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Experta en crisis

Un relato embustero, mechado de salidas de tono, que banaliza con desaprensión los hechos en los cuales simula inspirarse

Imagen de la película. Foto: remezcla.com

Imagen de la película. Foto: remezcla.com

La Razón (Edición Impresa) / Pedro Susz K. - crítico de cine

00:00 / 14 de diciembre de 2015

Salvando rarezas puntuales, el cine de Hollywood ha desnudado con demoledora perseverancia su miopía a la hora de abordar los eventos históricos o los episodios cotidianos acaecidos fuera de sus fronteras. El problema estriba en la manifiesta imposibilidad de identificar el punto de equilibrio entre las recetas del gran espectáculo y la comprensión de las cuestiones de fondo de los cuales esos eventos dan cuenta, para así no patinar siempre sobre la epidermis de los hechos, sin la menor preocupación de profundizar las cosas.

Es como si en el norte rigiera un férreo dogma estético-expresivo que, como ocurre con los dogmatismos ideológicos —también hay algo de esto último claro—, obligara a los realizadores a recortar la realidad para encajarla en el molde, aun cuando se sepa de antemano que el resultado de semejante forma de maltratar el material de inspiración acabará pariendo una caricatura del original.

Experta en crisis no es una rareza. Se trata de la enésima confirmación de la veladura que impide que directores y productores salgan de los límites de cierta visión del mundo y adopten el punto de vista de los otros, —de aquel revoltillo informe e indescifrable de seres que merodea alrededor de las fronteras del autopredestinado centro del mundo—, reducidos a la flaca condición de excusas para un nuevo, y siempre viejo, ejercicio engrasado a régimen de puros lugares comunes. Da igual si el decorado se llama Nepal, Tanzania, España, Bolivia o Naboo.

David Gordon Green (Texas/1975) goza en su país de un relativo prestigio a pesar de las idas y venidas de su filmografía, abierta a cualquier tipo de género y materia. Se le valora sobre todo como director de comedias, lo que parece no anticipar el perfil más adecuado para un episodio nada risible, así a Sandra Bullock y sus cofinanciadores el conflicto abordado se le antoje una opereta típica del subdesarrollo, merecedor en el mejor de los casos de una lectura condescendiente o, en el peor, de ser un mero pretexto para el lucimiento de su elenco, a cargo de roles encasillados en los estereotipos de la humorada de enredos.

La disputa resulta ser nuestras elecciones de 2002, último capítulo de un proceso democrático en estado terminal, agravado con llamativa vocación suicida por un sistema político igualmente exhausto, cuyos protagonistas hicieron todo lo preciso para que el diagnóstico de muerte inminente acabara nomás en óbito.

Intuyendo seguramente la posibilidad de un imprevisto revés electoral Gonzalo Sánchez de Lozada prefirió desconfiar de los estrategas locales, llamando en su auxilio a una connotada empresa norteamericana de marketing político, o sea, el arte de vender candidatos, aun los menos digeribles, con las mismas argucias con las cuales se pone ansiosos a millones de consumidores para convencerlos de su “necesidad” de adquirir un nuevo desodorante. La contratación de la empresa Greenberg Carville Shrum (GCS) y los tejemanejes de su proceder, lejano a cualquier consideración ética y movido por un pragmatismo a rajatabla, fue ya en 2005 materia de un documental dirigido por Rachel Boynton con el mismo título que el ensayo ficcionalizado de Gordon Green.

En la comparación este último pierde por goleada, debido a esa manía de empaquetar cualquier argumento en las sobadas recetas genéricas que acaban transformando el relato en una historia cualquiera de entreveros personales matizados con una forzada cuota de chistes, del todo inadecuados para la trama. Así, las artimañas de Calamity Jane Bodine —la protagonista a cargo de Bullock— pasan a segundo plano, y las visiones políticas enfrentadas en los comicios apenas se tocan al pasar. Quien no tenga, recuerde o busque los antecedentes en fuentes ajenas a la película misma quedará en ayunas.

A Bodine le importa un comino que en las urnas se juegue el destino de un país sumido en la peor crisis política de su historia o que el candidato de acento gringo a vender sea un personaje resistido por el grueso de la población, adversa a su programa de privatización y de aplicación a fardo cerrado de las fórmulas del FMI. Solo le interesa ganarle la pulseada a Pat Candy, otro perito en los mismos menesteres con el cual mantiene una larga enemistad, contratado a su vez por el principal candidato opositor. Si para lograrlo necesita echar mano de las peores argucias de la guerra sucia, esparciendo rumores, no hay problema. Para sentirse justificada le alcanza con una anécdota atribuida al jefe de campaña de Lyndon Johnsonn quien, sabiendo de la desventaja de su patrón, se le ocurrió fraguar una turbia anécdota referida al principal oponente. Cuando alguien le preguntó si no temía que se develara que era una vulgar mentira respondió: “Eso no importa, quisiera ver al sujeto dando las explicaciones”.

Si necesita llamar en su ayuda al Departamento de Estado y a la CIA tampoco se mosquea. En definitiva todo eso, debidamente trivializado, tiene un valor menor, apenas anecdótico, en el modo elegido por Gordon Green para construir un relato que banaliza con igual desaprensión las causas y las consecuencias del hecho en el cual simula inspirarse.

No faltan los clásicos apuntes al margen, metidos con calzador para airear la trama o para insuflarle una pizca del calor humano faltante, apenas entibiado sobre el final. Es el caso del paréntesis interpretado por el actor boliviano Reynaldo Pacheco en la piel de un muchacho humilde y radical rendido pronto por los tragos y los encantos de Bodine, cuyas basculaciones emocionales concentran en definitiva la atención del relato. Si esos minutos quedaran fuera del montaje final no cambiaba nada, esto sin menoscabo de las virtudes histriónicas de nuestro compatriota.

Gordon Green dispone de la experiencia profesional y de los recursos de producción suficientes para armar este producto formalmente correcto al servicio de un relato mechado de disgresiones prescindibles y salidas de tono ayunas de justificación dramática. Yerros, en definitiva, menores frente al embuste de sus ocultamientos de lo esencial —los beneficiarios últimos del fullero operativo de inducción del voto— y de la chirriante ambigüedad, enmascarada como sarcasmo, de su toma de posición axiológica frente a las cínicas conductas activadas con ese propósito.

Ficha técnica

Título original: Our Brand is Crisis. Dirección: David Gordon Green. Guión: Peter Straughan sobre un documental de Rachel Boynton. Fotografía: Tim Orr. Montaje: Colin Patton. Diseño: Richard A. Wright, Gerardo Guerra. Arte: Luis López-Baquero, César Morón. Efectos: John P. Cazin, Andrea Bedelis. Música: David Wingo. Producción: Stuart M. Besser, Sandra Bullock, George Clooney. Casting: Rodrigo Bellott. Intérpretes: Sandra Bullock, Billy Bob Thornton, Anthony Mackie, Joaquim de Almeida, Ann Dowd, Scoot McNairy, Zoe Kazan, Dominic Flores, Reynaldo Pacheco. - USA/2015.

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