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Exceso de ansia creativa

En los años 40, en los pequeños clubs de jazz nació el ‘bebop’ y con él la improvisación. Su gran figura fue Charlie ‘Bird’ Parker, muerto un 12 de marzo, hace 56 años

Bird. Dicen que murió de un paro cardio-circulatorio. Pero la causa real de su muerte no pudo ser sino  el exceso de ansia creativa.

Bird. Dicen que murió de un paro cardio-circulatorio. Pero la causa real de su muerte no pudo ser sino el exceso de ansia creativa.

La Razón / Nicolás Peña

00:00 / 11 de marzo de 2012

El jazz es una música de mezclas, es la música que ha permitido que Europa y África se den la mano y lo hagan en América. Es una música con una personalidad propia que tiene entre sus principales características una amalgama de ritmos africanos con armonías europeas. Pero su sello de identidad más importante es la improvisación. Ese momento sublime que sucede cuando un músico extrae desde lo más profundo de su alma aquellas cosas que le resulta imposible expresar con palabras, y que a través de su instrumento las comparte con el mundo.

Si bien esta característica de creación espontánea en tiempo real estuvo presente desde los inicios del jazz, fue en el periodo del bebop cuando adquirió toda la sustancia necesaria para consolidar la esencia y las bases del jazz de la actualidad. En la segunda mitad de los años 40, el jazz sufrió la transformación más importante de toda su historia, los músicos ya no aspiraban a dirigir sus propias orquestas, les bastaba con formar de manera democrática reducidos grupos que actuaban en clubs tan pequeños en los que era casi imposible bailar.

Fue el comienzo de una revolución. El swing había muerto. El interés por una música exclusivamente para bailar decayó y la libertad entró en el reino del jazz. En estos pequeños clubs se reunían músicos muy distintos a los de las grandes orquestas. En primer lugar, porque no eran profesionales en el estricto sentido de la palabra, y en segundo, porque no tenían miedo a equivocarse, eran capaces de correr cualquier riesgo. Ahí fue donde nacieron los conciertos improvisados, las jam sessions, y poco a poco un nuevo estilo se fue imponiendo y estableciendo un antes y un después en el jazz: el bebop. Asumir riesgos era algo nuevo en la música y solamente fue posible gracias a la competitividad en la que los músicos se sentían protagonistas: eran all stars, todos estrellas, todos protagonistas. Alterando melodías populares con notas disonantes, acordes inesperados en medio de alguna frase, tocando a velocidades extremas muy cercanas al vértigo y por sobre todo inventando sobre la marcha melodías. Los músicos se volvieron creativos y dejaron de existir los límites en el jazz. Ya sea a través de la recreación de  melodías a partir de estructuras armónicas, improvisando sobre la melodía o sobre las escalas que correspondían a las mismas. En ese momento fue cuando el músico se puso por encima del compositor.

Las secciones de ritmo fueron las principales responsables de esta revolución al demandar bateristas frenéticos (Kenny Clarke), bajistas deseosos de liberarse de los esquemas armónicos tradicionales (Charles Mingus), guitarristas capaces de establecer conexiones inesperadas con la melodía y la armonía (Charlie Christian) y, sobre todo, pianistas dispuestos a romper con todas las reglas ortodoxas (Thelonious Monk). Ese ambiente inundado de libertad contagió a todos los solistas de esa generación posicionando a la improvisación en niveles que aún hoy en día resulta difícil alcanzar.

A finales del siglo XX, el avance de la ciencia ha podido comprobar que casi la mitad del cerebro de los músicos de jazz se desinhibe, se libera, se abstrae del mundo  para poder improvisar. Cuando vemos a un músico en trance, con la mirada perdida en el vacío, las manos indagando constantemente una música que no está escrita ni se ha oído antes ni se volverá a oír después, estamos presenciando la improvisación en el jazz. 

Después de una exhaustiva investigación y con la ayuda de una máquina de resonancia magnética, profesores de la Universidad John Hopkins, de Baltimore, descubrieron que en el momento de máxima improvisación a los músicos se les desactivaba la corteza pre-frontal/dorso-lateral y, en general, todas las regiones que fiscalizan la conducta y sofocan la espontaneidad. Cuando estos circuitos cerebrales se lesionan pueden producir graves disfunciones en una persona; por ejemplo, pueden ser el origen de comportamientos psicopáticos, con total ausencia de emoción e indiferencia ante los efectos que puedan provocar sus actos. Obviamente esto no es lo que sucede con los músicos, no se convierten en psicópatas, sino que el cerebro atraviesa un proceso de autorregulación para dejarlos más sueltos, más libres, y así poder crear mejor.

El jazz es una forma de arte fantásticamente individual. Cuando un músico improvisa, la música que produce tiene siempre un estilo característico que suena sólo como música de él, música en la que nos está contando su propia historia, para lo cual derriba todas las barreras capaces de impedir el flujo del futuro y de lo nuevo.

A través de la improvisación, el músico expresa su propia personalidad, puede manifestar su opinión respecto a algo o alguien, sin embargo, para que el mensaje pueda ser entendido en su real dimensión es fundamental el profundo conocimiento de todas las herramientas, técnicas y esquemas teóricos que le permitan expresar lo que realmente siente.

BIRD. La improvisación, si bien no es la única, es una característica fundamental en el jazz, es algo más que simples adornos florales sobre una melodía. El auténtico improvisador es un compositor que construye su arquitectura musical espontáneamente, en tiempo real, sobre la marcha, sin detenerse a pensar en cada nota que ejecuta, su virtud está en la velocidad creativa.

A lo largo de la historia del jazz existen y han existido excelentes improvisadores, pero sin lugar a dudas el más grande de ellos fue Bird. Dicen los libros de historia que Charlie Parker murió un 12 de marzo de 1955 a causa de un colapso cardio-circulatorio producido por un ataque de risa ante el televisor.

Puede que ése fuera Charles Christopher Parker Jr. nacido en Kansas City el 29 de agosto de 1920, pero el Bird que nosotros conocemos murió de exceso de ansia creativa. A sus 34 años lo había hecho todo. Había aprendido de la nada y había revolucionado la música con un invento llamado bebop. Había tocado con los mejores y se había relacionado con lo peor. Había subido a lo más alto y tocado el fondo más de una vez. Dormía en apartamentos de amigos, viajaba en el metro sin destino fijo, se había drogado, había mendigado y había visto morir a su hija por no tener dinero para que los médicos curasen su neumonía. No es extraño que intentara suicidarse en dos ocasiones. Sabía que con él moría una época. Después de tocarlo todo, buscó infructuosamente nuevas metas que se le hicieron pequeñas, rondó los estilos “populares” en los últimos momentos de su carrera y ahondó en su propio estilo hasta encontrarse, por fin, a sí mismo. La causa real de su muerte no pudo ser otra. Exceso de ansia creativa.

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