos de la imparable espiral de violencia política que desangró a Colombia durante décadas. El relato abunda en escenas de acción y persecuciones —filmadas con la debida corrección profesional y con el plus de suspenso para mantener enganchada la atención de la platea, cabe apuntarlo—. Tampoco escatima atrocidades, si bien muestra por momentos cierto criterio para dosificar tal ingrediente sin cargar muy en exceso las tintas. Si ésta fuera una película clase B parida por un guionista más o menos imaginativo semejantes rasgos de estilo y la nunca suficientemente elogiada faena ejecutada por Del Toro alcanzarían para elevarla un tanto por encima de la medianía del género. No es tal el caso.

Con toda probabilidad Di Stefano conocía el riesgo asumido al enfrentarse a una figura a tal punto compleja: temido y odiado por la mayoría, sin que faltasen empero quienes lo tenían por una suerte de Robin Hood tropical ya fuera por haberse beneficiado con alguna de las obras de “caridad” que Escobar, al igual que desde siempre muchas figuras del mismo talante, utilizaba para granjearse simpatía y encubrimiento, o bien por sentirse de algún modo desagraviados frente a las inequidades del sistema.

No obstante, al director le resulta imposible zafar del maniqueísmo, riesgo mayúsculo en emprendimientos de esta índole, donde la puesta en escena del horror y de la perversidad acaba levantando un muro detrás del cual resulta por demás improbable poder adentrarse en la laberíntica ambigüedad que lleva a cualquier vecino a transformarse en “monstruo” sin dejar empero de ser un humano como cualquier otro.  ¿Cómo? ¿Por qué? Todas las preguntas permanecen sin respuesta en esta oportunidad perdida, dilapidada si somos más precisos, cuyos resultados no empatan en ningún momento con las ambiciones.

Ficha técnica

Título original: Escobar: Paradise Lost. Dirección: Andrea Di Stefano. Guion: Andrea Di Stefano, Francesca Marciano. Fotografía: Luis David Sansans. Montaje: David Brenner, Maryline Monthieux. Diseño: Carlos Conti. Arte: Camila Arocha. Efectos: Georges Demétrau, Liesbeth Beeckman. Música: Max Richter. Producción:   Benicio Del Toro, M.A. Faura, Josh Hutcherson, Angelo Laudisa, Luis Pacheco, Adrian Politowski, Dimitri Rassam. Intérpretes: Josh Hutcherson, Benicio Del Toro, Claudia Traisac, Brady Corbet, Ana Girardot, Carlos Bardem, Laura Londoño, Rossana Uribe, Lauren Ziemski, Aaron Zebede, Micke Moreno, RoChia, Henry Bravo, Mario Miranda, Juan Francisco Selles, Elmis Castillo, Nyra Soberón Torchia, Henry Twohy. FRANCIA-ESPAÑA/2014.

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