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Eugenia

El cochabambino Martín Boulocq propone una cinta feminista de tono deliberadamente asordinado.

Eugenia.

Eugenia.

La Razón (Edición Impresa) / Pedro Susz K. / Crítico

00:00 / 25 de abril de 2018

Lo primero que cabe reconocerle a Martín Boulocq (Cochabamba/1980) es su perseverancia, su consecuencia si se prefiere, con un modo de hacer cine de acento absolutamente personal, lo mismo en los asuntos abordados como en la manera de ponerlos en imagen. Ser insistente no es garantía de nada en términos creativos, podrá aseverarse. Cierto, aun asumiendo, lo cual resulta igualmente opinable, que algún tipo de fianza pudiera identificarse en esta materia. O si garantías tales poseen alguna importancia en este quehacer.

Pero bien, ya en ocasión del estreno de Lo más bonito y mis mejores años (2005), la ópera prima de Boulocq, tuve la grata impresión de estar frente a una propuesta que dejaba entrever auténtica pasión cinéfila, la frecuentación de la filmografía de autores y escuelas significativas vamos, emparejada a la capacidad de poner tal bagaje al servicio del afán de poner en pantalla cierta mirada propia al entorno y su devenir, atisbado este último con indisimulable recelo. En aquel debut el tratamiento formal adhería de lleno a los paradigmas del Dogma, la tendencia de culto alineada celosamente, dogmáticamente mejor sea dicho, por el cine nórdico alrededor de unas cuantas premisas narrativas: cámara siempre en mano, pocos ambientes, actores desconocidos, situaciones muy acotadas.

Rojo, Amarillo, Verde (2009) segundo desembarco de Boulocq en las pantallas, en la oportunidad a cargo del segmento inicial de una obra a tres manos —los otros dos venían firmados por Sergio Bastani y Rodrigo Bellot, al igual que Boulocq figuras de una generación emergente en el cine boliviano—, exhibía de igual manera su distanciamiento radical de los patrones narrativos al uso, apelando a la voz en off como hilo conductor de un relato apartado de toda progresión temporal y centrado en el tejido de un clima depresivo a propósito de las dudas de Pilar, la protagonista a cargo de Patricia García, cuyos conflictos anticipaban de alguna manera aquellos que ahora son el hilo conductor de la historia de Eugenia.

Con Los viejos (2011) Boulocq ensayó un nuevo paso en el tramado de esa filmografía inconfundible, renuente a los encasillamientos, negada a las premisas de género y construcción dramatúrgica, coqueteando con el ensayo experimental, que en aquella realización renunciaba casi de manera absoluta a los diálogos como soporte posible para acompañar el traumático reencuentro del protagonista, Toño, con los lugares y personajes de su juventud. Los gestos, las miradas, una que otra entrecortada conversación sobre asuntos más bien pedestres, eran los insumos representativos de un relato sostenido por las imágenes —muchas de ellas reflejos (en vidrios, espejos, et al) o encuadres atípicos—, puestas en pantalla desafiando al espectador a sobreponerse al hábito de la mirada pasiva, costumbre formateada por las agitaciones visuales y sonoras trasladadas del clip al largo, muy a menudo pura tapadera para el vacío de sentido.

El corto Los girasoles (2015) reiteró la obstinación del director por inquirir en los alcances significantes de lo icónico.

Discurso. Eugenia extrema el sesgo personal notorio en la todavía corta filmografía de Boulocq al punto que sería dable considerarla poco menos que una película unipersonal constatando que se reservó las tareas de director/guionista/fotógrafo/editor/coproductor. Con algún matiz podría calificársela de emprendimiento familiar al tomar nota que amén de todas las funciones contraídas por Boulocq, Andrea Camponovo su compañera asumió el rol protagónico, se ocupó de la dirección de arte y asimismo de la coproducción, mientras que la responsabilidad de la banda musical recayó en el hermano del multifacético director. Tales evidencias fácticas no entrañan ningún juicio de valor per se, sin dejar empero sobre los riesgos que semejante desdoblamiento de labores trae consigo multiplicando las exigencias autoimpuestas a las cuales el resultado está obligado a dar cabal satisfacción.

Y por si todo lo anotado fuera escaso reto Boulocq opta por el blanco y negro, ahora lamentablemente en desuso casi absoluto en la producción comercial. Tal elección para el tratamiento figurativo pareciera significar una llamada de atención hacia la necesidad de poner entre paréntesis el equívoco, instalado en condición de verdad incontestable, de acuerdo al cual se deduce irreflexivamente que el cine “reproduce” o “copia” la realidad, velando el hecho de que se trata siempre, aún en las realizaciones más pedestres o atenidas a los modos estatuidos por la fabricación en serie de películas, de una recreación de la realidad filtrada por las elecciones diegéticas del director.

