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Fuego en Tartaria

Los calmucos y otros pueblos de Asia vivieron y viven allí donde se pierde la historia y comienza el mundo de los sueños.

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La Razón Digital / Claudio Ferrufino-Coqueugniot, escritor

11:29 / 13 de enero de 2017

Retiro de la pared el Mapa de Asia (junio 1723) de Guillaume Delisle, geógrafo primero del rey de Francia, para ubicarme en el contexto terrenal de La rebelión de los tártaros, de Thomas de Quincey (1830), literatura que relata historia y la recrea en mucho sin saberla en detalle, creando una obra de ficción histórica notable, breve e intensa: la de la huida de los calmucos del oriente del Volga hacia las fronteras de la China. Liberarse de Rusia era el lema, en una historia de intrigas entre el khan y un pariente suyo que se consideraba relegado de un puesto que por origen debía pertenecerle.

Diáspora genocida que causará un cuarto de millón de muertos por las penurias del viaje, el constante asedio cosaco, kirguiz y bashkir hasta llegar a orillas del Gobi para ser recibidos por el Hijo del Cielo con los brazos abiertos. Se levantarán columnas allí en medio de la nada recordando la hazaña tártara y la benevolencia china.

El pretexto para devorar este libro del comedor de opio inglés, que no conocía hasta leer un texto de Pablo Cingolani al respecto, me sirve para desentrañar el misterio de este mapa que poseo con fortuna. De un metro de largo y sesenta centímetros de altura, comienza en el cuerno de África, Abisinia y Somalia, hasta Japón y las islas del Mar del Sur, toda la tierra con formas extrañas. Abajo el Mar de las Indias y al norte el Mar Glaciar, Nueva Zemlia. El centro destaca la parte que nos interesa en el libro, la Tartaria moscovita, la Gran Tartaria, la Tartaria independiente, la china, etc. Turquestán, el reino de Astrakán, el del Gran Tibet; los desiertos pequeño y grande por donde huyeron los calmucos y el de Chamo o Gobi como una frontera impasable hacia el este, con el reino de Tebetchinga al norte, los mugales negros en la parte oriental y Tangut y Chensi al sur. No olvidemos que el Mapa de Delisle es de 1723, y el hecho narrado por De Quincey comienza en 1771.

Cincuenta años de guerra constante; calmucos que servían al zar o la zarina en su momento en contra de pueblos belicosos de origen turco, los mismos, como los bashkires que se lanzarán a segar cabezas rebeldes como parte del castigo ruso. Volvemos al mapa: calmucos blancos a orillas del Caspio, rodeados por la extraña descripción del geógrafo de “bandas errantes” de cosacos, dedicadas sin duda al pillaje y extendidas por toda el Asia Central. Calmucos negros más hacia el norte en los límites bashkires, del reino de Kazán y hordas como la de Ablai, mongolas, obstáculo hacia la más lejana Siberia y bastante cerca de los kirguizes.

Dice Luis Loayza en el prólogo del libro, hablando de aquellas divisiones de ficción y no ficción, que en una “estimamos la originalidad, el poder de invención; en la otra exigimos la veracidad, el rigor objetivo”, que no se aplican a De Quincey. Y cómo, si a partir de un hecho real el poeta transmigra por su emoción y su fantasía hacia mundos que imagina y que sin embargo no cesan de existir como concretos. Prosigue Loayza: “En su obra, la parte de ficción es casi insignificante, mientras lo que se llamaría la no ficción —las memorias, las biografías, los ensayos históricos o filosóficos— son una creación imaginaria: dicen la verdad, pero una verdad suya, una “verdad sospechosa”, lo cual, según Alfonso Reyes, resulta una buena definición de la literatura”.

No todos los calmucos de Rusia huyeron con el khan Oubacha y el intrigante y celoso primo Zebek Dorchi. De estos dos, el “bueno” sobrevivirá y será acogido por el emperador de la China; el otro, acorde con una ley natural que castiga la ignominia, terminará muerto. No la totalidad, decimos, porque los que habitaban el oeste del río Volga no tuvieron tiempo de hacerlo. Hoy, siglo XXI, todavía sus descendientes viven en una república autónoma, parte de la Federación Rusa, con sus propias leyes y religión budista. Esa Kalmukia (a poca distancia de lo que fue Stalingrado) recuerda el inmenso drama de sus parientes.

Hago como De Quincey y me pierdo en las posibilidades de la literatura con el pretexto de la historia. Elucubro acerca de Astrakán, de Saratov que fue calmuca y luego alemana, en plena Rusia. Con Delisle descubro nombres que ya no se encuentran en la virtualidad moderna, que no desaparecieron gracias a un papel colorido, ajado, que no sé por qué razón tiene en colores destacados a Persia, Laos y Japón.

Busco en Google las hordas de Taifa Jalbadois, Kontascini, Kasania sitas en la estepa sin ningún resultado. Nombro el reino de Usurtai o de Calka y me refiere a un libraco viejísimo y voluminoso de Antoine-Augustin Bruzen de La Martinière donde anota que según Marco Polo “Calacia” era una villa de idólatras donde había unos pocos nestorianos con tres iglesias; sujetos al gran Cham y tejedores en lana blanca de hermosos textiles. Allí donde se pierde ya la historia y comienza el infatigable mundo de los sueños.

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