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Fuentes, el hacedor de palabras

La muerte de Carlos Fuentes sigue motivando consideraciones sobre su vida y obra

Novelista. Murió en México a los 83 años.

Novelista. Murió en México a los 83 años. Foto: EFE

La Razón / Juan Carlos Flores Escóbar - Comunicador

00:00 / 27 de mayo de 2012

Carlos Fuentes fue un escritor tan ávido como perspicaz. El autor de la novela  La región más transparente, aunque accidentalmente vio la primera luz en Panamá,  fue siempre un mexicano.

Considerado el padre de la narrativa modernista en su país, Carlos Fuentes desde muy joven se forjó en las letras. El escritor que había en él se apoderó completamente de su vida. Así creó una vastísima obra literaria. El escritor chileno José Donoso decía que Fuentes fue el primer agente activo y consciente de la internacionalización de la novela hispanoamericana, allá por los años 60. Decía que Fuentes era un exorcizador de sus propios demonios, que escarbó debajo de la superficie de las ciudades para desentrañar su esencia y su alma, utilizando su propio yo empeñado en inventar un idioma, una forma, con el fin de efectuar el acto de hechicería de hacer una literatura que no aclare nada, que no explique sino que sea ella misma pregunta y respuesta, pesquisa y resultado, víctima y victimador.

Fuentes fue, acaso, el hombre más imperfecto, complejo, ambicioso, inteligente, brillante y asimétrico. También fue el orador apasionante, imaginativo, inquieto y cambiante. Por eso su sorprendente trayectoria literaria no hace sino reflejar sus concepciones sobre la política y las relaciones de poder.  Sin embargo, esas concepciones están inmersas siempre en una estética narrativa. No es una casualidad que Faulkner haya influido en su trabajo, zambulléndolo en la novela urbana y cosmopolita. Llevó en la sangre la pericia para narrar los hechos y saber interpretarlos. Por eso fue un cronista de la historia de México.

México, su ciudad, su país, su identidad, resultaron para él la cantera imaginativa de donde surgieron sus personajes, los ambientes, los escenarios y la vida misma que encerró en trabajos literarios que abarcaron desde la novela, el cuento, el ensayo, hasta el teatro y los guiones cinematográficos. Sin perdonar ningún recurso estilístico acaparó todo lo que pudo para desenmarañar el ovillo complejo de las sociedades, en especial de la suya, partiendo del mestizaje hasta confluir en un cosmopolitismo universal.

La Revolución, con todos sus matices, fue una constante en la obra del escritor. En torno a ella danzaron sus personajes, convergieron las situaciones dramáticas como cómicas, y era de esperarse que la trama de realidades ficticias sucumbiera a los encantos de un razonamiento filosófico.

No sólo tuvo un vigoroso perfil de narrador. A ello se sumó la metódica condición de pensador, de analista político e intérprete de la realidad. Cualidades que hicieron de él un intelectual con la firmeza de saber que trascenderá más allá de la muerte. En ese entendido, Fuentes fraguó metódicamente su vida: “El autor no se retira. Siempre hay un proyecto más en la imaginación”, dijo.

Carlos Fuentes se ha marchado, pero queda su obra para el regocijo de las nuevas generaciones.

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