Sea como fuera, a estas alturas el blanco y negro distancia, incomoda, al espectador, interponiendo entre su mirada y lo mirado una suerte de velo que dificulta cualquier inmersión irreflexiva en la ficción, obligándolo a poner en acto su adormecida facultad crítica para aventurarse en la decodificación del sentido de lo mostrado, contado.

Sin mayores, prescindibles, explicaciones Eugenia resuelve a sus 30 años romper con su marido para mudarse a vivir en la ciudad donde se encuentra su padre (exguerrillero), ahora a cargo de otra familia. Pero aquel es en el fondo un viaje de exploración en busca de sí misma procurando desentrañar donde encajan las piezas pasadas, presentes y futuras de su rompecabezas existencial.

Mujer. “Ya está, esto no funcionó y listo”, constata Eugenia de arranque. Pero no está, la supuesta disfunción marital era en verdad secuela de la violencia, explícita o sibilina con la cual deberá seguir forcejeando reiteradamente en el rastreo emprendido para dar con las supuestas vías de escape, cada una de las cuales la regresa a órdenes de algún macho —el padre, el hermano menor, el chef, el director de la película, el peluquero— y al dilema entre mantenerse fiel a las recomendaciones, recuerda, de la abuela y la madre, o patear el tablero según sugiere la amiga feminista que, de paso, la lleva de la mano al encuentro de incertidumbres más inquietantes: ¿será posible hallar la auténtica satisfacción en el beso o los arrumacos de otra mujer?

Es pues una película feminista de tono deliberadamente asordinado, salvo breves momentos de la película dentro de la película, con Eugenia metiéndose en la piel de “Tania” la guerrillera del foco al mando del Che Guevara, secuencias en las cuales se la aprecia más desenvuelta, como si al asumir la identidad de aquella mítica figura encontrara, así sea en la ficción, su evasivo lugar en el mundo que se le escapa en las otras instancias. El resto son  pinceladas del discurrir diario, desde la preparación de caramelo hasta las comidas en familia o el pausado ensayo de un peinado.

No existe progresión dramática si nos atenemos a los cánones estandarizados. De hecho una primera impresión pudiera creer advertir que los pequeños episodios entresacados del cotidiano de la protagonista han sido puestos uno detrás de otro un tanto al azar, contrariando los modos de estructuración de manual del buen hacer.   Una morosidad de seguro irritante para el grueso de los espectadores acostumbrados a la agitación, muy a menudo vana, del grueso de la producción al uso haciendo que a muchos sus escasos 82 minutos de duración puedan antojárseles una pequeña eternidad.

Esto del cine desencuadrado de los procederes de vademécum semeja mucho los atractivos y los deméritos del equilibrismo en la cuerda floja. La ida nos deja boquiabiertos, la vuelta comienza a tener sabor de “esto ya lo vi”, el tercer recorrido definitivamente se nos antoja una rutina, atípica pero rutina al fin.

Si en sus anteriores realizaciones Bulocq conseguía impregnar su insubordinación contra toda receta de la frescura imprescindible para despojar tal gesto de cualquier sospecha de pretenciosidad o pedantería, las cosas —tal vez sea llegado el tiempo de repensar algunas— se ponen bastante más ríspidas en Eugenia, no solo debido a esa suerte de intensidad reducida al mínimo —aun cuando el rastreo de la protagonista en medio de un universo masculino no sea en absoluto ajeno a la tragedia—, sobre todo por una menor espontaneidad, reemplazada aquí por una premeditación que enfría la eventual complicidad del espectador con aquella.

Andrea Camponovo anteriormente protagonista de comedias sostiene con solvencia el peso entero de un relato que intenta desovillar las claves del laberinto patriarcal en medio del cual intenta desembarazarse de las ataduras que le impiden ser libre, seguida por una cámara que escruta de manera  implacable cada uno de sus gestos. Sin embargo, el esfuerzo queda de alguna manera opacado por la señalada poca naturalidad del tramado de la historia, producto del deliberado minimalismo dramático que termina dejando abierta una interrogación acerca del futuro de la ya tal vez demasiado ensimismada filmografía de Boulocq.

Ficha técnica:

Título original: Eugenia 

Dirección: Martín Boulocq

– Guion: Martín Boulocq

– Fotografía: Martín Boulocq

– Montaje: Martín Boulocq

- Arte: Andrea Camponovo

- Música: Diego Boulocq

– Música en vivo: Daniel Abud

- Producción: Andrea Camponovo, Martín Boulocq,  Rolando Lora, Beatriz Carvalho, Rafael Sampaio

- Intérpretes: Andrea Camponovo, Alejandra Lanza, Álvaro Eid, Simón Peña, Ricardo Gumucio, Alicia Gamio, Rafaela Mesquita y Emilio Lanza – BOLIVIA/BRASIL/2017

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